/ miércoles 12 de junio de 2019

Coevolución del hombre y la técnica

El hombre, en su forma ya propiamente humana es el homo faber, el hombre que hace, que fabrica instrumentos, transformando con ellos su medio. Entre esos instrumentos destaca sobre todo el lenguaje. Formidable herramienta que facilita el trabajo colectivo organizado, abre la puerta al pensar, y cuando se inventa la escritura se posibilita la aparición del conocimiento propiamente humano. Con la invención de la agricultura y el lenguaje comienza a conformarse evolutivamente la civilización.

Dice Stanislaw Lem que cuando menos hasta finales del siglo XIX, la civilización se desarrolló al margen de la voluntad y propósito de los hombres, emergiendo espontáneamente y acelerando su evolución a partir de los saltos tecnológicos de la era neolítica y de la revolución industrial, después de miles de años de pausada evolución. Muchas culturas florecieron y se extinguieron, y otras se erigieron sobre las ruinas de aquellas. Una civilización no “sabe” en qué momento particular de su evolución entra en un periodo de acelerado desarrollo, como resultado de algún conjunto de descubrimientos científicos y su aprovechamiento social.

Este desarrollo se manifiesta en un incremento de la adaptación al medio, un incremento en el gasto de energía y la posibilidad de una protección más eficiente del individuo y la colectividad, de toda clase de amenazas a su integridad (epidemias, desastres naturales, etcétera). En breve, el desarrollo civilizador uncido al desarrollo tecnológico permite al hombre el dominio, parcial, de las fuerzas naturales y sociales, mediante la acción reguladora; pero a la vez la tecnología toma el control y marca la ruta del destino de la humanidad. Una civilización no se desenvuelve intencionalmente, sino que se encamina por el sendero determinado por las condiciones que la tecnología impone. (Stanislaw Lem: Summa Technologiae, 2013)

Lo anterior nos lleva a concluir que existe una relación dialéctica —coevolución, la llaman algunos como Lem— entre los hombres y la tecnología, relación contradictoria puesto que los hombres crean la tecnología para dominar la naturaleza y la dinámica social. Pero se llega al punto en el cual la tecnología parece dominarnos y moldear nuestros pensamientos y conducta.

En un artículo reciente, Amenazas de las redes 5G, Silvia Ribeiro (investigadora del Grupo ETC) nos advierte sobre los peligros que entrañan las nuevas tecnologías: Las nuevas redes de conectividad con tecnología 5G conllevan riesgos sin precedente para la salud y el medioambiente, la vida humana, animal y vegetal. Siendo éste un aspecto fundamental, por el cual no debería permitirse su expansión, es solamente uno de los muchos problemas que implica su desarrollo. Son un elemento crucial de grandes transformaciones —mayoritariamente negativas— en múltiples aspectos de la vida económica, política y social de los países. Afectarán radicalmente la producción de servicios y el comercio internacional, y proveerán nuevas formas de vigilancia y control, todo ello centralizado en manos de unas cuantas empresas trasnacionales y algunos gobiernos.

Las redes 5G, llamadas así por ser la quinta generación de redes de comunicación inalámbrica, prometen ser notablemente más rápidas y con más capacidad de trasmitir datos, por lo que podrían cubrir una cantidad mucho mayor de conexiones en el mismo espacio. La idea es aumentar la velocidad de descarga hasta 20 veces más rápido que con las actuales redes 4G. La tecnología 5G no es sólo un desarrollo de las anteriores. También cambia la frecuencia de onda con que se transmite. Agrega una frecuencia de ondas milimétricas mucho más cortas que las anteriores y con una densidad mucho mayor.

Esta capacidad de conectar más dispositivos a las redes inalámbricas hará dar un salto cuantitativo al Internet de las cosas, que se refiere a las conexiones inalámbricas entre todo tipo de aparatos industriales y domésticos —teléfonos, computadoras, pantallas, cámaras que nos ven; máquinas de café, estufas, refrigeradores, camas y otros muebles inteligentes; autos y dispositivos de salud. Todo ello conectado a nuestros expedientes médicos, laborales, crediticios, educativos, hábitos de consumo, actividades de tiempo libre, etcétera.

Todo esto representa una invasión de espacios, mentes y cuerpos como nunca antes habríamos podido imaginar, siendo además una fuente inagotable de datos sobre nosotros y el cuerpo social para vender a empresas de seguros, de medicamentos y muchas otras mercancías, e incluso a entidades políticas y de manipulación electoral.

Una serie de estudios científicos refieren que estas radiaciones electromagnéticas producen estrés celular, daños genéticos y en el sistema reproductivo, déficit de atención y aprendizaje, trastornos neurológicos y, por conjunción de varios factores, potencialmente cáncer. Interfieren además los sistemas de orientación de aves, abejas, hormigas y ranas, entre otros animales que han sido estudiados.

Por todo ello, un grupo de médicos y científicos de varios países han hecho un llamado internacional dirigido a Naciones Unidas, con referencia a varios estudios, para detener el despliegue de estas redes. Urge conocer y ampliar el debate, pues hay demasiado en juego.

Considero que la mejor alternativa es el principio de la justa proporción: no todo que técnicamente es posible hacer, es necesario hacerlo. Reflexionar para comprender lo que se ve y lo que no se ve.

El hombre, en su forma ya propiamente humana es el homo faber, el hombre que hace, que fabrica instrumentos, transformando con ellos su medio. Entre esos instrumentos destaca sobre todo el lenguaje. Formidable herramienta que facilita el trabajo colectivo organizado, abre la puerta al pensar, y cuando se inventa la escritura se posibilita la aparición del conocimiento propiamente humano. Con la invención de la agricultura y el lenguaje comienza a conformarse evolutivamente la civilización.

Dice Stanislaw Lem que cuando menos hasta finales del siglo XIX, la civilización se desarrolló al margen de la voluntad y propósito de los hombres, emergiendo espontáneamente y acelerando su evolución a partir de los saltos tecnológicos de la era neolítica y de la revolución industrial, después de miles de años de pausada evolución. Muchas culturas florecieron y se extinguieron, y otras se erigieron sobre las ruinas de aquellas. Una civilización no “sabe” en qué momento particular de su evolución entra en un periodo de acelerado desarrollo, como resultado de algún conjunto de descubrimientos científicos y su aprovechamiento social.

Este desarrollo se manifiesta en un incremento de la adaptación al medio, un incremento en el gasto de energía y la posibilidad de una protección más eficiente del individuo y la colectividad, de toda clase de amenazas a su integridad (epidemias, desastres naturales, etcétera). En breve, el desarrollo civilizador uncido al desarrollo tecnológico permite al hombre el dominio, parcial, de las fuerzas naturales y sociales, mediante la acción reguladora; pero a la vez la tecnología toma el control y marca la ruta del destino de la humanidad. Una civilización no se desenvuelve intencionalmente, sino que se encamina por el sendero determinado por las condiciones que la tecnología impone. (Stanislaw Lem: Summa Technologiae, 2013)

Lo anterior nos lleva a concluir que existe una relación dialéctica —coevolución, la llaman algunos como Lem— entre los hombres y la tecnología, relación contradictoria puesto que los hombres crean la tecnología para dominar la naturaleza y la dinámica social. Pero se llega al punto en el cual la tecnología parece dominarnos y moldear nuestros pensamientos y conducta.

En un artículo reciente, Amenazas de las redes 5G, Silvia Ribeiro (investigadora del Grupo ETC) nos advierte sobre los peligros que entrañan las nuevas tecnologías: Las nuevas redes de conectividad con tecnología 5G conllevan riesgos sin precedente para la salud y el medioambiente, la vida humana, animal y vegetal. Siendo éste un aspecto fundamental, por el cual no debería permitirse su expansión, es solamente uno de los muchos problemas que implica su desarrollo. Son un elemento crucial de grandes transformaciones —mayoritariamente negativas— en múltiples aspectos de la vida económica, política y social de los países. Afectarán radicalmente la producción de servicios y el comercio internacional, y proveerán nuevas formas de vigilancia y control, todo ello centralizado en manos de unas cuantas empresas trasnacionales y algunos gobiernos.

Las redes 5G, llamadas así por ser la quinta generación de redes de comunicación inalámbrica, prometen ser notablemente más rápidas y con más capacidad de trasmitir datos, por lo que podrían cubrir una cantidad mucho mayor de conexiones en el mismo espacio. La idea es aumentar la velocidad de descarga hasta 20 veces más rápido que con las actuales redes 4G. La tecnología 5G no es sólo un desarrollo de las anteriores. También cambia la frecuencia de onda con que se transmite. Agrega una frecuencia de ondas milimétricas mucho más cortas que las anteriores y con una densidad mucho mayor.

Esta capacidad de conectar más dispositivos a las redes inalámbricas hará dar un salto cuantitativo al Internet de las cosas, que se refiere a las conexiones inalámbricas entre todo tipo de aparatos industriales y domésticos —teléfonos, computadoras, pantallas, cámaras que nos ven; máquinas de café, estufas, refrigeradores, camas y otros muebles inteligentes; autos y dispositivos de salud. Todo ello conectado a nuestros expedientes médicos, laborales, crediticios, educativos, hábitos de consumo, actividades de tiempo libre, etcétera.

Todo esto representa una invasión de espacios, mentes y cuerpos como nunca antes habríamos podido imaginar, siendo además una fuente inagotable de datos sobre nosotros y el cuerpo social para vender a empresas de seguros, de medicamentos y muchas otras mercancías, e incluso a entidades políticas y de manipulación electoral.

Una serie de estudios científicos refieren que estas radiaciones electromagnéticas producen estrés celular, daños genéticos y en el sistema reproductivo, déficit de atención y aprendizaje, trastornos neurológicos y, por conjunción de varios factores, potencialmente cáncer. Interfieren además los sistemas de orientación de aves, abejas, hormigas y ranas, entre otros animales que han sido estudiados.

Por todo ello, un grupo de médicos y científicos de varios países han hecho un llamado internacional dirigido a Naciones Unidas, con referencia a varios estudios, para detener el despliegue de estas redes. Urge conocer y ampliar el debate, pues hay demasiado en juego.

Considero que la mejor alternativa es el principio de la justa proporción: no todo que técnicamente es posible hacer, es necesario hacerlo. Reflexionar para comprender lo que se ve y lo que no se ve.

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