/ sábado 17 de abril de 2021

Somos como drones a control remoto: Naief Yehya

El escritor Naief Yehya explora en su nuevo libro la tecnologización de cada una de las experiencias humanas

Por cada like en Facebook, cada match en Tinder, cada viaje de Uber, el ser humano se convierte en dron. Suena a locura, pero no lo es. Son ahora las máquinas las que tripulan al hombre. Basta con dar una ubicación en Waze para seguir, casi a ciegas, las instrucciones de un celular. Basta una conversación sobre sexo para que Google, en minutos, nos recomiende marcas de condones.

La dronificación del mundo ya comenzó y de eso está convencido Naief Yehya, uno de los autores que más ha escrito sobre el cyberpunk, esa ideología que hace más de 30 años habló sobre lo que ya comienza a suceder: la tecnologización de todas las experiencias humanas en una atmósfera de desigualdad social y desastres climáticos o biológicos. El cyberpunk, observa el autor, retrata ese momento en que la interacción se reduce a datos y los hombres aprenden a habitar el planeta con mentes maquinales o híbridas controladas por los grandes corporativos. 

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“¿Cuándo íbamos a imaginarnos que, en una pandemia, los únicos que iban a estar seguros en las calles serían las máquinas? En Europa, los drones dan instrucciones a la gente para que regresen a sus casas. Las aplicaciones nos dicen qué comer, con quién platicar o qué comprar. El dron, la máquina, por fin impone órdenes”, dice Yehya, quien acaba de publicar su nuevo libro, Mundo dron: Breve historia ciberpunk de las máquinas asesinas (Debate, 2021).

En este ameno y revelador ensayo, el autor habla sobre lo inquietante que puede resultar el contraste entre los avances tecnológicos del capitalismo de vigilancia y la decadencia de sociedades que viven inmersas en la desigualdad social, el cambio climático y la mercantilización de lo humano.

Todo ello lo hace a través del análisis de un dispositivo que lleva entre nosotros muchos años: el dron. Una máquina que, si bien se ha utilizado para la guerra —con consecuencias mucho más fatales, dice Yehya—, ahora tiene otros usos y resignificaciones en la vida cotidiana. 

“Lo que ahora vemos en esta pandemia son los drones humanos, hombres en motocicleta entregando comida a control remoto desde una app con inteligencia artificial que conoce a la perfección tu ubicación, tus gustos y tu cuenta bancaria. Nos dronificamos para rescatarnos a nosotros mismos porque afuera hay un virus mortal. Vaya ironía social”, reflexiona. 

Otro fenómeno que ha sucedido durante el confinamiento, a decir de Yehya, es la “zoombificación”, término relacionado con el uso constante de Zoom durante esta pandemia. Las videollamadas, dice Yehya, han marcado la pauta de una nueva forma de convivencia social, igual que en una película de ciencia ficción. Aunque nada sea gratuito, porque cuando ingresamos a Zoom o cualquier otra aplicación o servicio de Google, Apple o Microsoft, en automático regalamos información a los grandes corporativos de Silicon Valley, de acuerdo con los últimos reportes de seguridad del propio gobierno estadounidense.

“Los Uber también son una especie de drones humanos. De cierto modo, hoy todos somos drones tripulados por nuestros teléfonos celulares. Con Waze vamos a donde sea, pero bajo las órdenes de una mente maquinal que un día será capaz de algo más que guiarnos por la ciudad”, afirma el también autor de libros como Pornocultura: El espectro de la violencia sexualizada en los medios (2013) y Tecnocultura. El espacio íntimo transformado en tiempos de paz y guerra (2012).

Naief Yehya vive en Nueva York, pero recuerda con mucha claridad cuando la cultura cyberpunk y la obsesión por las teorías conspiratorias eran asuntos de unos cuantos, en una forma de vida underground cuyas publicaciones alternativas se encontraban en el tianguis de El Chopo de la Ciudad de México, uno de los mayores refugios del rock y el punk nacional.

Y es que, en un inicio, Internet fue ese refugio que vendió al hombre una de las ideas más románticas en la historia de la civilización: el libre acceso a la cultura y a la economía a través de una plataforma absolutamente democrática que le daría espacio por igual a una marca que al hijo del vecino, recuerda Yehya.

“La idea era apropiarse todo, utilizarlo todo a nuestro modo, de una manera muy punk, e ignorar a los corporativos y a las instituciones que se creían dueñas de la tecnología. Creímos que, con la llegada de Internet, la tecnología se democratizaría bajo esta noción de que todo estuviera disponible y gratuito en la red. Todo esto era muy atractivo, pero había un costo: los derechos de todos los creadores estaban siendo violados”, dice.

Luego, irrumpieron las grandes corporaciones: “En un principio, (las corporaciones) habían quedado completamente marginadas, pero poco a poco empezaron a colarse. Primero existió esta idea de que todos tendríamos las mismas oportunidades de ofrecer nuestros servicios o expresar nuestras ideas. Pero pronto nos dimos cuenta que eso era una bonita fantasía, y que tenía más oportunidades CocaCola.com que Naief Yehya.com". 

El ideal de Internet, al final, no se cumplió. "En poco tiempo las jerarquías verdaderas entraron, el Internet empezó a fluctuar, a marginar a los individuos y a privilegiar a las corporaciones hasta que éstas recuperaron el poder del cual habían sido relegadas. Y fue entonces cuando no sólo entraron las corporaciones, sino los gobiernos y las agencias de inteligencia. Pasamos de un discurso rebelde y contestatario a uno de sumisión y control”, concluye Yehya.


Por cada like en Facebook, cada match en Tinder, cada viaje de Uber, el ser humano se convierte en dron. Suena a locura, pero no lo es. Son ahora las máquinas las que tripulan al hombre. Basta con dar una ubicación en Waze para seguir, casi a ciegas, las instrucciones de un celular. Basta una conversación sobre sexo para que Google, en minutos, nos recomiende marcas de condones.

La dronificación del mundo ya comenzó y de eso está convencido Naief Yehya, uno de los autores que más ha escrito sobre el cyberpunk, esa ideología que hace más de 30 años habló sobre lo que ya comienza a suceder: la tecnologización de todas las experiencias humanas en una atmósfera de desigualdad social y desastres climáticos o biológicos. El cyberpunk, observa el autor, retrata ese momento en que la interacción se reduce a datos y los hombres aprenden a habitar el planeta con mentes maquinales o híbridas controladas por los grandes corporativos. 

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“¿Cuándo íbamos a imaginarnos que, en una pandemia, los únicos que iban a estar seguros en las calles serían las máquinas? En Europa, los drones dan instrucciones a la gente para que regresen a sus casas. Las aplicaciones nos dicen qué comer, con quién platicar o qué comprar. El dron, la máquina, por fin impone órdenes”, dice Yehya, quien acaba de publicar su nuevo libro, Mundo dron: Breve historia ciberpunk de las máquinas asesinas (Debate, 2021).

En este ameno y revelador ensayo, el autor habla sobre lo inquietante que puede resultar el contraste entre los avances tecnológicos del capitalismo de vigilancia y la decadencia de sociedades que viven inmersas en la desigualdad social, el cambio climático y la mercantilización de lo humano.

Todo ello lo hace a través del análisis de un dispositivo que lleva entre nosotros muchos años: el dron. Una máquina que, si bien se ha utilizado para la guerra —con consecuencias mucho más fatales, dice Yehya—, ahora tiene otros usos y resignificaciones en la vida cotidiana. 

“Lo que ahora vemos en esta pandemia son los drones humanos, hombres en motocicleta entregando comida a control remoto desde una app con inteligencia artificial que conoce a la perfección tu ubicación, tus gustos y tu cuenta bancaria. Nos dronificamos para rescatarnos a nosotros mismos porque afuera hay un virus mortal. Vaya ironía social”, reflexiona. 

Otro fenómeno que ha sucedido durante el confinamiento, a decir de Yehya, es la “zoombificación”, término relacionado con el uso constante de Zoom durante esta pandemia. Las videollamadas, dice Yehya, han marcado la pauta de una nueva forma de convivencia social, igual que en una película de ciencia ficción. Aunque nada sea gratuito, porque cuando ingresamos a Zoom o cualquier otra aplicación o servicio de Google, Apple o Microsoft, en automático regalamos información a los grandes corporativos de Silicon Valley, de acuerdo con los últimos reportes de seguridad del propio gobierno estadounidense.

“Los Uber también son una especie de drones humanos. De cierto modo, hoy todos somos drones tripulados por nuestros teléfonos celulares. Con Waze vamos a donde sea, pero bajo las órdenes de una mente maquinal que un día será capaz de algo más que guiarnos por la ciudad”, afirma el también autor de libros como Pornocultura: El espectro de la violencia sexualizada en los medios (2013) y Tecnocultura. El espacio íntimo transformado en tiempos de paz y guerra (2012).

Naief Yehya vive en Nueva York, pero recuerda con mucha claridad cuando la cultura cyberpunk y la obsesión por las teorías conspiratorias eran asuntos de unos cuantos, en una forma de vida underground cuyas publicaciones alternativas se encontraban en el tianguis de El Chopo de la Ciudad de México, uno de los mayores refugios del rock y el punk nacional.

Y es que, en un inicio, Internet fue ese refugio que vendió al hombre una de las ideas más románticas en la historia de la civilización: el libre acceso a la cultura y a la economía a través de una plataforma absolutamente democrática que le daría espacio por igual a una marca que al hijo del vecino, recuerda Yehya.

“La idea era apropiarse todo, utilizarlo todo a nuestro modo, de una manera muy punk, e ignorar a los corporativos y a las instituciones que se creían dueñas de la tecnología. Creímos que, con la llegada de Internet, la tecnología se democratizaría bajo esta noción de que todo estuviera disponible y gratuito en la red. Todo esto era muy atractivo, pero había un costo: los derechos de todos los creadores estaban siendo violados”, dice.

Luego, irrumpieron las grandes corporaciones: “En un principio, (las corporaciones) habían quedado completamente marginadas, pero poco a poco empezaron a colarse. Primero existió esta idea de que todos tendríamos las mismas oportunidades de ofrecer nuestros servicios o expresar nuestras ideas. Pero pronto nos dimos cuenta que eso era una bonita fantasía, y que tenía más oportunidades CocaCola.com que Naief Yehya.com". 

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