/ lunes 27 de mayo de 2019

In Vivo / Biodiversidad y seguridad alimentaria

La demanda de grandes volúmenes de alimento se incrementa año con año para una población en constante crecimiento

En el marco del primer Día Mundial de la Alimentación celebrado en 2004 (16 de octubre), “la biodiversidad al servicio de la seguridad alimentaria” fue objeto de gran atención. Hoy, en la 9ª Semana de la Diversidad Biológica, Conabio evoca nuevamente el tema: “Nuestra biodiversidad, nuestra alimentación, nuestra salud”, y nos invita a reflexionar sobre cómo la biodiversidad está presente cotidianamente en la alimentación y en el cuidado de la salud. La demanda de grandes volúmenes de alimento se incrementa año con año para una población en constante crecimiento. Sin embargo, en el afán de poner alimentos en nuestra mesa impulsamos una constante destrucción de hábitats para incrementar la producción agropecuaria y la uniformidad de los productos induce la pérdida de variedades en los cultivos. ¿Cómo haremos para evitar estas amenazas a la biodiversidad y al mismo tiempo asegurar la disponibilidad de alimentos saludables y suficientes en forma confiable? Sin duda se requiere cuidar la diversidad biológica que existe, la que se produce en los campos agrícolas, en los ecosistemas circundantes y al ganado.

Foto: Cortesía

La biodiversidad en números

Se han descrito 1.8 millones de especies de plantas y animales sobre la Tierra. Es de notar que tan sólo se utilizan unas cuantas especies en los sistemas productivos que dan sustento a la población humana. Se suele creer que cultivamos una gran variedad de plantas y que criamos muchos animales domésticos, pero es una sorpresa saber que tan sólo 14 especies de mamíferos y aves constituyen 90 por ciento del alimento de origen animal que consume la gente, y que tres cereales: trigo (la especies más cultivada en el mundo son variedades de Triticum aestivum, seguida de otras dos especies T. durum y T. compactum), maíz (una sola especie: Zea maiz), y arroz (cuya especie principalmente es: Oryza sativa) así como un tubérculo: papa (una especie: Solanum tuberosum), contribuyen con más de la mitad de la energía consumida en el mundo. La domesticación ha sido la forma como se han integrado los componentes de la biodiversidad natural a las sociedades humanas, a través de seleccionar, cosecha tras cosecha, las variedades que le resultan más apetecibles al campesino. Así se originaron las múltiples variedades de cultivos y ganado que se conocen hoy en día.


En México aproximadamente 100 especies se aprovechan localmente, entre ellas el maíz, el cacao, la papaya, el nopal, el jitomate, el tabaco, la vainilla, el algodón, los magueyes, el frijol, el tomate, entre otros. Unas 66 especies vegetales de interés agrícola tienen su centro de origen, domesticación o diversificación en Mesoamérica. El maíz se originó en México y a pesar de ello ahora es el segundo país importador del grano.


Actualmente, muchos agricultores han adoptado tipos uniformes de plantas o animales de alto rendimiento. La FAO señala que en los últimos 100 años se han perdido tres cuartas partes de la diversidad genética de los cultivos agrícolas que el cuidado de los campesinos de los pueblos originarios construyó en milenios. La merma de este acervo genético es motivo de preocupación ya que una amplia variabilidad genética permite disponer de variantes de plantas y animales que nos permitirán enfrentar condiciones ambientales desafiantes, por ejemplo, ante las adversidades que se pronostican con el cambio climático. Nuestra búsqueda de nuevas especies potencialmente útiles nos lleva a buscar entre la biodiversidad del planeta. Esta diversidad constituye también la materia prima para que los estudiosos y los campesinos produzcan otras variedades de cultivos y razas más productivas y con mayor capacidad de adaptación. No sólo es importante conservar el número de especies sino la diversidad genética que les da vigor.

Un sistema alimentario sostenible es “aquel que garantiza la seguridad alimentaria y la nutrición de las personas de tal forma que no se pongan en riesgo las bases económicas, sociales y ambientales de la seguridad alimentaria de futuras generaciones.” Es decir, tener acceso a alimentos seguros, nutritivos y en cantidad suficiente hoy y en el futuro. El reto es enorme y requiere de muchos enfoques, uno de ellos es el usufructo y gestión de los recursos vegetales silvestres proveniente de los diversos ecosistemas.


La estrategia de un sistema alimentario que alcance la seguridad alimentaria y nutricional, con beneficios económicos y sociales, es posible a través de mejorar la producción de alimentos sanos y nutritivos para toda la población al amparo del mantenimiento del patrimonio natural y con cuidados que eviten la pérdida y desperdicio de un tercio de los alimentos producidos para consumo humano.

En México existen grandes oportunidades debido a su gran diversidad biológica y cultural, que incluye especies aprovechadas localmente. También es necesario reconstruir el vínculo entre la actividad agropecuaria y su compromiso con la construcción de la agrobiodiversidad (o diversidad de variedades agropecuarias) como un proceso biocultural necesario para el desarrollo humano en armonía con la naturaleza.

En el marco del primer Día Mundial de la Alimentación celebrado en 2004 (16 de octubre), “la biodiversidad al servicio de la seguridad alimentaria” fue objeto de gran atención. Hoy, en la 9ª Semana de la Diversidad Biológica, Conabio evoca nuevamente el tema: “Nuestra biodiversidad, nuestra alimentación, nuestra salud”, y nos invita a reflexionar sobre cómo la biodiversidad está presente cotidianamente en la alimentación y en el cuidado de la salud. La demanda de grandes volúmenes de alimento se incrementa año con año para una población en constante crecimiento. Sin embargo, en el afán de poner alimentos en nuestra mesa impulsamos una constante destrucción de hábitats para incrementar la producción agropecuaria y la uniformidad de los productos induce la pérdida de variedades en los cultivos. ¿Cómo haremos para evitar estas amenazas a la biodiversidad y al mismo tiempo asegurar la disponibilidad de alimentos saludables y suficientes en forma confiable? Sin duda se requiere cuidar la diversidad biológica que existe, la que se produce en los campos agrícolas, en los ecosistemas circundantes y al ganado.

Foto: Cortesía

La biodiversidad en números

Se han descrito 1.8 millones de especies de plantas y animales sobre la Tierra. Es de notar que tan sólo se utilizan unas cuantas especies en los sistemas productivos que dan sustento a la población humana. Se suele creer que cultivamos una gran variedad de plantas y que criamos muchos animales domésticos, pero es una sorpresa saber que tan sólo 14 especies de mamíferos y aves constituyen 90 por ciento del alimento de origen animal que consume la gente, y que tres cereales: trigo (la especies más cultivada en el mundo son variedades de Triticum aestivum, seguida de otras dos especies T. durum y T. compactum), maíz (una sola especie: Zea maiz), y arroz (cuya especie principalmente es: Oryza sativa) así como un tubérculo: papa (una especie: Solanum tuberosum), contribuyen con más de la mitad de la energía consumida en el mundo. La domesticación ha sido la forma como se han integrado los componentes de la biodiversidad natural a las sociedades humanas, a través de seleccionar, cosecha tras cosecha, las variedades que le resultan más apetecibles al campesino. Así se originaron las múltiples variedades de cultivos y ganado que se conocen hoy en día.


En México aproximadamente 100 especies se aprovechan localmente, entre ellas el maíz, el cacao, la papaya, el nopal, el jitomate, el tabaco, la vainilla, el algodón, los magueyes, el frijol, el tomate, entre otros. Unas 66 especies vegetales de interés agrícola tienen su centro de origen, domesticación o diversificación en Mesoamérica. El maíz se originó en México y a pesar de ello ahora es el segundo país importador del grano.


Actualmente, muchos agricultores han adoptado tipos uniformes de plantas o animales de alto rendimiento. La FAO señala que en los últimos 100 años se han perdido tres cuartas partes de la diversidad genética de los cultivos agrícolas que el cuidado de los campesinos de los pueblos originarios construyó en milenios. La merma de este acervo genético es motivo de preocupación ya que una amplia variabilidad genética permite disponer de variantes de plantas y animales que nos permitirán enfrentar condiciones ambientales desafiantes, por ejemplo, ante las adversidades que se pronostican con el cambio climático. Nuestra búsqueda de nuevas especies potencialmente útiles nos lleva a buscar entre la biodiversidad del planeta. Esta diversidad constituye también la materia prima para que los estudiosos y los campesinos produzcan otras variedades de cultivos y razas más productivas y con mayor capacidad de adaptación. No sólo es importante conservar el número de especies sino la diversidad genética que les da vigor.

Un sistema alimentario sostenible es “aquel que garantiza la seguridad alimentaria y la nutrición de las personas de tal forma que no se pongan en riesgo las bases económicas, sociales y ambientales de la seguridad alimentaria de futuras generaciones.” Es decir, tener acceso a alimentos seguros, nutritivos y en cantidad suficiente hoy y en el futuro. El reto es enorme y requiere de muchos enfoques, uno de ellos es el usufructo y gestión de los recursos vegetales silvestres proveniente de los diversos ecosistemas.


La estrategia de un sistema alimentario que alcance la seguridad alimentaria y nutricional, con beneficios económicos y sociales, es posible a través de mejorar la producción de alimentos sanos y nutritivos para toda la población al amparo del mantenimiento del patrimonio natural y con cuidados que eviten la pérdida y desperdicio de un tercio de los alimentos producidos para consumo humano.

En México existen grandes oportunidades debido a su gran diversidad biológica y cultural, que incluye especies aprovechadas localmente. También es necesario reconstruir el vínculo entre la actividad agropecuaria y su compromiso con la construcción de la agrobiodiversidad (o diversidad de variedades agropecuarias) como un proceso biocultural necesario para el desarrollo humano en armonía con la naturaleza.

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