/ miércoles 26 de diciembre de 2018

Babel y laberinto / El mal de la muerte de Marguerite Duras

Aunque Marguerite Duras solía decir: “Yo soy una escritora, no vale la pena decir nada más”

Sí que vale la pena decir, pues su vida fue una novela, como lo demostró la espléndida e insuperable biografía que escribiera Laure Adler sobre ella.

Nacida en el Saigón de la Primera Guerra Mundial, pasó su infancia en la parte francesa de Indochina y viajó a Francia hasta la edad de dieciocho años. Casi al llegar cambió su verdadero nombre, Marguerite Donnadieu, por el que ahora todos conocemos. En el país que le dio lengua, estudió matemáticas y ciencias políticas. Siempre fue una activista y estuvo, junto a François Miterrand y Robert Antelme (este último su esposo hasta que se divorciaron en 1946), en la Resistencia francesa durante la ocupación nazi.

La literatura de Duras es referencial, pero siempre se ha dicho que hay que dudar y pensar mejor en que son obras plenamente de ficción.

Tal vez su obra más conocida sea El amante, novela que alcanzó millones de ejemplares y que ha sido traducida a más de cuarenta idiomas.

Para muchos lectores el nombre de la Duras refiere inmediatamente a escenas de erotismo, países exóticos, amantes y la destrucción de la pareja.

Estilísticamente pasó de un tono sajón a uno confesional hasta llegar al estilo más puramente francés, el nouveau roman.

Por primera vez en español se reúnen dos relatos breves de la autora de Un dique contra el pacífico: El hombre sentado en el pasillo y El mal de la muerte. Fue la editorial Tusquets que puso a circular a esta autora en español desde hace más de cuatro décadas, es en esa casa en la que se puede encontrar toda la obra narrativa de Duras.

En El hombre sentado en el pasillo el narrador parece únicamente describir con cierta frialdad los escarceos y encuentros de un hombre sumido en un pasillo y una mujer que toma el sol en la playa; pero ya sabemos que esas escenas en Marguerite Duras no son otra cosa que un torrencial amor que terminará por autodestruirse, un amor que busca cumplir sus deseos y luego aniquilarse.

En El mal de la muerte, el protagonista, al punto de la muerte e imposibilitado para amar, contrata a una joven mujer para gozar de su compañía, sin embargo, lo que nos va contando el narrador no es lo que el hombre trata, al menos, de gozar con la mujer, sino lo que la mujer ve: la muerte inminente, con sus estertores, su pesadez, acaso su ya inmovilidad. Una obra insoslayable en la bibliografía de la gran francesa.

Sí que vale la pena decir, pues su vida fue una novela, como lo demostró la espléndida e insuperable biografía que escribiera Laure Adler sobre ella.

Nacida en el Saigón de la Primera Guerra Mundial, pasó su infancia en la parte francesa de Indochina y viajó a Francia hasta la edad de dieciocho años. Casi al llegar cambió su verdadero nombre, Marguerite Donnadieu, por el que ahora todos conocemos. En el país que le dio lengua, estudió matemáticas y ciencias políticas. Siempre fue una activista y estuvo, junto a François Miterrand y Robert Antelme (este último su esposo hasta que se divorciaron en 1946), en la Resistencia francesa durante la ocupación nazi.

La literatura de Duras es referencial, pero siempre se ha dicho que hay que dudar y pensar mejor en que son obras plenamente de ficción.

Tal vez su obra más conocida sea El amante, novela que alcanzó millones de ejemplares y que ha sido traducida a más de cuarenta idiomas.

Para muchos lectores el nombre de la Duras refiere inmediatamente a escenas de erotismo, países exóticos, amantes y la destrucción de la pareja.

Estilísticamente pasó de un tono sajón a uno confesional hasta llegar al estilo más puramente francés, el nouveau roman.

Por primera vez en español se reúnen dos relatos breves de la autora de Un dique contra el pacífico: El hombre sentado en el pasillo y El mal de la muerte. Fue la editorial Tusquets que puso a circular a esta autora en español desde hace más de cuatro décadas, es en esa casa en la que se puede encontrar toda la obra narrativa de Duras.

En El hombre sentado en el pasillo el narrador parece únicamente describir con cierta frialdad los escarceos y encuentros de un hombre sumido en un pasillo y una mujer que toma el sol en la playa; pero ya sabemos que esas escenas en Marguerite Duras no son otra cosa que un torrencial amor que terminará por autodestruirse, un amor que busca cumplir sus deseos y luego aniquilarse.

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