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Babel y laberinto/ Ejercicios de admiración de E. M. Cioran

  • Rodolfo Mendoza
  • en Cultura

De la misma tribu que Lichtenberg, Caraco y el príncipe de Ligne, Cioran ha pasado a la historia de las ideas como uno de los filósofos más punzantes, certeros y provocadores. La obra de Cioran –desde la que escribió en su natal Rumania– ha sido motivo ya no sólo de discrepancias sino, incluso, de disputas. Fue definido como un filósofo que había que leer sin un arma al lado: ¿por qué? Simple: no se puede salir ileso de un libro de Cioran.

Sus títulos, ya célebres, son apenas la ventana a ese gran precipicio al que el lector se abisma: En las cimas de la desesperación, El ocaso del pensamiento, El libro de las quimeras, Breviario de los vencidos, Silogismos de la amargura, Breviario de podredumbre, Ese maldito yo, La caída en el tiempo. En cada uno de esos libros, el pensamiento occidental recibe uno de sus máximos azotes.

Con la profundidad de los pensamientos de Marco Aurelio, con los paseos de Montaigne, con la meticulosidad de Kant, con la desesperación de Camus; y al mismo tiempo con el manejo del lenguaje de un Mallarme o de un Beckett, toda la obra de Cioran está hilada por la idea de un ser apenas visible: inasible y a la vez total.

Ejercicios de admiración (Ensayos y retratos) de E. M. Cioran es –junto al volumen de Conversaciones– uno de los libros (si cabe el término) más confesionales de este pensador. Si en Conversaciones leemos a un Cioran apasionado por la palabra, por su propia historia, por su formación y su desesperación, en el volumen Ejercicios de admiración (Ensayos y retratos) leemos a un Cioran entregado a sus lecturas; podemos definir inmediatamente Ejercicios de admiración como una autobiografía intelectual. Y no en los términos en que el francés célebre lo hiciera (Tournier), sino a la manera que se impone el mismo Cioran: uno es uno y sus libros, uno es uno y su pensamiento.

¿Habrá que mencionar a los filósofos y escritores que admira Cioran? De ninguna manera, el lector que haya leído apenas una línea de Cioran sabe ya de qué hablamos y de qué habla aquel total-pensador que decía: “La muerte, mi manía de entonces y de siempre”.

Si con Pascal o Maimónides uno cree encontrar respuestas, si con Bach uno vislumbra parte del horizonte, si con Turner entiende uno la teoría de los colores, con Cioran no podemos más que pensar en la más completa interrogante.

Pienso en Cioran como pienso en los señuelos que dejara por el camino Swift o Carroll. Pero no pienso: intuyo. No, tampoco es la palabra. ¿Se puede decir-contar-definir, con lo atrancado de las letras, un cuarteto de Beethoven? ¿Se puede mencionar con los mojones de la palabra un lienzo, una fuente, una esquina? Las palabras están sujetas por su significado. Pero de una cosa puede estar seguro el lector aventurero: Cioran tiene una llave ¿que a dónde lleva?, descúbralo.

*Colaborador