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El mundo en un signo

  • Diario de Xalapa
  • en Cultura

Por Manuel Martínez Morales

 

Con gracia oblicua robada a los ángeles, el aprendiz de brujo, por aprendiz, no olvida lo que el maestro ha olvidado de tanto saberlo, hasta convertirse en retórico hozador de malabarismos, en manual de lo previsto, en diccionario de situaciones equivalentes. Puesto que produce y gobierna sus misterios, éstos son artificiosos.

 

Dibujos de ciego, de Luis Cardoza y Aragón

He vivido en el bosque del lenguaje, entre follajes de palabras que me envuelven con sus colores, formas, fragancias. Ahí voy, deslizándome  por el cuerpo sin órganos de la máquina deseante, siempre bordeando los límites de la apabullante  máquina de la reproducción social, reducida en estos tiempos a la multiplicación del capital y, por supuesto, a la reproducción de la clase trabajadora en condiciones cada día más miserables.

Buscando combinaciones de palabras, de signos matemáticos o de cualquier otro sistema simbólico, en una noche insomne recordé la leyenda de Tzinacán, recreada por Borges, en La escritura de Dios. Esta reflexión me animó, y luego me infundió una especie de vértigo. En el ámbito de la tierra hay formas antiguas, formas incorruptibles y eternas; cualquiera de ellas podía ser el símbolo buscado. Una montaña podía ser la palabra del dios, o un río o el imperio o la configuración de los astros. Pero en el curso de los siglos las montañas se allanan y el camino de un río suele desviarse y los imperios conocen mutaciones y estragos y la figura de los astros varía. En el firmamento hay mudanza. La montaña y la estrella son individuos, y los individuos caducan. Busqué algo más tenaz, más invulnerable. Pensé en las generaciones de los cereales, de los pastos, de los pájaros, de los hombres. Quizá en mi cara estuviera escrita la magia, quizá yo mismo fuera el fin de mi busca. En ese afán estaba cuando recordé que, según Tzinacán el jaguar era uno de los atributos del dios.

Esta reflexión me animó, y luego me infundió una especie de vértigo. En el ámbito de la tierra hay formas antiguas, formas incorruptibles y eternas; cualquiera de ellas podía ser el símbolo buscado. Una montaña podía ser la palabra del dios, o un río o el imperio o la configuración de los astros. Pero en el curso de los siglos las montañas se allanan y el camino de un río suele desviarse y los imperios conocen mutaciones y estragos y la figura de los astros varía. En el firmamento hay mudanza. La montaña y la estrella son individuos, y los individuos caducan. Busqué algo más tenaz, más invulnerable. Quizá en mi cara estuviera escrita la magia, quizá yo mismo fuera el fin de mi busca. En ese afán estaba cuando recordé que el jaguar era uno de los atributos del dios.

En su recreación, Borges afirma que el alma de Tzinacán se llenó de piedad. Imaginó la primera mañana del tiempo, y a su dios confiando el mensaje a la piel viva de los jaguares, que se amarían y se engendrarían sin fin, en cavernas, en cañaverales, en islas, para que los últimos hombres lo recibieran. Imaginó esa red de tigres, ese caliente laberinto de tigres, dando horror a los prados y a los rebaños para conservar un dibujo.

Tzinacán dedicó largos años a aprender el orden y la configuración de las manchas. Cada ciega jornada le concedía un instante de luz, y así pudo fijar en la mente las negras formas que tachaban el pelaje amarillo. Algunas incluían puntos; otras formaban rayas trasversales en la cara interior de las piernas; otras, anulares, se repetían. Acaso eran un mismo sonido o una misma palabra. Muchas tenían bordes rojos.

Tus vértigos de aprendiz de brujo son intempestivos, y ahora empiezas a descifrar el laberinto de siempre y barruntas que tú eres el laberinto, intentas clavarlo en la rodaja de corcho, como a la mariposa de la infancia. Porque no lo reconoces y sufres la certidumbre de que era otro, tomas las cosas, su figura ficticia y sus disfraces, y quieres separarlas por su esencia. Las desnudas de los apodos que las nombran y con alquimia de palabras las bautizas en el mundo real de la ficción. Y colocas una frase, un verde, un ocre o amarillo, como un sismógrafo cualquiera sobre la mesa. Distante de toda escritura realistamente descriptiva y así más cercana del sujeto, la frase, la mancha, reclaman otra por rítmica exigencia. Ritmo que rompes para huir de lo demostrativo, novelesco, regionalista, didáctico o edificante, del mensaje y la información. Eso es silogismo de nubes y trampas para sueños. Reacción en cadena y menhires de asombro. Máquina para soñar dibujos de ciego y olas de mar muerto, dice Cardoza y Aragón. Te encuentras en libertad, sin menester de reproducir fielmente seres y cosas. No ambicionas cuentos o novelas, falacias autobiográficas, naturalezas muertas, teoremas de palabras, ecuaciones de colores o sonidos, ninguna suerte de mercaderías.

¿Por qué preguntarte por qué escribes esto o aquello, si toda respuesta es una pregunta hipócrita que espera los interminables pacientes amantes que la alquilan? La belleza en sí existe sólo en la repetida hipótesis de que la luz está hecha con toda esa tempestad derramada entre los muslos de una pregunta que incendia la basura y la resucita. ¿No has visto arder la basura, su resurrección, con fuego idéntico al fuego, desfondando la noche, como el Señor de entre los muertos?

Y ahora quieres transmutar las palabras en imágenes tangibles, ¡pobre de ti! Esa ilusión que te hace confundir el lenguaje con el mundo te perderá. Te recomiendo la lectura de El quark y el jaguar, de Murray Gelman.

 

*Colaborador