/ jueves 9 de abril de 2020

El Cristo Roto

Buen día apreciado lector: Hace muchos, muchos años, a principios de los sesenta, cuando no había tanta población ni distractores como los de ahora, en tiempos de Semana Santa, sobre todo el viernes santo el pueblo solía “guardarse” voluntariamente en sus casas y solo salir a los oficios religiosos en el templo.

Por entonces, mientras cumplían sus labores solíamos escuchar la radio, en la única e imponente XEW, “La Voz de la América Latina desde México”. Por esos tiempos destacaba en las películas mexicanas el actor Enrique Rambal que hizo la película “El Mártir del Calvario” donde actuó como Jesucristo y otras “más decentes” dirían los bisabuelos.

También sobresalía, en fin de año, Manuel Bernal “El más grande declamador de América”, con “El brindis del bohemio”. Pero en la semana mayor era “el Declamador de México”, José Antonio Cossío quien daba brillo y sensibilidad a poemas como “Mi Cristo Roto”, creación del padre jesuita Ramón Cué, en 1963. También “El Cristo de mi cabecera”, que ahora recuerdo, emocionaban tanto a nuestros padres. En “Mi Cristo Roto”, el padre Cué presenta un diálogo con profundas reflexiones religiosas en torno a un crucifijo incompleto que compró en una tienda de antigüedades de Sevilla, en el que Cristo le prohíbe que lo restaure “porque desea que veamos en su rostro el rostro de todos nuestros hermanos: los cristos rotos vivos y sufrientes…”. Aquí una parte:

- Cristo, ¡¿Quién fue el que se atrevió contigo?! ¡¿No le temblaron las manos cuando astilló las tuyas arrancándote de la cruz?! ¿Vive todavía? ¿Dónde? ¿Qué haría hoy si te viera en mis manos? … ¿Se arrepintió?

– ¡Callate!— me cortó una voz tajante.

- ¡Cállate, preguntas demasiado! ¡¿Crees que tengo un corazón tan pequeño y mezquino como el tuyo?!

¡Cállate! No me preguntes ni pienses más en el que me mutiló, déjalo, ¿Qué sabes tú? ¡Respétalo!, Yo ya lo perdoné. Yo me olvidé instantáneamente y para siempre de sus pecados. Cuando un hombre se arrepiente, Yo perdono de una vez, no por mezquinas entregas como vosotros.

- ¡Cállate! ¿Por qué ante mis miembros rotos, no se te ocurre recordar a seres que ofenden, hieren, explotan y mutilan a sus hermanos los hombres? ¿Qué es mayor pecado? Mutilar una imagen de madera o mutilar una imagen mía viva, de carne, en la que palpito Yo por la gracia del bautismo. ¡Ohh hipócritas! Os rasgáis las vestiduras ante el recuerdo del que mutiló mi imagen de madera, mientras le estrecháis la mano o le rendís honores al que mutila física o moralmente a los cristos vivos que son sus hermanos”. ¡Qué tiempos!, ojalé le sirvan estas reflexiones, encuéntrelas en la red.

Buen día apreciado lector: Hace muchos, muchos años, a principios de los sesenta, cuando no había tanta población ni distractores como los de ahora, en tiempos de Semana Santa, sobre todo el viernes santo el pueblo solía “guardarse” voluntariamente en sus casas y solo salir a los oficios religiosos en el templo.

Por entonces, mientras cumplían sus labores solíamos escuchar la radio, en la única e imponente XEW, “La Voz de la América Latina desde México”. Por esos tiempos destacaba en las películas mexicanas el actor Enrique Rambal que hizo la película “El Mártir del Calvario” donde actuó como Jesucristo y otras “más decentes” dirían los bisabuelos.

También sobresalía, en fin de año, Manuel Bernal “El más grande declamador de América”, con “El brindis del bohemio”. Pero en la semana mayor era “el Declamador de México”, José Antonio Cossío quien daba brillo y sensibilidad a poemas como “Mi Cristo Roto”, creación del padre jesuita Ramón Cué, en 1963. También “El Cristo de mi cabecera”, que ahora recuerdo, emocionaban tanto a nuestros padres. En “Mi Cristo Roto”, el padre Cué presenta un diálogo con profundas reflexiones religiosas en torno a un crucifijo incompleto que compró en una tienda de antigüedades de Sevilla, en el que Cristo le prohíbe que lo restaure “porque desea que veamos en su rostro el rostro de todos nuestros hermanos: los cristos rotos vivos y sufrientes…”. Aquí una parte:

- Cristo, ¡¿Quién fue el que se atrevió contigo?! ¡¿No le temblaron las manos cuando astilló las tuyas arrancándote de la cruz?! ¿Vive todavía? ¿Dónde? ¿Qué haría hoy si te viera en mis manos? … ¿Se arrepintió?

– ¡Callate!— me cortó una voz tajante.

- ¡Cállate, preguntas demasiado! ¡¿Crees que tengo un corazón tan pequeño y mezquino como el tuyo?!

¡Cállate! No me preguntes ni pienses más en el que me mutiló, déjalo, ¿Qué sabes tú? ¡Respétalo!, Yo ya lo perdoné. Yo me olvidé instantáneamente y para siempre de sus pecados. Cuando un hombre se arrepiente, Yo perdono de una vez, no por mezquinas entregas como vosotros.

- ¡Cállate! ¿Por qué ante mis miembros rotos, no se te ocurre recordar a seres que ofenden, hieren, explotan y mutilan a sus hermanos los hombres? ¿Qué es mayor pecado? Mutilar una imagen de madera o mutilar una imagen mía viva, de carne, en la que palpito Yo por la gracia del bautismo. ¡Ohh hipócritas! Os rasgáis las vestiduras ante el recuerdo del que mutiló mi imagen de madera, mientras le estrecháis la mano o le rendís honores al que mutila física o moralmente a los cristos vivos que son sus hermanos”. ¡Qué tiempos!, ojalé le sirvan estas reflexiones, encuéntrelas en la red.

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