/ martes 13 de octubre de 2020

El héroe anónimo

En el tiempo del coronavirus, todos los días declaran héroes a las enfermeras y médicos que mueren, digamos, “en el cumplimiento del deber” atendiendo a los pacientes y exponiendo la vida.

Héroes también fueron declarados los más de cincuenta sacerdotes de la iglesia católica fallecidos por el Covid. Y los treinta, cuarenta profesores que de igual manera han perdido la vida. Pero nadie se detuvo en el hombre de treinta años de edad que salvó a su hijo de morir ahogado en río de Papantla y que cayera en una poza y perdiera la vida. Un héroe.

Fue el viernes 25 de septiembre. En el rancho Playa, de Papantla, que da al Golfo de México. El niño estaba en la bocana, digamos en la desembocadura del río al mar. Entonces, el niño cayó en un hoyanco con fuerte corriente marina. El padre, Donato N, de treinta años de edad, joven y fuerte, pudo rescatar al niño. Pero las aguas se lo tragaron. Y desapareció entre el río y el Golfo de México. Los voluntarios y grupos de auxilio buscaron el cadáver. Murió como un auténtico y verdadero héroe.

Era Donato un hombre pobre. También la familia. Vivía con modestia económica. Sin lujos. Sin posesiones materiales. En todo caso, su único patrimonio eran sus hijos, y murió salvando a su hijo, de igual manera como cientos de padres han intentado rescatar a sus hijos cuando los malandros se los han llevado y desaparecido y asesinado y sepultado en fosas clandestinas. El hijo de Donato quedó huérfano y también los hermanos. La esposa, joven, viuda. Una tragedia más en la historia de Veracruz.

Muchas heridas, cicatrices que nunca cierran, deja la vida. El mismo día, en Alpatláhuac, fue hallado el cuerpo de Leopoldo N, de 75 años, reportado como desaparecido. Y en Acatlán fue secuestrado Jaime N, de oficio panadero, de 33 años de edad, y de quien reportan tuvo problemas con el Mando Único Municipal. Y en Xalapa, fue localizado el cadáver de un hombre flotando en el río Sedeño. “La muerte, pues, tiene permiso” en Veracruz. Y en diferentes formas como el padre de Papantla que salvó a su hijo, pero se ahogó.

Son historias de vida que llenan el corazón humano de dolor, sufrimiento y tristeza. Vidas segadas. El río y la poza, el mar con su corriente interior. El hombre rebasado por la fuerza natural, a pesar de la lucha titánica por sobrevivir. Y a pesar de la edad, treinta años, para sobreponerse. Nunca se sabrá si el padre registró a tiempo, pudo advertir, que salvaba al hijo. Los minutos, o segundos, que estuvo dando la gran batalla de su vida. La desesperación paterna. La impotencia y la angustia del niño, mirando quizá la muerte del padre.

Atrás de cada muerte, muerte por violencia, muerte natural, existe una historia de vida. Cada vida humana es invaluable y está llena de experiencias y sorpresas. Unos hijos quedaron en la orfandad. Una madre, viuda. La tristeza en casa. Unos treinta años de seguro tendrá la señora. Jóvenes ambos, en la plenitud de la vida. Un hogar más roto. El hijo de Donato, ni la familia, jamás quizá se asomarán al río ni al Golfo de México porque les llenará el corazón de sufrimiento. Y lo peor, nada consuela

En el tiempo del coronavirus, todos los días declaran héroes a las enfermeras y médicos que mueren, digamos, “en el cumplimiento del deber” atendiendo a los pacientes y exponiendo la vida.

Héroes también fueron declarados los más de cincuenta sacerdotes de la iglesia católica fallecidos por el Covid. Y los treinta, cuarenta profesores que de igual manera han perdido la vida. Pero nadie se detuvo en el hombre de treinta años de edad que salvó a su hijo de morir ahogado en río de Papantla y que cayera en una poza y perdiera la vida. Un héroe.

Fue el viernes 25 de septiembre. En el rancho Playa, de Papantla, que da al Golfo de México. El niño estaba en la bocana, digamos en la desembocadura del río al mar. Entonces, el niño cayó en un hoyanco con fuerte corriente marina. El padre, Donato N, de treinta años de edad, joven y fuerte, pudo rescatar al niño. Pero las aguas se lo tragaron. Y desapareció entre el río y el Golfo de México. Los voluntarios y grupos de auxilio buscaron el cadáver. Murió como un auténtico y verdadero héroe.

Era Donato un hombre pobre. También la familia. Vivía con modestia económica. Sin lujos. Sin posesiones materiales. En todo caso, su único patrimonio eran sus hijos, y murió salvando a su hijo, de igual manera como cientos de padres han intentado rescatar a sus hijos cuando los malandros se los han llevado y desaparecido y asesinado y sepultado en fosas clandestinas. El hijo de Donato quedó huérfano y también los hermanos. La esposa, joven, viuda. Una tragedia más en la historia de Veracruz.

Muchas heridas, cicatrices que nunca cierran, deja la vida. El mismo día, en Alpatláhuac, fue hallado el cuerpo de Leopoldo N, de 75 años, reportado como desaparecido. Y en Acatlán fue secuestrado Jaime N, de oficio panadero, de 33 años de edad, y de quien reportan tuvo problemas con el Mando Único Municipal. Y en Xalapa, fue localizado el cadáver de un hombre flotando en el río Sedeño. “La muerte, pues, tiene permiso” en Veracruz. Y en diferentes formas como el padre de Papantla que salvó a su hijo, pero se ahogó.

Son historias de vida que llenan el corazón humano de dolor, sufrimiento y tristeza. Vidas segadas. El río y la poza, el mar con su corriente interior. El hombre rebasado por la fuerza natural, a pesar de la lucha titánica por sobrevivir. Y a pesar de la edad, treinta años, para sobreponerse. Nunca se sabrá si el padre registró a tiempo, pudo advertir, que salvaba al hijo. Los minutos, o segundos, que estuvo dando la gran batalla de su vida. La desesperación paterna. La impotencia y la angustia del niño, mirando quizá la muerte del padre.

Atrás de cada muerte, muerte por violencia, muerte natural, existe una historia de vida. Cada vida humana es invaluable y está llena de experiencias y sorpresas. Unos hijos quedaron en la orfandad. Una madre, viuda. La tristeza en casa. Unos treinta años de seguro tendrá la señora. Jóvenes ambos, en la plenitud de la vida. Un hogar más roto. El hijo de Donato, ni la familia, jamás quizá se asomarán al río ni al Golfo de México porque les llenará el corazón de sufrimiento. Y lo peor, nada consuela