/ martes 26 de febrero de 2019

Neblina morada / André Pieyre de Mandiargues, un excéntrico

El movimiento surrealista francés dejó un conglomerado de artistas de todo tipo que son legión

Algunos sólo estuvieron poco tiempo, otros lo llevaron para siempre en sus venas. La filiación fue fundamental en sus obras y a varios les hizo llegar al punto más alto de su trabajo literario. Uno de ellos es André Pieyre de Mandiargues, excéntrico debido a una obra que establece sus propios parámetros y lindes más allá de la tradición moderna.

Su obra consta de más de 50 libros –poco conocida entre los lectores en españo–, además de que en su país estaba “al margen”, como su novela sobre Barcelona. Su erotismo es un recorrido oscuro, pero que se cimenta en el lenguaje más que en los hechos. Un fraseo cuasi jazzístico como su música favorita.

Un erotómano que lo mismo escribió el prólogo de Historia de O de Pauline Reage, esposa de su amigo Jean Pahulan, que juntaba juguetes de todo el mundo para una colección erótica artística única.

Viajero incansable, visitó México y recorrió las zonas arqueológicas del país; conoció a grandes artistas, a invitación de Octavio Paz, del que fue traductor al francés.

Excéntrico en su país, lo es más en México, porque no es alguien que sobresalga con obras populares o canónicas. Como sus pares en México, Francisco Tario y Juan Vicente Melo, escogió un personal mundo lleno de símbolos y de oscuras visiones, para su obra.

Su novela La motocicleta hace un extraño juego erótico de una mujer, Rebecca con su Harley Davison, que trasciende la prosopopeya, y gesta el periplo de sutil manera con alusiones, ambigüedades, refocilaciones y sinestesias; lo mismo en aquella novela El Inglés descrito en un castillo cerrado, que recuerda a Drácula de Stocker, pero sin la bestialidad de la muta en demonio, sino en ese encierro gótico de los placeres sado, más cercano a Bataille que a Sade; o, su más popular novela, Al margen que le significó obtener el premio Goncourt, y que es un periplo por la Barcelona prostibularia, y que recuerda, por momentos, Un campesino en París de Louis Aragón.

Mi favorita es la nouvelle: La sangre del cordero, donde la ninfeta Marcelne Cain es, para mí, la perfecta Lolita, más allá de la de Nabokov. En ella se alían la inocencia y la perversidad de manera inquietante.

Hay todo un sustrato religioso, panteísta, aderezado de zoofilia, con necrofilia, en un erotismo oscuro que, por medio de un lenguaje poético y un estilo depuradísimo, hacen de este breve texto una obra maestra del erotismo. Se invierten los valores de lo perverso y lo normal; se engendra un ángel caído desde la inteligencia calculadora de una ninfeta vengadora.

Sigismond Pons es un voyeur francés en una Barcelona que registra la decadencia con asombro y se solaza en la belleza erótica móvil; Sir Horatio Mountarse es un libertino inglés que encierra en su castillo una gama de placeres para los huéspedes donde sólo cuenta el juego sexual. Y Rebecca que monta su motocicleta para ver a su amante y engañar al marido, se concentra en sí misma como un objeto sexual que se basta solo, en medio de un fetichismo autocelebratorio.

Todos sus relatos están llenos de sugerencias, de texturas, de aromas, de sonidos perturbadores. En él, la civilización deviene naturaleza y viceversa. Pero es una simbiosis fortuita.

La gesta del tempo del ocio que atrae el goce porque no hay límites, y porque es un arma para los fines, y porque es la aventura humana suelta y libre a la altura del cuerpo. O, la reflexión sorprendente como en Al margen anota: “más vale no perturbar la tranquilidad de los recuerdos desvanecidos, tan sólo capaces de generar espectros”. O, en La motocicleta “Hoja o hija, es casi la misma palabra. La hoja muerta, piensa, es dura porque es insensible.

Y hay que estar viva y ser joven para doblegarse enteramente al poder de otro. Y entonces se felicita de que haga sólo unos cuantos meses que tiene diecinueve años”. Y termino con una frase de Al margen: “reír resulta mejor que explicar cuando se tiene la certeza de ser amado”.

bardamu64@hotmail.com

Algunos sólo estuvieron poco tiempo, otros lo llevaron para siempre en sus venas. La filiación fue fundamental en sus obras y a varios les hizo llegar al punto más alto de su trabajo literario. Uno de ellos es André Pieyre de Mandiargues, excéntrico debido a una obra que establece sus propios parámetros y lindes más allá de la tradición moderna.

Su obra consta de más de 50 libros –poco conocida entre los lectores en españo–, además de que en su país estaba “al margen”, como su novela sobre Barcelona. Su erotismo es un recorrido oscuro, pero que se cimenta en el lenguaje más que en los hechos. Un fraseo cuasi jazzístico como su música favorita.

Un erotómano que lo mismo escribió el prólogo de Historia de O de Pauline Reage, esposa de su amigo Jean Pahulan, que juntaba juguetes de todo el mundo para una colección erótica artística única.

Viajero incansable, visitó México y recorrió las zonas arqueológicas del país; conoció a grandes artistas, a invitación de Octavio Paz, del que fue traductor al francés.

Excéntrico en su país, lo es más en México, porque no es alguien que sobresalga con obras populares o canónicas. Como sus pares en México, Francisco Tario y Juan Vicente Melo, escogió un personal mundo lleno de símbolos y de oscuras visiones, para su obra.

Su novela La motocicleta hace un extraño juego erótico de una mujer, Rebecca con su Harley Davison, que trasciende la prosopopeya, y gesta el periplo de sutil manera con alusiones, ambigüedades, refocilaciones y sinestesias; lo mismo en aquella novela El Inglés descrito en un castillo cerrado, que recuerda a Drácula de Stocker, pero sin la bestialidad de la muta en demonio, sino en ese encierro gótico de los placeres sado, más cercano a Bataille que a Sade; o, su más popular novela, Al margen que le significó obtener el premio Goncourt, y que es un periplo por la Barcelona prostibularia, y que recuerda, por momentos, Un campesino en París de Louis Aragón.

Mi favorita es la nouvelle: La sangre del cordero, donde la ninfeta Marcelne Cain es, para mí, la perfecta Lolita, más allá de la de Nabokov. En ella se alían la inocencia y la perversidad de manera inquietante.

Hay todo un sustrato religioso, panteísta, aderezado de zoofilia, con necrofilia, en un erotismo oscuro que, por medio de un lenguaje poético y un estilo depuradísimo, hacen de este breve texto una obra maestra del erotismo. Se invierten los valores de lo perverso y lo normal; se engendra un ángel caído desde la inteligencia calculadora de una ninfeta vengadora.

Sigismond Pons es un voyeur francés en una Barcelona que registra la decadencia con asombro y se solaza en la belleza erótica móvil; Sir Horatio Mountarse es un libertino inglés que encierra en su castillo una gama de placeres para los huéspedes donde sólo cuenta el juego sexual. Y Rebecca que monta su motocicleta para ver a su amante y engañar al marido, se concentra en sí misma como un objeto sexual que se basta solo, en medio de un fetichismo autocelebratorio.

Todos sus relatos están llenos de sugerencias, de texturas, de aromas, de sonidos perturbadores. En él, la civilización deviene naturaleza y viceversa. Pero es una simbiosis fortuita.

La gesta del tempo del ocio que atrae el goce porque no hay límites, y porque es un arma para los fines, y porque es la aventura humana suelta y libre a la altura del cuerpo. O, la reflexión sorprendente como en Al margen anota: “más vale no perturbar la tranquilidad de los recuerdos desvanecidos, tan sólo capaces de generar espectros”. O, en La motocicleta “Hoja o hija, es casi la misma palabra. La hoja muerta, piensa, es dura porque es insensible.

Y hay que estar viva y ser joven para doblegarse enteramente al poder de otro. Y entonces se felicita de que haga sólo unos cuantos meses que tiene diecinueve años”. Y termino con una frase de Al margen: “reír resulta mejor que explicar cuando se tiene la certeza de ser amado”.

bardamu64@hotmail.com

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