/ domingo 12 de noviembre de 2023

Post – Its de esperanza

Nos sentamos en el café Alondra, de la calle Hidalgo 22, en Cuernavaca, para descansar un poco. ¿Por qué te gusta tanto esta ciudad?, me preguntó Eunice mientras pedía un Chai latte caliente y un panqué de elote. Porque se parece a Xalapa con su eterna primavera, le contesté. Ah, y también porque aquí conocí a don Sergio Méndez Arceo, un obispo que tenía una visión de la eternidad arraigada en la tierra, en la lucha en contra del dolor y el sufrimiento. Su esperanza, añadí, no era vacía, alejada de la carne de hombres y mujeres que sufren y padecen.

Sonrío, con esa sonrisa que mostraba un dejo de sarcasmo. No me importó, su sonrisa, en todas sus variantes, me gustaba y me desarmaba. Mira lo que dice aquí, le señalé el texto de presentación del café: “cada mañana la alondra alegre inicia el día para contar con su canto, una nueva historia a quien la escucha”. Así es la vida, continúe, cada día, una nueva oportunidad. Y esta ciudad, por su eterna primavera, me lo recuerda. ¿Sabías que Cuernavaca viene del nombre mexica Cuauhnáhuac?, me atajó. Sí, añadió, pero los españoles le cambiaron el nombre para facilitar su pronunciación. Ahora el sorprendido fui yo. Lo notó y ambos sonreímos.

Al entrar a la iglesia Catedral, una pared tapizada de papelitos, notas adhesivas o post its nos llamó la atención. Nos pusimos a leer una por una. “Dios, te pido por la salud de mi tía Vicky, Rafa y todos los enfermos; de mi también y que me cuides siempre, a mis padres y en nuestro regreso a casa que lleguemos con bien”, firmado por LyL. Nos miramos sorprendidos y nos quedamos anonadados ante esta escena. ¡Cuánta fe en un tablero! ¡Cuántos deseos humanos! ¡Cuánta esperanza!, pensamos.

Desde los trazos primigenios del hombre de la caverna, hasta el muro del Facebook, todos los seres humanos buscamos decir algo a alguien. Queremos que nuestro bisonte, nuestro personaje con lanza en mano o las sangrientas fauces de la fiera, lleven un mensaje. Queremos que nuestra voz, nuestras palabras, nuestros sentimientos, digan algo a alguien.

Si somos por la mirada, creo que también somos por la palabra. La palabra, como decía Heidegger, es la casa del ser. En la palabra existimos, en la palabra somos.

Encontrarse con estos post-its en un templo construido entre 1529-1552 me llevó a pensar en los deseos, el dolor, la alegría y la esperanza de quienes plasmaron con pluma en mano un mensaje para su Dios.

¡Cuánto deseo humano en un post–it, cuánta esperanza! Desde el hombre del muro de la caverna, hasta el hombre del muro del Facebook, a todos nos mueve la esperanza. Caminamos, porque esperamos. Hasta el más aguerrido no creyente o nihilista, espera, quizá el silencio, quizá el vacío, quizá la nada, pero espera. Algunos esperamos optimistamente, esperamos siempre algo más, esperamos que nuestra espera valga la pena. En tanto, escribimos post-its de esperanza.

Salimos de este templo extasiados. A lo lejos, escuchamos a un guía hablar de la sencillez y austeridad en su construcción, reflejo de la orden de San Francisco de Asís. Aquí predicó don Sergio Méndez Arceo, pensé, mientras nos abrazábamos, para no sentir tanto el frío de la tarde.

Nos sentamos en el café Alondra, de la calle Hidalgo 22, en Cuernavaca, para descansar un poco. ¿Por qué te gusta tanto esta ciudad?, me preguntó Eunice mientras pedía un Chai latte caliente y un panqué de elote. Porque se parece a Xalapa con su eterna primavera, le contesté. Ah, y también porque aquí conocí a don Sergio Méndez Arceo, un obispo que tenía una visión de la eternidad arraigada en la tierra, en la lucha en contra del dolor y el sufrimiento. Su esperanza, añadí, no era vacía, alejada de la carne de hombres y mujeres que sufren y padecen.

Sonrío, con esa sonrisa que mostraba un dejo de sarcasmo. No me importó, su sonrisa, en todas sus variantes, me gustaba y me desarmaba. Mira lo que dice aquí, le señalé el texto de presentación del café: “cada mañana la alondra alegre inicia el día para contar con su canto, una nueva historia a quien la escucha”. Así es la vida, continúe, cada día, una nueva oportunidad. Y esta ciudad, por su eterna primavera, me lo recuerda. ¿Sabías que Cuernavaca viene del nombre mexica Cuauhnáhuac?, me atajó. Sí, añadió, pero los españoles le cambiaron el nombre para facilitar su pronunciación. Ahora el sorprendido fui yo. Lo notó y ambos sonreímos.

Al entrar a la iglesia Catedral, una pared tapizada de papelitos, notas adhesivas o post its nos llamó la atención. Nos pusimos a leer una por una. “Dios, te pido por la salud de mi tía Vicky, Rafa y todos los enfermos; de mi también y que me cuides siempre, a mis padres y en nuestro regreso a casa que lleguemos con bien”, firmado por LyL. Nos miramos sorprendidos y nos quedamos anonadados ante esta escena. ¡Cuánta fe en un tablero! ¡Cuántos deseos humanos! ¡Cuánta esperanza!, pensamos.

Desde los trazos primigenios del hombre de la caverna, hasta el muro del Facebook, todos los seres humanos buscamos decir algo a alguien. Queremos que nuestro bisonte, nuestro personaje con lanza en mano o las sangrientas fauces de la fiera, lleven un mensaje. Queremos que nuestra voz, nuestras palabras, nuestros sentimientos, digan algo a alguien.

Si somos por la mirada, creo que también somos por la palabra. La palabra, como decía Heidegger, es la casa del ser. En la palabra existimos, en la palabra somos.

Encontrarse con estos post-its en un templo construido entre 1529-1552 me llevó a pensar en los deseos, el dolor, la alegría y la esperanza de quienes plasmaron con pluma en mano un mensaje para su Dios.

¡Cuánto deseo humano en un post–it, cuánta esperanza! Desde el hombre del muro de la caverna, hasta el hombre del muro del Facebook, a todos nos mueve la esperanza. Caminamos, porque esperamos. Hasta el más aguerrido no creyente o nihilista, espera, quizá el silencio, quizá el vacío, quizá la nada, pero espera. Algunos esperamos optimistamente, esperamos siempre algo más, esperamos que nuestra espera valga la pena. En tanto, escribimos post-its de esperanza.

Salimos de este templo extasiados. A lo lejos, escuchamos a un guía hablar de la sencillez y austeridad en su construcción, reflejo de la orden de San Francisco de Asís. Aquí predicó don Sergio Méndez Arceo, pensé, mientras nos abrazábamos, para no sentir tanto el frío de la tarde.

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