/ sábado 22 de febrero de 2020

Milagro en el pueblo

Héctor Fuentes vive, quizá, un milagro. Durante 2 años permaneció en Estados Unidos como migrante sin papel. Nunca volvió al pueblo, ni siquiera, vaya, en Navidad.

Y como durante 24 meses está canija la abstinencia sexual, vivir como un jesuita, llegó un tiempo cuando los fines de semana se iba con los nuevos amigos a buscar las trabajadoras sexuales, sobre todo, de América Latina.

O en todo caso, una aventurilla con alguna paisana mexicana en el otro lado, también migrante indocumentada.

Y un día se sintió enfermo del VIH. Y lo comprobó con un médico latino. Y ni hablar, regresó al pueblo…, digamos, a prepararse para morir. Y le fue mal.

Confesó su historia a la esposa y lo dejó. Y la esposa se llevó a los hijos y a un pueblo que nunca supo. Y hasta los hermanos lo abandonaron.

Entonces, apostó a una vida monástica. Y quizá la medicina y el tratamiento y la medicina que le daban en el Hospital Regional. Acaso la disciplina con que acató el tratamiento.

Quizá la fe y la esperanza depositada en su dios. Acaso las oraciones que todos los días, mañana y noche, rezaba con devoción.

Acaso la vida austera en materia sexual, cero relaciones. Y la alimentación frugal…, el milagro, dice, se hizo.

Un día, los médicos públicos le dictaminaron que estaba curado. Y/o que en todo caso, el Sida había desaparecido. O atenuado.

Por ahora, verdad o mentira, Héctor Fuentes vive un nuevo tiempo.

Cierto, 3 años después, nunca la esposa lo ha perdonado ni tampoco le permite ver a los hijos, estar con ellos, convivir un fin de semana, ni tampoco desea pelear la parte de la paternidad que de manera legítima le corresponde.

“Fallé”, dice, y aguanta vara.

Tampoco ha buscado una nueva pareja, pues al mismo tiempo, ni ella ni él se divorciaron. Simple y llanamente, separados, digamos, de forma civilizada.

Ni menos sueña con una pareja permanente o esporádica.

Vive “con la medianía del salario” mínimo con lo que justo y necesario para vivir, dos mudas de ropa, una azul oscuro y otra café y dos pares de zapatos, unos café y otros negros.

Y del cuartito Infonavit donde vive a su trabajo y luego a su casa y en las tardes a pasear con su perro y a dormir y así los lunes, martes, miércoles, jueves, viernes y sábado al mediodía.

Si tiene aún residuos del VIH en el cuerpo se siente lleno de energía y vitalidad para chambear todos los días, de hecho y derecho, como si nunca hubiera padecido el virus tan temido.

Héctor Fuentes está seguro de los milagros aunque los colegas del trabajo en la fábrica de hielo se pitorreen.

Es un hombre de oración y de fe y confía en el milagro de la oración.

Pero también, sin ser atalaya ni cristiano evangélico ni católico le ha dado por leer la biblia y de vez en vez reunirse con los vecinos en una jornada de lecturas bíblicas, y en donde platican sobre la veracidad de cada historia…, a la luz de la fe, cierto, pero también de la razón.

De si está curado del VIH o solo se trata de una tregua como por ejemplo, suele ocurrir con las personas enfermas de cáncer, ni le ocupa ni se preocupa.

Lo importante es que cada mañana se levanta con muchas ganas de encontrar un nuevo sentido de vivir, sin desfallecer ni darse tiempo para las pilas bajas ni menos para la depresión.

Héctor Fuentes vive, quizá, un milagro. Durante 2 años permaneció en Estados Unidos como migrante sin papel. Nunca volvió al pueblo, ni siquiera, vaya, en Navidad.

Y como durante 24 meses está canija la abstinencia sexual, vivir como un jesuita, llegó un tiempo cuando los fines de semana se iba con los nuevos amigos a buscar las trabajadoras sexuales, sobre todo, de América Latina.

O en todo caso, una aventurilla con alguna paisana mexicana en el otro lado, también migrante indocumentada.

Y un día se sintió enfermo del VIH. Y lo comprobó con un médico latino. Y ni hablar, regresó al pueblo…, digamos, a prepararse para morir. Y le fue mal.

Confesó su historia a la esposa y lo dejó. Y la esposa se llevó a los hijos y a un pueblo que nunca supo. Y hasta los hermanos lo abandonaron.

Entonces, apostó a una vida monástica. Y quizá la medicina y el tratamiento y la medicina que le daban en el Hospital Regional. Acaso la disciplina con que acató el tratamiento.

Quizá la fe y la esperanza depositada en su dios. Acaso las oraciones que todos los días, mañana y noche, rezaba con devoción.

Acaso la vida austera en materia sexual, cero relaciones. Y la alimentación frugal…, el milagro, dice, se hizo.

Un día, los médicos públicos le dictaminaron que estaba curado. Y/o que en todo caso, el Sida había desaparecido. O atenuado.

Por ahora, verdad o mentira, Héctor Fuentes vive un nuevo tiempo.

Cierto, 3 años después, nunca la esposa lo ha perdonado ni tampoco le permite ver a los hijos, estar con ellos, convivir un fin de semana, ni tampoco desea pelear la parte de la paternidad que de manera legítima le corresponde.

“Fallé”, dice, y aguanta vara.

Tampoco ha buscado una nueva pareja, pues al mismo tiempo, ni ella ni él se divorciaron. Simple y llanamente, separados, digamos, de forma civilizada.

Ni menos sueña con una pareja permanente o esporádica.

Vive “con la medianía del salario” mínimo con lo que justo y necesario para vivir, dos mudas de ropa, una azul oscuro y otra café y dos pares de zapatos, unos café y otros negros.

Y del cuartito Infonavit donde vive a su trabajo y luego a su casa y en las tardes a pasear con su perro y a dormir y así los lunes, martes, miércoles, jueves, viernes y sábado al mediodía.

Si tiene aún residuos del VIH en el cuerpo se siente lleno de energía y vitalidad para chambear todos los días, de hecho y derecho, como si nunca hubiera padecido el virus tan temido.

Héctor Fuentes está seguro de los milagros aunque los colegas del trabajo en la fábrica de hielo se pitorreen.

Es un hombre de oración y de fe y confía en el milagro de la oración.

Pero también, sin ser atalaya ni cristiano evangélico ni católico le ha dado por leer la biblia y de vez en vez reunirse con los vecinos en una jornada de lecturas bíblicas, y en donde platican sobre la veracidad de cada historia…, a la luz de la fe, cierto, pero también de la razón.

De si está curado del VIH o solo se trata de una tregua como por ejemplo, suele ocurrir con las personas enfermas de cáncer, ni le ocupa ni se preocupa.

Lo importante es que cada mañana se levanta con muchas ganas de encontrar un nuevo sentido de vivir, sin desfallecer ni darse tiempo para las pilas bajas ni menos para la depresión.

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