imagotipo

La niña que siempre quería que le dijeran cuentos…

  • José Cruz Domínguez Osorio
  • en Cultura

Elizabeth Cruz Madrid ha escrito cuentos que muchos niños han leído, también los jóvenes. Las palabras de sus historias han propiciado entre el lector un acercamiento con el escritor. Así, Elizabeth está cerca de sus lectores. Sus libros, y lo que sus páginas ofrecen habitan el imaginario del lector, quien desde ahora quiere conocer y platicar con la persona que escribió un cuento y muchas historias más. Elizabeth conversó en exclusiva para Diario de Xalapa. Tú, lector, qué le preguntarías.

 

Cuéntame, Elizabeth, en tu infancia ¿quién propiciaba te encontraras con la palabra, con historias que alguien en casa te contaba?

Soy la menor de cinco hijos (y el pilón), así que siempre me vi estimulada por mis hermanos mayores, quienes cada domingo leían la sección de “Monitos”, que aparecía en ese tiempo. Era un ritual buscarla y verla. En mi casa siempre se compraba el periódico y mi mamá lo lee a diario. También ella estaba suscrita a la revista Selecciones y de verla leer a mí se me antojaba. Fui una niña interesada en aprender a leer pronto, porque ya no quería depender de mis hermanos (para que quisieran leerme las historias), y cuando aprendí, revisaba la revista mencionada y dependiendo de los dibujos (y del número de páginas), las leía.

 

¿De aquello que te pudo haber llegado y que pudiste imaginar, qué cuentos, pasajes y personajes te acompañan hasta hoy?

Es difícil responder. Fui una gran lectora de libros de texto (tal vez eso explica por qué hoy en día me dedico también a su edición), porque mi casa estaba llena de los que dejaban mis hermanos mayores. Leía siempre los de Español y me encantaban sus lecturas, poemas, fragmentos de novelas. También amaba los libros de texto de la SEP por sus lecturas. Recuerdo las rimas, los personajes clásicos, pero no sabría decir a ciencia cierta el impacto que han tenido en mi vida. Lo cierto es que yo me recuerdo como una niña muy buena (puede ser una trampa de la memoria), que hacía mucho caso de los aprendizajes de cuentos clásicos y fábulas. Si con Pinocho aprendía que era malo mentir, no mentía; si Caperucita no debió haber hablado con extraños, yo no hablaba…

 

¿Estas situaciones influyeron para iniciar con más regularidad tu contacto con los libros?

Claro, lo que siempre me ha gustado de leer es la posibilidad de encontrarme con una historia que me conmueva y que me haga sentir, al menos por unos momentos, diferente tras la lectura. Creo que el lector que encuentra eso ya no abandonará jamás los libros, aun cuando no siempre tenga tiempo de leer.

 

¿En qué circunstancias llegaron a ti esos primeros libros, qué recuerdas, qué libros eran?

Como mencionaba, muchos eran libros de texto de mis hermanos. Pero en mi casa también había otros. Yo tenía los cuentos clásicos, y ya cuando me volví lectora más hábil, revisaba los libros que había en casa para ver si alguno me interesaba. Los leía por algo que me llamara la atención de la portada o por el título. Algunos eran libros que habían dejado leer a mis hermanos mayores en sus escuelas. Lo malo es que leí muchos sin entenderlos realmente porque estaba muy chica, como La mala hora de Gabriel García Márquez. También leí El Principito, porque tenía dibujos, pero confieso que no entendí nada. El que sí me encantó fue Colmillo blanco de Jack London. De ahí le agarré amor a las historias clásicas, ambientadas en otra época.

Otra cosa que leía mucho eran las enciclopedias. En mi casa había muchas y me encantaba hojearlas justo por su diversidad de temas. Me enteraba de muchas cosas. Y finalmente en mi tiempo se vendían muchas historietas: Archie, Memín Pinguín, El Pájaro Loco, etcétera, que me fascinaban.

 

De ese recorrido como lectora ¿qué te gusta de los libros?

Su capacidad de sorprenderme y dejar algo nuevo en mí. Como decía, me gusta conmoverme, y con ello quiero decir, tal cual, que muevan algo dentro de mí (esto también puede ocurrir con textos informativos, porque la realidad es arrasadora muchas veces).

 

Y cuéntame, ¿cómo llega a ti ese deseo de escribir, de querer ser escritora y actualmente narrar para niños y jóvenes?

Es curioso porque yo siempre me concebí lectora, y cuando era niña y leía, me sorprendía de esa capacidad de los autores de construir y describir mundos muy complejos; pensaba que yo sería incapaz de imaginar una historia así (es como si ahora me pidieran construir un edificio). De hecho me sigo sintiendo incapaz porque no soy muy detallista en mis narraciones. Soy más emotiva, y eso tiene que ver con mi descubrimiento de ser escritora: cuando iba en la secundaria fueron del INBA a dar un taller de poesía y pidieron elegir a dos chicas (era secundaria femenina) por grupo. La maestra preguntó si alguien escribía. Yo no escribía, pero como justo ese día estaba de payasa declamando unos poemas, mis compañeras, por bromear, dijeron que yo. La maestra, para probarme, me dejó llevar un poema al otro día. Cuando me vi ante este reto, me pregunté qué haría. Me encantaba leer poemas (los de los libros de texto) y muchos hasta los había memorizado, pero jamás me pensé a mí escribiendo un poema. Pero lo tenía que hacer, así que ante el reto hice lo que supuse: copiar un poco el estilo de los poemas que conocía, y hablar del amor, porque en esa edad (13 años) pensaba que estaba enamorada de un chiquillo. Lo hice basándome en mi supuesto sentimiento e intentando rimar. Mi sorpresa fue que al leerlo en clase todas quedaron conmovidas, ¡hasta la maestra! Fue curioso porque yo nunca esperé ese impacto y la verdad es que me parece que era un poema muy tonto, pero me asombró descubrir en mí esa capacidad de conmover. De ahí me gané la fama de “poeta”, y ya que tenía la fama, empecé a intentar serlo de verdad. Más tarde me sentí incapaz de hacer poesía y traté con la narración, donde me sentía más cómoda. Sin embargo, justo creo que mi narración no es tan detallista como la de escritores que admiro, pero sí tiene esas pinceladas de la poeta que intenté ser y no pude.

Y bueno, ya me alargué demasiado, pero me falta la parte de la LIJ: estaba un poco decepcionada de mí misma como escritora a los 27 años. Sentía que quería escribir, pero no encontraba el camino ni los temas. En un trabajo de entonces tuve que escribir una historia para niños, y cuando lo hice tuve una epifanía: ponerme en los zapatos de una mirada infantil me hizo descubrir una nueva yo, un nuevo mundo, y entonces me nacieron muchas ganas de contar muchas cosas y de resignificar el entorno a partir de esa mirada infantil de la que me estaba apropiando. Sentirme autora de historias para niños me trajo novedad y capacidad de nuevo. Es como cuando hablas en otra lengua y escuchas tu voz diferente y es divertido explorarse desde esa nueva tonalidad. Volví a sentirme creativa y dije “de aquí soy”.

 

¿Qué tan fácil o difícil fue para ti publicar tu primer libro? cuéntame esta experiencia.

Muy difícil (y sigue siendo). Además de que mis primeras historias no eran perfectas (y siguen sin serlo), en principio me parece que cuando no tienes un nombre es complicado que alguien te abra las puertas. Mi única oportunidad estaba en los concursos. En 2011 gané un concurso de Conafe que se llamó “Cuenta Conmigo”, después de haber perdido en muchos, y eso fue grandioso porque fue como si alguien me dijera: “no lo haces tan mal, sigue intentando”, y me envalentoné. Un reconocimiento es eso, un apoyo a la escritura, más allá de remuneraciones. El concurso conllevaba la publicación y así salió El fantasma japonés, que ahora está agotado. Luego me dieron en otro concurso mención honorífica con Kitsu y el baku; la mención no incluyó la publicación, así que me vi ante la difícil tarea de encontrar a alguien a quien le interesara, pero al menos ya pensaba: “si le dieron mención no debe estar tan mal, así que debo luchar porque lo lean”. Envié a muchas editoriales el texto, pero solo El Naranjo me respondió y, de hecho, lo publicó.

 

Tus cuentos ya ilustrados y publicados ¿te han permitido hacer un viaje de regreso a tu infancia. Qué te ha ofrecido esta oportunidad de escribir para niños?

Me ha permitido explorarme desde la infancia, de recuperarla y hasta de sanar heridas. Antes de escribir para niños era una fanática de la LIJ porque Víctor Roura, que era editor de la sección de Cultura de El Financiero, me dio la oportunidad de colaborar con él, pero me pidió encargarme de los libros para niños porque sentía que éstos no tenían un espacio de visibilidad en el periodismo. Víctor es muy listo y tenía esa mirada a futuro, porque fue así que yo comencé a buscar editoriales y, en efecto, descubrí todo un universo que desconocía yo (y muchos, por ello era y es importante destacarlo y develarlo), sobre una gran literatura. Muchos álbumes ilustrados son poesía pura. Así que me volví una seguidora de la literatura para niños. Ver mis libros publicados me da orgullo porque me hace sentir que soy parte de ese universo que admiro por su creatividad, originalidad, propuesta y amor. Y porque los libros de la LIJ permiten, como ningunos otros, sumar otras lecturas que los enriquecen, empezando por la del ilustrador.

 

¿Con qué frecuencia te encuentras con tus lectores? ¿Qué te han dicho los niños y jóvenes acerca de tus libros, de lo abordado en tus cuentos?

En la mayoría de los encuentros que he tenido, los niños apenas van a conocer mi libro (son presentaciones), así que no me han dado tantos comentarios. Pero ocasionalmente algún niño conocido, o hasta adulto, me dice que le gustó algo. Últimamente he tenido muy buenas experiencias, en ese sentido, con Adiós a los cuentos de hadas. Ya van tres jovencitas que, de manera separada, me han dicho que se han quedado leyéndolo hasta terminarlo, aunque tuvieran que desvelarse. Por otro lado, he recibido muy buenos comentarios de Entre monstruos, pero más de adultos.

 

Cuéntame ¿qué tan cerca está Kitsu de Elizabeth?

No lo había razonado profundamente, pero creo que Kitsu tiene mis inseguridades (que cuando era niña, y tenía hermanos mayores que se burlaban de mí, eran más), pero también mi capacidad al crecer de sobrellevarlas. Mi preocupación (un tanto ególatra) de creer que de mí depende que algo no vaya mal. (Que siempre debo hacer lo correcto, aunque eso quién sabe qué signifique y en ello se me vayan los nervios). Mi entendimiento de tener una mamá trabajadora, que me enorgullecía, pero a veces la podía sentir muy presionada, y me preocupaba por ella y su felicidad. Mi necesidad de comprender a un padre que estuvo presente, pero que fue en muchos sentidos ausente. Y sobre todo porque en la vida he tenido que comprender que no siempre se pueden tener respuestas. Por eso creo que varios de mis personajes han tenido que lidiar y superar que no siempre tenemos respuestas para todo, pero debemos aprender a vivir con eso.

 

¿Por qué Elizabeth le dice adiós a los cuentos de hadas?

Porque aunque me fascinaban de niña, yo, como lectora adulta noto muchas ideas machistas alrededor de ellos, que ya no ayudan a construir y evolucionar a una mujer moderna, y quería decir a las chicas adolescentes que hay más maneras de mirar al mundo. Me preocupó enterarme de que los métodos de los enganchadores de trata de personas es justo aparecer con la imagen de “príncipes azules” y que las chicas caigan porque lo siguen creyendo y ansiando; me preocupó saber de chicas que sin ser mayores de edad se casan, tienen hijos y terminan en matrimonios llenos de violencia, y algunas hasta en archivos de feminicidios, por esa falsa idea de creer que si eres infeliz en tu casa paterna, la felicidad vendrá yéndote con un muchacho y formando un nuevo “hogar”. Me preocupó que en general siguiéramos repitiendo prejuicios sobre madrastras, escuelas, transexuales, sin entender que hay personas detrás, y como tales son seres complejos. A mí Caperucita Roja me sigue pareciendo un cuento cautivador, y está bien leerlo, pero luego hay que crecer y eso significa también crecer en lecturas y entender nuevas historias y leer el mundo y la gente de muchas más formas. Y en realidad Caperucita es muy buen cuento, sin tantos estereotipos; mi comentario va más por las princesas rescatadas por príncipes de sus hogares desdichados. La realidad que deben entender las chicas es que si no toman buenas decisiones, si no se empoderan y buscan armas para sí mismas sin depender de otro, lo único que van a encontrar es otro hogar desdichado, del cual los hijos huyan.

 

Elizabeth ¿qué continúa sorprendiéndote de los libros?

Las emociones. He reflexionado mucho al respecto, y me he dado cuenta de que una historia, en el formato que sea, me gusta por las emociones, por su sensualidad (capacidad de provocar sensaciones) y por la belleza de las palabras. Me gusta que las palabras hagan magia, como pasa en las metáforas. Que algo se convierta en otra cosa.

 

 

¿Qué oportunidad te ha dado ser escritora?

De conocerme mejor a mí misma y tratar de comprender mejor a los otros. La ilusión, aunque solo sea eso, de acompañar a alguien y creer que puedo cambiar en algo a esa persona: de (con)moverla un poquito.

Te planteo un ejercicio rápido, justo en este momento. ¿Qué paisaje se asomaría al imaginarte la escritura de un nuevo cuento tuyo: “Había una vez…”?

Una niña que siempre quería que le dijeran cuentos.

josecruzdominguez@gmail.com

 

*Colaborador