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Neblina morada / La novela y la tradición

  • Diario de Xalapa
  • en Cultura

 

Por Irving Ramírez*

Tradición. Una palabra que sobre todo Octavio Paz usaba para todo, y se puso de moda en la literatura mexicana, concretamente en la poesía. Todo viene de ahí, pero también habló de la ruptura, o de la tradición de la ruptura. Se refiere a que las obras nuevas deben mucho a las antiguas, que nada es netamente original, que abrevan de ellas. Las vanguardias revisaron y abdicaron de ésta. Bien. ¿Y qué pasa en la novela? Allí el énfasis es otro, no se esgrime como panacea este aserto, acaso algunos teóricos como Carlos Fuentes o Milan Kundera remite a ella, pero sobre todo por su propia experiencia personal, donde dice que todos somos herederos de Cervantes.

La novela es más maleable, incluso me atrevo a decir que muchos de los noveles novelistas no conocen la tradición. De hecho, la época clásica de la novela es el siglo XIX, donde alcanzó los niveles más altos tanto en calidad como en cantidad, y propuso un viraje del género, con autores como Flaubert, Stendhal, Dostoievski y se convirtió en el género de géneros muy cercano a la vida.

Sin embargo, dudo que los jóvenes novelistas actuales lean a los autores del XIX; es decir, se ha perdido esa tradición. Aquí toca acaso más directo la ruptura, desde Joyce, Kafka y Proust para adelante, donde se han adaptado los discursos narrativos a los nuevos tiempos. Cierto es que elementos novedosos como el lenguaje cinematográfico, las tecnologías y la forma de vida moderna influyen. Esos vaticinios de Ítalo Calvino en sus seis propuestas para el próximo milenio se han cumplido parcialmente: rapidez, visibilidad, exactitud, multiplicidad, y levedad pero no de la manera que él quisiere, sino en detrimento, muchas veces, de la novela misma.

Acaso ganó en levedad, en velocidad, en visibilidad, en multiplicidad, mas no en exactitud ni arraiga en el sentido como el cuento o el poema, y tampoco en precisión, salvo excepciones. Y esa parte de la tradición de los novelistas del XIX, donde eran grandes sociólogos, psicólogos, filósofos se ha perdido, ahora son mercadólogos, comunicólogos o pasticheros. Un novelista no ahonda en la condición humana ni revela una parte oculta del ser como quería Kundera, sino sólo narra historias entretenidas, en masa, es un cronista de los desastres del mundo.

Y si no se conoce la tradición desde Rabelais, Diderot, Sterne, menos se recupera ese espíritu abarcador, desmesurado que hasta Balzac poseía, de totalidad. Hacer una obra que sea un mural no un retrato; que sea una tesis, no un comentario; que sea ambiciosa no condescendiente con el lector. La Guerra y la Paz, Bouvard y Pecuchet, y Jackes el fatalista, serían imposibles hoy. La novela actual compite con la serie televisiva, con el videojuego. Por ellos Murakami es el novelista más popular en el mundo, uno que sólo recicla mitos y toca la superficie, sin hallazgos propios. Tal vez estamos ante otra de sus máscaras, y es su nueva realidad para no morir. Como vaticinaron Valery o los surrealistas y Blanchot: su extinción como género; y se niega a morir transformándose.

Pero la naturaleza de la novela, desde Cervantes es la épica, incluso de los avatares y el phatos humano, es profunda, como una forma de develar sentidos, hasta profética, pienso en Orwell, Huxley y Kafka y Jünger como paradigmas notables. No en balde una novela escrita por un poeta que la odiaba es analizada por dos de las mentes más lúcidas del siglo XX, Blanchot y Walter Benjamin, me refiero a Nadja de Breton. Lo es porque funde la vida y la obra, trasciende lo literario, es hasta mallarmeana por ventura del azar compositivo y vital, pero si la casualidad rige el periplo del género, se estrella con ese control de la novela actual donde todo es prefabricado, calculado, controlado, planeado, porque la realidad y sus urgencias rigen su rumbo, es decir: el mercado. Otra vez la historia y a su vez el tiempo la definen, pero a diferencia del XIX, ahora es un esbozo, no un cuadro; un brinco, no un recorrido, y se gesta y se pierde en la inmediatez. Las tramas desprovistas de la apuesta por el lenguaje, escasas de búsquedas, y de ese terremoto al que apelaba Kafka en todo libro que debía sacudirte para que contara, porque ahora lo que impele es el marketing, la difusión masiva, los lectores “hembras” de los que hablaba Cortázar, la ira desechable, la ansiedad falsaria: no una intención por transformar la realidad, sino sólo rozarla, tal es la teleología de la novela actual, y hasta en extensión, no se publican más novelas de 400 páginas. La huella de la novela, me parece, pertenece aún a aquellos que yendo a contracorriente, aún encallan en la tradición; y son los menos.

bardamu64hotmail.com

*Colaborador