/ jueves 29 de octubre de 2020

“Esperando a nuestros muertos”

La celebración de los días de muertos, también llamada todos santos, es una tradición que data de cientos de años en la mayoría de las culturas prehispánicas ya que la celebraban con similitudes en su misticismo, los mayas, purépechas, mexicas, totonacos, olmecas y hasta los incas y quechuas, que si bien con el mismo motivo y rituales similares, cada cultura le ponía elementos diferentes.

En nuestro país es una tradición muy arraigada sobre todo en la parte centro y sur del territorio y aunque el rito original en algunos estados y ciudades se ha ido perdiendo, la esencia perdura con el mismo objetivo de honrar y recordar a los seres queridos que ya partieron de esta vida. A la llegada de los españoles, los evangelistas fueron mezclando las costumbres indígenas, amalgamándolas con las creencias y tradiciones católicas, que dieron paso a lo que hoy día se celebra y que si bien debieran ser fechas luctuosas y solemnes, son fiestas llenas de olores, sabores y colorido.

En una gran parte de México y con influencia olmeca y totonaca, el culto se dedicaba a Mictlantecuhtli, dios de la muerte, señor del inframundo y soberano del Mictlán, para seguir los pasos de quienes fallecían a través de los nueve escalones o niveles que tenían que superar para llegar al sitio del reposo en paz.

En el centro y altiplano se veneraba a Coatlícue, diosa de la vida y la muerte. Los evangelizadores se encargaron de mezclar esas costumbres y rituales, para venerar a los fieles difuntos y a todos los santos, pero gran parte dela mística original se conserva hasta nuestros días y por ello es que se pone un altar que debe tener 9 niveles que recuerdan los 9 escalones hacia el Mictlán y que la iglesia tomó para dedicar el novenario de los muertos. En el altar se colocan velas para dar luz al alma de los difuntos que nos visitarán, agua y sal, así como diversas viandas entre frutas, bebidas, pan, tamales y guisados que les gustaban, para agasajarlos, cigarros, bebidas alcohólicas para los adultos y dulces para los niños. No puede faltar el perfume de las flores que lo da el cempasúchil que es la flor amarilla nacida del amor de una pareja azteca (Xóchitl y Huizilin), y el color de las flores rojas conocidas como moco de guajolote.

Las almas empezarán a llegar desde el 28 de octubre, primero los muertos en accidentes, los ahogados, luego las almas perdidas, las mujeres muertas de parto y así, día tras día hasta el primero de noviembre en que llegan los niños y el día dos los adultos, estos últimos siempre ligados a la familia. En esos días de noviembre mucha gente acostumbra visitar a sus difuntos en el panteón, llevarles comida, flores y hasta música y en lugares como Mixquic y Xochimilco además de Janitzio Michoacán, la ceremonia más importante se hace en el panteón velando toda la noche.

Para los extranjeros, esta tradición se les hace interesante, extraña y hasta sacrílega, pero para nosotros es una tradición ancestral que ofrecemos en memoria de nuestros familiares y amigos que han fallecido, invitando a sus almas a compartir el banquete a ellos dedicado cada año en esta celebración.

La celebración de los días de muertos, también llamada todos santos, es una tradición que data de cientos de años en la mayoría de las culturas prehispánicas ya que la celebraban con similitudes en su misticismo, los mayas, purépechas, mexicas, totonacos, olmecas y hasta los incas y quechuas, que si bien con el mismo motivo y rituales similares, cada cultura le ponía elementos diferentes.

En nuestro país es una tradición muy arraigada sobre todo en la parte centro y sur del territorio y aunque el rito original en algunos estados y ciudades se ha ido perdiendo, la esencia perdura con el mismo objetivo de honrar y recordar a los seres queridos que ya partieron de esta vida. A la llegada de los españoles, los evangelistas fueron mezclando las costumbres indígenas, amalgamándolas con las creencias y tradiciones católicas, que dieron paso a lo que hoy día se celebra y que si bien debieran ser fechas luctuosas y solemnes, son fiestas llenas de olores, sabores y colorido.

En una gran parte de México y con influencia olmeca y totonaca, el culto se dedicaba a Mictlantecuhtli, dios de la muerte, señor del inframundo y soberano del Mictlán, para seguir los pasos de quienes fallecían a través de los nueve escalones o niveles que tenían que superar para llegar al sitio del reposo en paz.

En el centro y altiplano se veneraba a Coatlícue, diosa de la vida y la muerte. Los evangelizadores se encargaron de mezclar esas costumbres y rituales, para venerar a los fieles difuntos y a todos los santos, pero gran parte dela mística original se conserva hasta nuestros días y por ello es que se pone un altar que debe tener 9 niveles que recuerdan los 9 escalones hacia el Mictlán y que la iglesia tomó para dedicar el novenario de los muertos. En el altar se colocan velas para dar luz al alma de los difuntos que nos visitarán, agua y sal, así como diversas viandas entre frutas, bebidas, pan, tamales y guisados que les gustaban, para agasajarlos, cigarros, bebidas alcohólicas para los adultos y dulces para los niños. No puede faltar el perfume de las flores que lo da el cempasúchil que es la flor amarilla nacida del amor de una pareja azteca (Xóchitl y Huizilin), y el color de las flores rojas conocidas como moco de guajolote.

Las almas empezarán a llegar desde el 28 de octubre, primero los muertos en accidentes, los ahogados, luego las almas perdidas, las mujeres muertas de parto y así, día tras día hasta el primero de noviembre en que llegan los niños y el día dos los adultos, estos últimos siempre ligados a la familia. En esos días de noviembre mucha gente acostumbra visitar a sus difuntos en el panteón, llevarles comida, flores y hasta música y en lugares como Mixquic y Xochimilco además de Janitzio Michoacán, la ceremonia más importante se hace en el panteón velando toda la noche.

Para los extranjeros, esta tradición se les hace interesante, extraña y hasta sacrílega, pero para nosotros es una tradición ancestral que ofrecemos en memoria de nuestros familiares y amigos que han fallecido, invitando a sus almas a compartir el banquete a ellos dedicado cada año en esta celebración.

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