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Escribí para no morir: Natalio Hernández

  • Diario de Xalapa
  • en Cultura

El escritor bilingüe (náhuatl-español) Natalio Hernández Hernández advirtió que si México no cuenta con un programa de divulgación, reconocimiento y aprendizaje de las lenguas indígenas dirigido a la población mestiza, en unos 20 años se corre el riesgo de tener una nación desarraigada.

El poeta, reconocido a nivel nacional e internacional porque su obra coadyuva en la transmisión de la riqueza del patrimonio cultural y lingüístico de la cultura náhuatl, concedió una entrevista en la que habla de la importancia de una educación intercultural bilingüe, en este momento en que la globalización impulsa un sistema económico neoliberal.

Platicó de cómo el desarraigo y el alejarse de su pueblo natal le causaron una crisis de identidad, misma que lo llevaron a escribir poemas en náhuatl para encontrarse con su cultural, tradición y lengua.

“Me entró una crisis existencial muy fuerte, así que los primeros poemas que escribí son desgarradores; por ejemplo, hay uno que dice: ‘a veces me siento muerto en vida’. Son cantos muy tristes.”

También aborda la discriminación y marginación que enfrenta la literatura mexicana náhuatl: “No es fácil para un escritor indígena porque hay una tradición literaria en español de cinco siglos y hay una tradición literaria de nuestros pueblos originarios que quedó en los archivos”.

 

¿Cómo se define Natalio Hernández?

Macehuatl (gente del pueblo), campesino que cultiva la tierra y poeta.

 

¿Su origen y tradición indígena lo motivó a escribir poemas o hubo algún detonante especial?

La poesía emergió, digamos, de manera circunstancial y por una razón de supervivencia. En la década de los setenta era dirigente de organizaciones indígenas; fui el primer presidente de la Organización de Profesionistas Indígenas Nahuas, A.C.

Al ser nombrado subdirector de Educación Indígena en la SEP, a partir de 1978 tuve que radicar permanentemente en la Ciudad de México junto con mi familia, sólo tenía un hijo y los otros dos ya nacieron allá.

Entonces, como funcionario federal tenía que dejar el rol de dirigente social; tenía que dar respuesta a las demandas de las organizaciones sociales, además de cuidar el discurso, el lenguaje, tener una actitud más formal y con etiqueta.

Como dirigente social, andaba con huaraches, pantalón de mezclilla, camisa de manta, un pañuelo amarrado de color rojo, como se acostumbra en la Huasteca.

Entonces, me entró una crisis existencial muy fuerte, así que los primeros poemas que escribí son rasgadores; por ejemplo, hay uno que dice: “a veces me siento muerto en vida”. Son cantos muy tristes, que en náhuatl se conocen como cantos de tristeza. Esa nostalgia, esa tristeza, esa orfandad que sentía en mi interior, me llevó a reconocer mi infancia en un mundo tan maravilloso, con su lengua, su naturaleza, sus tradiciones, sus relaciones familiares muy comunitarias; todo esto entró en mí como una necesidad de asirme, agarrarme de algo, para poder sobrevivir. Así nació la poesía, alrededor de 1978.

La poesía me salvó de la muerte, incluso tengo un ensayo que dice que escribí para no morir, literalmente empecé a escribir para no poder morir, en mi primera fase que fue en la década de los ochenta. Poco a poco me adentré en la poesía, en toda esa belleza de la lengua, de los cantos ceremoniales, de los cantos populares de la Huasteca, todo esto se manifiesta en mi poesía.

 

¿Esta crisis que vivió, fue porque se sintió desarraigado, alejado de su pueblo y región?

Efectivamente. Formalmente, en mi acta de nacimiento aparece que soy de Naranjo Dulce, municipio de Ixhuatlán de Madero, Veracruz; allí nací, pero mis padres emigraron a la comunidad Lomas del Dorado, muy cerca de Llano Enmedio, en el mismo municipio.

En Lomas del Dorado transcurrió mi niñez, mi adolescencia, mi juventud y mi adultez; entonces, yo sentí gran nostalgia al estar en la Ciudad de México, una ciudad enorme, con millones de habitantes, cuando mi pueblo apenas llegamos a los 500. Sentí esa nostalgia, ese desarraigo al estar en la gran ciudad.

La comida, la lengua, las tradiciones, todo eso me hizo mirar hacia mi pueblo, hacia mi comunidad, hacia mi origen, que escribí en los poemas.

 

¿Es difícil para un escritor y poeta de origen indígena entrar y ser aceptado en el círculo literato? ¿Hay discriminación? ¿Hay fronteras?

Una primera crisis o una primera frontera que debemos vencer, es justamente esta actitud discriminatoria, la descalificación que se hace constantemente de las lenguas indígenas.

Cuando se habla de éstas, se habla de las lenguas estigmatizadas, supuestamente inferiores frente al español, frente al inglés u otras lenguas del mundo –sobre todo las europeas–. Esta parte la tuve que ir superando en el camino, obviamente no fue fácil, me llevó unos 40 años poder superar esta crisis, no por la descalificación externa –ésa se va superando– sino la interna, porque dentro de mí se peleaba el náhuatl con el español.

Sentía que el español lo tenía impuesto y pegado, sentía que la lengua que realmente me arraiga y me da identidad era el náhuatl. Esta crisis la resolví apenas hace 20 años, desde entonces disfruto mucho las dos; cuando me equivoco en náhuatl me río, cuando me equivoco en español me río. Disfruto y amo las dos lenguas, ambas las asumo como mías, es algo maravilloso pero no es fácil.