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La generación Millennial, entre la clase media y la extrema pobreza

  • Reynaldo Escobar

En el año 2000, recién terminada la contienda electoral por la presidencia de la República, Vicente Fox Quezada resultó ser el prototipo del héroe anónimo que los mexicanos de finales del siglo pasado necesitábamos para reivindicar las luchas sociales que desde la Independencia, la Reforma y la Revolución Mexicana se habían enarbolado como derechos fundamentales de los mexicanos; sobre todo de los descendientes de quienes ofrendaron sus vidas al lado de los próceres, cuyos nombres registra la historia y aparecen plasmados con letras de oro en los muros del honorable Congreso de la Unión y de los poderes legislativos de las entidades a lo largo y ancho de toda nuestra provincia.

Los gobiernos estatales que lograron defenestrar a los gobernantes tricolores, sea por el “efecto Fox” o por el hartazgo de la sociedad, cansada de la demagogia y de la explotación y el gobierno de los mismos; aún sin reivindicaciones sociales, se daba por satisfecha con la simple salida de los gobiernos del PRI, después de ochenta y siete años ininterrumpidos de mantenerse en el poder. Y para hombres y mujeres de finales del siglo pasado y del comienzo del nuevo siglo, todo necesitaba un cambio, porque todo les parecía obsoleto y anticuado; y aquellos jóvenes que estudiaron en Europa o en ciudades de primer mundo protestaban hace diecisiete años por los congestionamientos viales de la Ciudad de México y de las ciudades grandes y medianas de la provincia, pues hasta se atrevieron a proponer la descentralización de las oficinas burocráticas a los domicilios particulares de los nuevos y jóvenes tecnócratas.

El término Millennial apenas se empezó a utilizar por quienes se autodenominaron con ese nombre; con todo el ánimo discriminatorio, que les permitiría a quienes nacieron entre 1980 y el año 2000, como jóvenes de la generación Millennial, dispuestos a alcanzar el triunfo y a llegar a las metas de sus proyectos, demostrando coeficientes científicos superiores a los de toda esa “raza” de la mediocridad, de la que era muy difícil salir, para encontrarse a sí mismos, de la forma tan selectiva como ellos se clasificaban. Ahí se planteaba entre muchas otras cosas, pugnar por la abolición “de las horas nalgas”, de aquellos burócratas cuyos sueldos eran devengados por el tiempo que permanecieran sentados tras un escritorio de cualquier dependencia del gobierno o de las universidades públicas, en lugar de evaluar resultados de la nueva generación de millennial, que podía con todo, sin importar las horas nalga.

En diversas ocasiones en televisión y en redes sociales principalmente se han difundido las aspiraciones de los jóvenes millennial, y qué bueno que logren su realización, sobre todo si alguno de nuestros descendientes llega a alcanzar ese calificativo, por el simple hecho de haber nacido en ese periodo del calendario de Galván. Pero no es suficiente contar con esa suerte, que muchos quisieran; porque hay muchos otros jóvenes que se pasan la vida luchando y el destino los hace descubrir con crueldad, que no a todos los que obran bien les va bien. Y en esas injusticias de la vida habría únicamente que pensar en los más de un millón de damnificados por el temblor del viernes pasado, en Juchitán, Oaxaca; en Chiapas, Tabasco y Veracruz, donde los planes y proyectos personales y familiares de más de un millón de mexicanos se han visto truncados; en primer lugar para procurar salvar la vida y rescatar de las peligrosas contingencias y daños colaterales del temblor a familiares, vecinos, amigos y a cualquier mortal de los que tuvieron el infortunio de estar en el epicentro del sismo.

Y en contrasentido, los jóvenes burócratas de las áreas de Protección Civil del gobierno federal, de los estados y municipios jamás podrían cumplir el sueño de los millennial, de trabajar desde una oficina virtual en su casa; con un auto deportivo a la puerta, con vacaciones planeadas y pagadas cada seis meses; comidas orgánicas o convertidos en veganos  y vestidos con ropa del corte inglés, confeccionada en la capital española y reloj de pulso con celular incluido, GPS y tantas y cuantas modernas tecnologías que son de su dominio pleno.

México seguirá siendo un país de contrastes; a partir del año entrante con sesenta y cinco millones viviendo en la extrema pobreza y los otros sesenta y cinco millones de mexicanos, luchando todos los días para no descender de la clase media y mantenerse con dignidad, aunque sea en apariencias.