/ martes 25 de septiembre de 2018

Neblina Morada / Pensar la humanidad en el hombre

Es curioso que las grandes doctrinas religiosas, políticas y ecológicas se sustenten en un futuro no realizado, es decir, son teleológicas

Yo poseo, es la consigna. O mejor, yo me poseo. Cambiar la vida como quería Rimbaud, sería otra vez un imperativo, propugnar una nueva moral donde sólo hay vacío, una distinta sublevación de la conciencia, ahora que esta duerme en la era de la tecnología.

Uno de los problemas torales de este crepúsculo, es la violencia. Walter Benjamin escribió que “la violencia es un producto natural, por así decir, una materia prima, cuyo empleo no plantea problemas, con tal de que no se abuse poniéndola al servicio de fines injustos”. Empero, la violencia ha traspasado el mero signo de crueldad física y se ha instalado en el imaginario social como rasgo cultural. La demostración de esto es la ausencia de hilos que tejan núcleos sociales como la familia, el barrio, la tribu o la nacionalidad. Nadie se siente parte de nada, salvo de su propia circunstancia precaria. El ser colectivo es un dinosaurio petrificado en un museo. Salvo excepciones. Es curioso que las grandes doctrinas religiosas, políticas y ecológicas se sustenten en un futuro no realizado, es decir, son teleológicas. Hablamos de procesos, de pasos a construir y que siempre estarán en marcha, lo mismo la idea de progreso racionalista y tecnológico que impera.

Los frenos para esa emancipación humana de las contingencias (violencia, crisis económicas, deterioro del mundo natural) son la razón de ser de estos sistemas extendidos en el mundo y fuera de él en un futuro utópico celeste. Lo paradójico es esa industrialización que aumenta y crea mayores bienes materiales, y procrea una más acusada miseria en miles de gentes, o también, una incertidumbre ante a inseguridad laboral, social, educativa, y hasta ambiental.

El punto es que el humanismo nos hace preguntar sobre el carácter del hombre como sentido colectivo. ¿Hay, pues un sentir humanista? Las fracturas del ser y la conciencia, se asemejan a su promulgador: el vacío de sentido que conlleva el mundo efímero de los placeres y del consumo. Todo es exterior al hombre, todo lo abandona pronto. La libertad entonces está acotada por ese acondicionamiento de lo inmediato que acalla el porvenir de las ideas seculares mencionadas antes y que no sólo se fija en el individuo (catedral del mundo de hoy) sino de una totalidad: El humanismo como lo querían Sartre, Marx y el cristianismo. Curioso, la respuesta debe provenir no de ese futuro anhelado, sino de un pasado idílico en el que el hombre era parte de la tierra, y la respetaba, y se ajustaba a la comunidad con una sabiduría ancestral; ahí los zapatistas son ejemplares. Su mirada es al origen, el colectivismo es un humanismo, sabiendo que no hay sistema perfecto, sí sabemos que hay espacios más justos. Marcos escribió con su lenguaje alegórico formidable que “La distancia más larga entre dos puntos es la recta que no los une, sobre todo, si entre dos puntos hay una pared”.

bardamu64@hotmail.com

Yo poseo, es la consigna. O mejor, yo me poseo. Cambiar la vida como quería Rimbaud, sería otra vez un imperativo, propugnar una nueva moral donde sólo hay vacío, una distinta sublevación de la conciencia, ahora que esta duerme en la era de la tecnología.

Uno de los problemas torales de este crepúsculo, es la violencia. Walter Benjamin escribió que “la violencia es un producto natural, por así decir, una materia prima, cuyo empleo no plantea problemas, con tal de que no se abuse poniéndola al servicio de fines injustos”. Empero, la violencia ha traspasado el mero signo de crueldad física y se ha instalado en el imaginario social como rasgo cultural. La demostración de esto es la ausencia de hilos que tejan núcleos sociales como la familia, el barrio, la tribu o la nacionalidad. Nadie se siente parte de nada, salvo de su propia circunstancia precaria. El ser colectivo es un dinosaurio petrificado en un museo. Salvo excepciones. Es curioso que las grandes doctrinas religiosas, políticas y ecológicas se sustenten en un futuro no realizado, es decir, son teleológicas. Hablamos de procesos, de pasos a construir y que siempre estarán en marcha, lo mismo la idea de progreso racionalista y tecnológico que impera.

Los frenos para esa emancipación humana de las contingencias (violencia, crisis económicas, deterioro del mundo natural) son la razón de ser de estos sistemas extendidos en el mundo y fuera de él en un futuro utópico celeste. Lo paradójico es esa industrialización que aumenta y crea mayores bienes materiales, y procrea una más acusada miseria en miles de gentes, o también, una incertidumbre ante a inseguridad laboral, social, educativa, y hasta ambiental.

El punto es que el humanismo nos hace preguntar sobre el carácter del hombre como sentido colectivo. ¿Hay, pues un sentir humanista? Las fracturas del ser y la conciencia, se asemejan a su promulgador: el vacío de sentido que conlleva el mundo efímero de los placeres y del consumo. Todo es exterior al hombre, todo lo abandona pronto. La libertad entonces está acotada por ese acondicionamiento de lo inmediato que acalla el porvenir de las ideas seculares mencionadas antes y que no sólo se fija en el individuo (catedral del mundo de hoy) sino de una totalidad: El humanismo como lo querían Sartre, Marx y el cristianismo. Curioso, la respuesta debe provenir no de ese futuro anhelado, sino de un pasado idílico en el que el hombre era parte de la tierra, y la respetaba, y se ajustaba a la comunidad con una sabiduría ancestral; ahí los zapatistas son ejemplares. Su mirada es al origen, el colectivismo es un humanismo, sabiendo que no hay sistema perfecto, sí sabemos que hay espacios más justos. Marcos escribió con su lenguaje alegórico formidable que “La distancia más larga entre dos puntos es la recta que no los une, sobre todo, si entre dos puntos hay una pared”.

bardamu64@hotmail.com

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