/ lunes 5 de noviembre de 2018

La buena vida / Pueblo sin tradiciones es un pueblo sin futuro

La llorona de don Juan

En este cuento aparecerá “La Llorona”, personaje de ultratumba del que se ha escuchado mucho y leído más. Sin embargo esta narración es real, la oí de labios de mi mamá y el protagonista es mi padre. La historia se desarrolla en Xalapa, en los años cuarenta del siglo pasado...

Don Juan era “todo un galán”. Alto, fornido, moreno de ojos aceitunados parecido al famoso actor argentino de sus tiempos de juventud Hugo del Carril y también al mítico Carlos Gardel.

Vestía con sombrero de fieltro de ala ancha, sacos de lana inglesa, corbatas europeas compradas en tiendas elegantes, igual que sus camisas siempre impecables, zapatos de piel y colonias importadas.

Azahares del destino lo trajeron a vivir Xalapa donde sólo contadas xalapeñas lograban resistirse a su varonil atractivo, exquisitos modales y esplendidez incomparable y entre ellas, la más difícil de conquistar: mi mamá.

Situación que molestaba a don Juan, quien a pesar de ello dejaba todo lo que tuviera que hacer para enamorar a la educada xalapeñita que ponía una ventana de gruesos barrotes de por medio, cuando él la visitaba.

Cierta noche fría y nublada, luego que recitara varios poemas a la difícil jovencita, taciturno e indeciso don Juan decidió caminar por las románticas veredas del parque de Los Berros y abrazar sus árboles añosos, cuna de inspiración para poemas, novelas, sinfonías, y leyendas de esperanza o desenamores. Tal vez estos milenarios árboles le ayudarían a decidir si se casaba o huía de la mujer que empezaba a robarle el corazón.

Caminaba don Juan con su cigarro blanco en la boca cuando de repente, al llegar a la esquina de Diego leño, un viento helado como la muerte le hizo estremecer y casi le tumba su sombrero de fieltro pero, como él se consideraba un hombre sin miedo, se repuso rápidamente y siguió caminando.

Su sorpresa aumentó al ver entre la neblina la silueta de una dama parada en la esquina. No recordaba haberla visto antes del ventarrón pero, haciendo caso omiso y previendo la oportunidad de sacar a relucir sus dotes de galán, don Juan apresuró el paso, mientras se preguntaba: ¿Será una dama de la vida galante?, pero al ver su vestido blanco y la capa con capucha que llevaba puesta que apenas le permitía verle el rostro, mi padre se arrepintió de sus sospechas, más cuando notó que la mujer llevaba en sus manos una azucena desmayada y no calzaba zapatos.

Sin embargo, don Juan sin titubeos, a distancia le dio las buenas noches a la mujer y con su voz ronca y varonil y preguntó ¿puedo servirla en algo?

Ella asintió con la cabeza y se levantó la capucha para dejar ver su rostro, que en realidad no era un rostro, sólo un par de cuencas negras, vacías y un oscuro agujero en donde debía haber una nariz. Don Juan se petrificó del miedo al ver el macabro rostro y cayó de rodillas. Entonces la calavera le dijo, es usted muy gentil caballero pero no lo necesito, y soltó un tremendo y terrorífico grito: “ay mis hijos”.

Esa noche don Juan aprendió a tener miedo al caer privado sobre el húmedo pasto de Los Berros. Por la mañana un barrendero del parque fue a avisarle a mi abuelo.

El abuelo, hombre compasivo, admitió en su casa al maltrecho don Juan que tardó dos semanas en reponerse del susto. Al año siguiente mis padres estaban casados y yo venía en camino.

Taca.campos@gmail

En este cuento aparecerá “La Llorona”, personaje de ultratumba del que se ha escuchado mucho y leído más. Sin embargo esta narración es real, la oí de labios de mi mamá y el protagonista es mi padre. La historia se desarrolla en Xalapa, en los años cuarenta del siglo pasado...

Don Juan era “todo un galán”. Alto, fornido, moreno de ojos aceitunados parecido al famoso actor argentino de sus tiempos de juventud Hugo del Carril y también al mítico Carlos Gardel.

Vestía con sombrero de fieltro de ala ancha, sacos de lana inglesa, corbatas europeas compradas en tiendas elegantes, igual que sus camisas siempre impecables, zapatos de piel y colonias importadas.

Azahares del destino lo trajeron a vivir Xalapa donde sólo contadas xalapeñas lograban resistirse a su varonil atractivo, exquisitos modales y esplendidez incomparable y entre ellas, la más difícil de conquistar: mi mamá.

Situación que molestaba a don Juan, quien a pesar de ello dejaba todo lo que tuviera que hacer para enamorar a la educada xalapeñita que ponía una ventana de gruesos barrotes de por medio, cuando él la visitaba.

Cierta noche fría y nublada, luego que recitara varios poemas a la difícil jovencita, taciturno e indeciso don Juan decidió caminar por las románticas veredas del parque de Los Berros y abrazar sus árboles añosos, cuna de inspiración para poemas, novelas, sinfonías, y leyendas de esperanza o desenamores. Tal vez estos milenarios árboles le ayudarían a decidir si se casaba o huía de la mujer que empezaba a robarle el corazón.

Caminaba don Juan con su cigarro blanco en la boca cuando de repente, al llegar a la esquina de Diego leño, un viento helado como la muerte le hizo estremecer y casi le tumba su sombrero de fieltro pero, como él se consideraba un hombre sin miedo, se repuso rápidamente y siguió caminando.

Su sorpresa aumentó al ver entre la neblina la silueta de una dama parada en la esquina. No recordaba haberla visto antes del ventarrón pero, haciendo caso omiso y previendo la oportunidad de sacar a relucir sus dotes de galán, don Juan apresuró el paso, mientras se preguntaba: ¿Será una dama de la vida galante?, pero al ver su vestido blanco y la capa con capucha que llevaba puesta que apenas le permitía verle el rostro, mi padre se arrepintió de sus sospechas, más cuando notó que la mujer llevaba en sus manos una azucena desmayada y no calzaba zapatos.

Sin embargo, don Juan sin titubeos, a distancia le dio las buenas noches a la mujer y con su voz ronca y varonil y preguntó ¿puedo servirla en algo?

Ella asintió con la cabeza y se levantó la capucha para dejar ver su rostro, que en realidad no era un rostro, sólo un par de cuencas negras, vacías y un oscuro agujero en donde debía haber una nariz. Don Juan se petrificó del miedo al ver el macabro rostro y cayó de rodillas. Entonces la calavera le dijo, es usted muy gentil caballero pero no lo necesito, y soltó un tremendo y terrorífico grito: “ay mis hijos”.

Esa noche don Juan aprendió a tener miedo al caer privado sobre el húmedo pasto de Los Berros. Por la mañana un barrendero del parque fue a avisarle a mi abuelo.

El abuelo, hombre compasivo, admitió en su casa al maltrecho don Juan que tardó dos semanas en reponerse del susto. Al año siguiente mis padres estaban casados y yo venía en camino.

Taca.campos@gmail

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