/ miércoles 24 de abril de 2019

La inteligencia frente al poder

El 12 de octubre de 1936, en el paraninfo de la Universidad de Salamanca, el general franquista José Millán-Astray, en respuesta al discurso antifranquista de Miguel de Unamuno, exclama irritado: “Muera la intelectualidad traidora, viva la muerte” o, como afirman otras fuentes, exclamó: “¡Muera la inteligencia! ¡Viva la muerte!”, aclamado por los asistentes.

Miguel de Unamuno, sin amedrentarse, continúa: “Éste es el templo de la inteligencia, y yo soy su sumo sacerdote. Estáis profanando su sagrado recinto. Venceréis, porque tenéis sobrada fuerza bruta. Pero no convenceréis. Para convencer hay que persuadir, y para persuadir necesitaréis algo que os falta: razón y derecho en la lucha. Me parece inútil el pediros que penséis en España. He dicho”.

El 23 de febrero de 1636, un tribunal de 11 teólogos, del Santo Concilio de la Inquisición, sometió a voto la idea heliocéntrica copernicana. Consideraron que “la quietud del sol en el centro del mundo” era “una herejía formal” porque contradecía las Escrituras. Opinaron además que un universo heliocéntrico era filosóficamente “necio y absurdo”. Estas opiniones formaron el núcleo del edicto oficial promulgado el 5 de marzo que declaró las ideas de Copérnico “falsas y contrarias a las sagradas escrituras”. El libro De las Revoluciones fue incluido en un decreto que incorporó al Índice de libros prohibidos. (Dava Sobel: Un cielo pluscuamperfecto, Copérnico y la revolución del cosmos).

Dos épocas distintas y distantes entre sí varios siglos; una misma circunstancia: el poder enfrentado al conocer, a la inteligencia. No hay una definición unitaria y aceptada de la inteligencia. Definir qué es la inteligencia ha sido siempre objeto de polémica ante un escenario tan diversificado de opiniones, aquí me remito a una sintética definición de diccionario: “Facultad de la mente que permite aprender, entender, razonar, tomar decisiones y formarse una idea determinada de la realidad”.

La pregunta que se presenta entonces es: ¿Por qué el poder, los hombres que ejercen poder sobre otros, tienen tanto miedo de la inteligencia, expresado con toda claridad por el general franquista José Millán-Astray?

La pregunta es pertinente en el presente, puesto que continúa este enfrentamiento entre poder e inteligencia. ¿Por qué desde el poder se intenta por todos los medios limitar o eliminar el ejercicio de la inteligencia y los procesos que existen para desarrollarla y socializarla: la educación, la producción y difusión del conocimiento científico y la cultura en general?

No estamos sujetos a un sistema como el que imperó en España durante la dictadura franquista, ni aparenta existir algo como el Santo Oficio de la Inquisición. Vivimos en el marco de una democracia propia de los estados modernos. Se elige “libremente” a quienes habrán de dirigir el rumbo de la nación, sujetos a un conjunto de leyes que regulan la operación del gobierno así electo. Pero hablar de un gobierno, electo o no, es admitir que un pequeño grupo domina sobre toda la población —la mayoría— tomando decisiones en nombre de esa mayoría —“el pueblo”—. Entonces en nuestras democracias modernas impera una dictadura de unos pocos sobre la mayoría, una dictadura de clase de quienes en verdad detentan el poder económico y de quienes son solamente sus peones —la clase política—. Sin olvidar que esta dictadura se sostiene en última instancia en la fuerza bruta, en la violencia, declarándose este estado a sí mismo como el poseedor monopólico de ésta, enfatizando así el empleo discrecional de la misma.

Entonces vienen a la mente las lúcidas palabras de Unamuno, enfrentando al generalote invasor de la Universidad de Salamanca: Venceréis, porque tenéis sobrada fuerza bruta. Pero no convenceréis. Para convencer hay que persuadir, y para persuadir necesitaréis algo que os falta: razón y derecho en la lucha. Términos que aplican claramente a las clases dominantes presentes y sus marionetas.

De ahí el terror de la clase gobernante y aliados que la inteligencia les despierta, ya que ésta busca la verdad profunda de las cosas, lo cual en la praxis social equivale a quitarles las máscaras y maquillaje con que pretenden encubrir su pillaje. Pues la dictadura de clase se caracteriza primariamente por la explotación del trabajo, la corrupción y el mercadeo de las riquezas y territorio nacionales al mejor postor, lo cual les permite enriquecerse sin medida a costa de condenar a vivir en la pobreza a millones de familias.

La verdad es siempre revolucionaria, lo que conlleva la búsqueda de maneras de subvertir el orden establecido y cambiarlo por otra forma de organización que evite la explotación y sojuzgamiento de los hombres y, por lo contrario, fomente el bienestar humano y la sustitución de la lucha por la existencia en una lucha por la pacificación de la existencia, enmarcada en un sistema orientado hacia la autogestión social, en un ambiente de paz, justicia y dignidad en el cual se renueven los valores éticos y morales que conduciría a mejorar las relaciones entre hombres y mujeres y a tomar acciones para salvaguardar el medio ambiente planetario.

¿Subvertir el orden establecido? Ni soñarlo, sostienen quienes ejercen una dominación violenta y degradante sobre las clases subalternas. No lo permitiremos. ¡Qué muera la inteligencia! ¡Qué viva la muerte! Palabras que aún resuenan en los palacetes de los opresores.

En una escala de peligrosidad para la estabilidad del orden establecido, diseñada por la CIA, a Noam Chomsky le corresponde el número 5, el más alto; en tanto Al Qaeda se queda con 3 o 4 puntos. —He dicho, resuenan en mi interior las palabras que cierran el discurso de Unamuno cuando enfrentó al generalote, invasor de la Universidad de Salamanca.

Reflexionar para comprender lo que se ve y lo que no se ve.

El 12 de octubre de 1936, en el paraninfo de la Universidad de Salamanca, el general franquista José Millán-Astray, en respuesta al discurso antifranquista de Miguel de Unamuno, exclama irritado: “Muera la intelectualidad traidora, viva la muerte” o, como afirman otras fuentes, exclamó: “¡Muera la inteligencia! ¡Viva la muerte!”, aclamado por los asistentes.

Miguel de Unamuno, sin amedrentarse, continúa: “Éste es el templo de la inteligencia, y yo soy su sumo sacerdote. Estáis profanando su sagrado recinto. Venceréis, porque tenéis sobrada fuerza bruta. Pero no convenceréis. Para convencer hay que persuadir, y para persuadir necesitaréis algo que os falta: razón y derecho en la lucha. Me parece inútil el pediros que penséis en España. He dicho”.

El 23 de febrero de 1636, un tribunal de 11 teólogos, del Santo Concilio de la Inquisición, sometió a voto la idea heliocéntrica copernicana. Consideraron que “la quietud del sol en el centro del mundo” era “una herejía formal” porque contradecía las Escrituras. Opinaron además que un universo heliocéntrico era filosóficamente “necio y absurdo”. Estas opiniones formaron el núcleo del edicto oficial promulgado el 5 de marzo que declaró las ideas de Copérnico “falsas y contrarias a las sagradas escrituras”. El libro De las Revoluciones fue incluido en un decreto que incorporó al Índice de libros prohibidos. (Dava Sobel: Un cielo pluscuamperfecto, Copérnico y la revolución del cosmos).

Dos épocas distintas y distantes entre sí varios siglos; una misma circunstancia: el poder enfrentado al conocer, a la inteligencia. No hay una definición unitaria y aceptada de la inteligencia. Definir qué es la inteligencia ha sido siempre objeto de polémica ante un escenario tan diversificado de opiniones, aquí me remito a una sintética definición de diccionario: “Facultad de la mente que permite aprender, entender, razonar, tomar decisiones y formarse una idea determinada de la realidad”.

La pregunta que se presenta entonces es: ¿Por qué el poder, los hombres que ejercen poder sobre otros, tienen tanto miedo de la inteligencia, expresado con toda claridad por el general franquista José Millán-Astray?

La pregunta es pertinente en el presente, puesto que continúa este enfrentamiento entre poder e inteligencia. ¿Por qué desde el poder se intenta por todos los medios limitar o eliminar el ejercicio de la inteligencia y los procesos que existen para desarrollarla y socializarla: la educación, la producción y difusión del conocimiento científico y la cultura en general?

No estamos sujetos a un sistema como el que imperó en España durante la dictadura franquista, ni aparenta existir algo como el Santo Oficio de la Inquisición. Vivimos en el marco de una democracia propia de los estados modernos. Se elige “libremente” a quienes habrán de dirigir el rumbo de la nación, sujetos a un conjunto de leyes que regulan la operación del gobierno así electo. Pero hablar de un gobierno, electo o no, es admitir que un pequeño grupo domina sobre toda la población —la mayoría— tomando decisiones en nombre de esa mayoría —“el pueblo”—. Entonces en nuestras democracias modernas impera una dictadura de unos pocos sobre la mayoría, una dictadura de clase de quienes en verdad detentan el poder económico y de quienes son solamente sus peones —la clase política—. Sin olvidar que esta dictadura se sostiene en última instancia en la fuerza bruta, en la violencia, declarándose este estado a sí mismo como el poseedor monopólico de ésta, enfatizando así el empleo discrecional de la misma.

Entonces vienen a la mente las lúcidas palabras de Unamuno, enfrentando al generalote invasor de la Universidad de Salamanca: Venceréis, porque tenéis sobrada fuerza bruta. Pero no convenceréis. Para convencer hay que persuadir, y para persuadir necesitaréis algo que os falta: razón y derecho en la lucha. Términos que aplican claramente a las clases dominantes presentes y sus marionetas.

De ahí el terror de la clase gobernante y aliados que la inteligencia les despierta, ya que ésta busca la verdad profunda de las cosas, lo cual en la praxis social equivale a quitarles las máscaras y maquillaje con que pretenden encubrir su pillaje. Pues la dictadura de clase se caracteriza primariamente por la explotación del trabajo, la corrupción y el mercadeo de las riquezas y territorio nacionales al mejor postor, lo cual les permite enriquecerse sin medida a costa de condenar a vivir en la pobreza a millones de familias.

La verdad es siempre revolucionaria, lo que conlleva la búsqueda de maneras de subvertir el orden establecido y cambiarlo por otra forma de organización que evite la explotación y sojuzgamiento de los hombres y, por lo contrario, fomente el bienestar humano y la sustitución de la lucha por la existencia en una lucha por la pacificación de la existencia, enmarcada en un sistema orientado hacia la autogestión social, en un ambiente de paz, justicia y dignidad en el cual se renueven los valores éticos y morales que conduciría a mejorar las relaciones entre hombres y mujeres y a tomar acciones para salvaguardar el medio ambiente planetario.

¿Subvertir el orden establecido? Ni soñarlo, sostienen quienes ejercen una dominación violenta y degradante sobre las clases subalternas. No lo permitiremos. ¡Qué muera la inteligencia! ¡Qué viva la muerte! Palabras que aún resuenan en los palacetes de los opresores.

En una escala de peligrosidad para la estabilidad del orden establecido, diseñada por la CIA, a Noam Chomsky le corresponde el número 5, el más alto; en tanto Al Qaeda se queda con 3 o 4 puntos. —He dicho, resuenan en mi interior las palabras que cierran el discurso de Unamuno cuando enfrentó al generalote, invasor de la Universidad de Salamanca.

Reflexionar para comprender lo que se ve y lo que no se ve.

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