/ martes 26 de noviembre de 2019

La legitimidad perdida del Poder Legislativo

De la simple lectura de la Constitución Política mexicana se puede entender el concepto de “Soberanía Popular”, sin que para ello se requiera ser abogado, puesto que las leyes deben ser redactadas con lenguaje sencillo como el que utiliza el pueblo para comunicarse entre sí, aún sin ser letrado.

Mientras la soberanía expresa la idea de supremacía, ambas derivan de la voluntad del pueblo, que se expresa en las urnas para elegir a los miembros del Poder Legislativo y al depositario del Poder Ejecutivo; los diputados encarnan al primero y su trabajo es la elaboración de las leyes que permiten la vida en comunidad, estableciendo reglas para mantener la paz, la justicia y el desarrollo social, garantizando la vigencia de los principios de libertad, igualdad, fraternidad y equidad.

En casi todos los países del mundo el poder político ha adoptado la propuesta del filósofo enciclopedista francés Juan Jacobo Rousseau, quien afirmaba que “el pueblo decide qué leyes se da”, porque es a través de los diputados electos por el pueblo como surge la redacción de las leyes. Y en ese sentido las leyes deben responder a la razón, en vez de corresponder a los intereses de los partidos políticos en los que militan los legisladores, con cuya actitud traicionan al pueblo que los eligió y responden a intereses facciosos del bando al que pertenecen. Hoy vemos en los poderes legislativos federal y de los estados una abrumadora mayoría de diputados que alcanzaron las curules con el respaldo del partido Morena, cuyo liderazgo indiscutible pertenece al presidente López Obrador, aunque para la elección de sus nuevos dirigentes ha aflorado el divisionismo interno que traerá consigo un desgaste y pérdida de poder. La frase que aparece en el recinto legislativo en letras de oro “La Patria es primero” ha sido ignorada por quienes se disputan las prebendas de la partidocracia y las mieles del presupuesto. Por desgracia la mayoría de las curules sólo sirven a los diputados para amasar fortunas mediante las dádivas, moches y diezmos, que por una mala y perversa costumbre se incluyen ya en las partidas presupuestales. Para la renovación de los integrantes de las próximas legislaturas federal y locales, el gran elector y el pueblo deberían evitar la inclusión en las listas de “plurinominales”, de los caciques, líderes de partidos y sindicatos, que se han perpetuado en el Legislativo para desprestigiarlo.

De la simple lectura de la Constitución Política mexicana se puede entender el concepto de “Soberanía Popular”, sin que para ello se requiera ser abogado, puesto que las leyes deben ser redactadas con lenguaje sencillo como el que utiliza el pueblo para comunicarse entre sí, aún sin ser letrado.

Mientras la soberanía expresa la idea de supremacía, ambas derivan de la voluntad del pueblo, que se expresa en las urnas para elegir a los miembros del Poder Legislativo y al depositario del Poder Ejecutivo; los diputados encarnan al primero y su trabajo es la elaboración de las leyes que permiten la vida en comunidad, estableciendo reglas para mantener la paz, la justicia y el desarrollo social, garantizando la vigencia de los principios de libertad, igualdad, fraternidad y equidad.

En casi todos los países del mundo el poder político ha adoptado la propuesta del filósofo enciclopedista francés Juan Jacobo Rousseau, quien afirmaba que “el pueblo decide qué leyes se da”, porque es a través de los diputados electos por el pueblo como surge la redacción de las leyes. Y en ese sentido las leyes deben responder a la razón, en vez de corresponder a los intereses de los partidos políticos en los que militan los legisladores, con cuya actitud traicionan al pueblo que los eligió y responden a intereses facciosos del bando al que pertenecen. Hoy vemos en los poderes legislativos federal y de los estados una abrumadora mayoría de diputados que alcanzaron las curules con el respaldo del partido Morena, cuyo liderazgo indiscutible pertenece al presidente López Obrador, aunque para la elección de sus nuevos dirigentes ha aflorado el divisionismo interno que traerá consigo un desgaste y pérdida de poder. La frase que aparece en el recinto legislativo en letras de oro “La Patria es primero” ha sido ignorada por quienes se disputan las prebendas de la partidocracia y las mieles del presupuesto. Por desgracia la mayoría de las curules sólo sirven a los diputados para amasar fortunas mediante las dádivas, moches y diezmos, que por una mala y perversa costumbre se incluyen ya en las partidas presupuestales. Para la renovación de los integrantes de las próximas legislaturas federal y locales, el gran elector y el pueblo deberían evitar la inclusión en las listas de “plurinominales”, de los caciques, líderes de partidos y sindicatos, que se han perpetuado en el Legislativo para desprestigiarlo.

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