/ martes 6 de agosto de 2019

Neblina morada  / Los lunáticos enamorados o del enigma y la fábula

Cuentan que en su celda besaba sus zapatos, su catre, sus barrotes, sus paredes de barro.

Cuando la barbarie y el horror reinan en la Patria, como una reminiscencia de Conrad y su Corazón de las tinieblas, quedan los anhelos de trascendencia. Los locos, esos de los que Roque Dalton dice que “no nos vienen bien los nombres y hasta la alegría se nos llena de lágrimas”, o Piantados o Cronopios, como dice Cortázar, se rebelan con sus actos irracionales y poéticos.

El amor, entonces, es imperativo. Ellos (los neoliberales) apelan a una distancia entre la realidad y el deseo donde ésta se suprime. Generalmente, la conducta atípica genera suspicacias, un loco enamorado puede ser objeto de sorna; amar a una estatua, a un maniquí, al mar, o besar todo, son conductas que la canción recobra para enaltecer el espíritu romántico, en el más pleno sentido.

Amar más allá de la cordura es desorganizar el mundo organizado; así, poetas como Silvio Rodríguez, Joan Manuel Serrat, Ana Belén, y Fher, el de Maná, postulan una serie de historias que rebasan el orden: el amor es subversivo, el amor loco del que hablan los surrealistas, el amor que sólo se sirve a sí mismo y que se vuelca; el imperecedero fuego que todo lo consume.

Por ejemplo, Ana Belén habla del loco vestido de payaso que llega hasta la estatua de Las Cibeles y saca a bailar a la estatua un vals, con su espada de madera, le da un anillo, y lo encierran en el manicomio, como encerrarán al de cartón piedra, y querrán hacerlo con la loca del muelle de San Blas. Foucault tendría mucho qué decir de esto: el amor debe ser institucional, aceptado, único y bendecido, si no será proscrito y negado.

Estas canciones bellísimas dan cuenta de esta condición, esos locos son los paladines de lo irracional y recordemos que “Los sueños de la razón engendran monstruos”. El espíritu libera al hombre; el amor real siempre es subversivo.

“Se escapó de Campozuelos con su capirote de papel. A su estatua preferida un anillo de pedida le robó en El Corte Inglés. Con él en el dedo al día siguiente vi a la novia del agente que lo vino a detener. Cayó como un pájaro del árbol cuando sus labios de mármol le obligaron a soltar. Quedó, un taxista que pasaba, mudo al ver cómo empezaba la Cibeles a llorar y chocó contra el Banco Central”, dice la canción de Belén.

O aquél que se roba el maniquí a la que mira interminablemente tras el aparador en la canción de Serrat, rompe el cristal y la hurta como el rapto de las Sibilas, y ella le pedía que la liberara de esa prisión de oropel: “Y yo le hablaba de nuestro futuro, y ella lloraba en silencio... os lo juro. Y entre cuatro paredes y un techo, se reventó contra su pecho, pena tras pena.

Tuve entre mis manos el universo, e hicimos del pasado un verso, perdido dentro de un poema. Y entonces llegaron ellos. Me sacaron a empujones de mi casa y me encerraron entre estas cuatro paredes blancas, donde vienen a verme mis amigos, de mes en mes…”

Siempre el amor perseguido y encerrado por los mastines de la razón, acotarlo con el encierro con la amenaza, catalogado de insania parece ser la regla. Todo lo que no es correcto, arropado por las leyes absurdas de la sociedad. Digamos que hay una persecución contra la alteridad. En estos tiempos de desprecio por la vida humana, estos seres son un salvoconducto para la esperanza.

El amor transforma. Son tan hermosas estas canciones que es difícil decidirse por una de ellas, llenas de sensibilidad. Algunas de casos reales como El muelle de San Blas, que Fher de Maná recogió en Puerto Vallarta, donde una viejita le pidió dinero vestida de novia, diciéndole que esperaba a su amor, y vivía en la escollera. Le decían la loca de San Blas. Canción maravillosa. Lo curioso es que estos personajes trágicos, o quedan solos, locos, o mueren.

“Ella despidió a su amor. Él partió en un barco en el muelle de San Blas, él juró que volvería y empapada en llanto ella juró que esperaría, miles de lunas pasaron, y siempre ella estaba en el muelle, esperando, Muchas tardes se anidaron, se anidaron en su pelo, y en sus labios, Llevaba el mismo vestido, y por si él volviera no se fuera a equivocar, los cangrejos le mordían, su ropaje, su tristeza y su ilusión y el tiempo se escurrió, y sus ojos se le llenaron de amaneceres, y del mar se enamoró, y su cuerpo se enraizó en el muelle. Sola, sola en el olvido; sola, sola con su espíritu; sola, sola con su amor”.

Jamás el amor será conservador. Es un absoluto o no será, como ese ser que besaba todo, parece un sucedáneo de Bartleby, que besaba objetos y personas y lo encerraron hasta que muere y sigue desde la tierra besando; es espléndida esa canción, El hombre extraño, de Silvio Rodríguez. Si hoy día los serial killers son héroes para muchos, estos extraños enamorados son el recurso de la vida defendiéndose contra la muerte.

La purificación de los que se entregan a su pasión sin reparos de nada, y con ello limpiando el mundo, dando un dejo de esperanza. Dice Silvio: “Besaba a las personas al perro, al mobiliario, y mordía dulcemente, la ventana de un cuarto. Cuando salía a la calle, le iba besando al barrio, las esquinas, aceras, portales y mercados, y en las noches de cine, (también las de teatro) besaba su butaca y las de sus costados.

Por éstas y otras muchas, los cuerdos lo llevaron, donde nadie lo viera, donde no recordarlo. Cuentan que en su celda besaba sus zapatos, su catre, sus barrotes, sus paredes de barro. Un día sin aviso, murió aquel hombre extraño, y muy naturalmente, en tierra lo sembraron. En ese mismo instante, desde el cielo, los pájaros descubrieron que al mundo le habían nacido labios”.

Lo extraño es que en todos los casos hay una intolerancia de la sociedad hacia éstos, y ellos se empecinan en su furor. Esta añeja lucha de la realidad contra el deseo es la historia de la humanidad. Tiene que ver con dos ideas del mundo y con algo tan simple como el espíritu del hombre, lleno de fe y de magia, siempre listo para luchar por absolutos y causas perdidas.

bardamu64@hotmail.com

Cuando la barbarie y el horror reinan en la Patria, como una reminiscencia de Conrad y su Corazón de las tinieblas, quedan los anhelos de trascendencia. Los locos, esos de los que Roque Dalton dice que “no nos vienen bien los nombres y hasta la alegría se nos llena de lágrimas”, o Piantados o Cronopios, como dice Cortázar, se rebelan con sus actos irracionales y poéticos.

El amor, entonces, es imperativo. Ellos (los neoliberales) apelan a una distancia entre la realidad y el deseo donde ésta se suprime. Generalmente, la conducta atípica genera suspicacias, un loco enamorado puede ser objeto de sorna; amar a una estatua, a un maniquí, al mar, o besar todo, son conductas que la canción recobra para enaltecer el espíritu romántico, en el más pleno sentido.

Amar más allá de la cordura es desorganizar el mundo organizado; así, poetas como Silvio Rodríguez, Joan Manuel Serrat, Ana Belén, y Fher, el de Maná, postulan una serie de historias que rebasan el orden: el amor es subversivo, el amor loco del que hablan los surrealistas, el amor que sólo se sirve a sí mismo y que se vuelca; el imperecedero fuego que todo lo consume.

Por ejemplo, Ana Belén habla del loco vestido de payaso que llega hasta la estatua de Las Cibeles y saca a bailar a la estatua un vals, con su espada de madera, le da un anillo, y lo encierran en el manicomio, como encerrarán al de cartón piedra, y querrán hacerlo con la loca del muelle de San Blas. Foucault tendría mucho qué decir de esto: el amor debe ser institucional, aceptado, único y bendecido, si no será proscrito y negado.

Estas canciones bellísimas dan cuenta de esta condición, esos locos son los paladines de lo irracional y recordemos que “Los sueños de la razón engendran monstruos”. El espíritu libera al hombre; el amor real siempre es subversivo.

“Se escapó de Campozuelos con su capirote de papel. A su estatua preferida un anillo de pedida le robó en El Corte Inglés. Con él en el dedo al día siguiente vi a la novia del agente que lo vino a detener. Cayó como un pájaro del árbol cuando sus labios de mármol le obligaron a soltar. Quedó, un taxista que pasaba, mudo al ver cómo empezaba la Cibeles a llorar y chocó contra el Banco Central”, dice la canción de Belén.

O aquél que se roba el maniquí a la que mira interminablemente tras el aparador en la canción de Serrat, rompe el cristal y la hurta como el rapto de las Sibilas, y ella le pedía que la liberara de esa prisión de oropel: “Y yo le hablaba de nuestro futuro, y ella lloraba en silencio... os lo juro. Y entre cuatro paredes y un techo, se reventó contra su pecho, pena tras pena.

Tuve entre mis manos el universo, e hicimos del pasado un verso, perdido dentro de un poema. Y entonces llegaron ellos. Me sacaron a empujones de mi casa y me encerraron entre estas cuatro paredes blancas, donde vienen a verme mis amigos, de mes en mes…”

Siempre el amor perseguido y encerrado por los mastines de la razón, acotarlo con el encierro con la amenaza, catalogado de insania parece ser la regla. Todo lo que no es correcto, arropado por las leyes absurdas de la sociedad. Digamos que hay una persecución contra la alteridad. En estos tiempos de desprecio por la vida humana, estos seres son un salvoconducto para la esperanza.

El amor transforma. Son tan hermosas estas canciones que es difícil decidirse por una de ellas, llenas de sensibilidad. Algunas de casos reales como El muelle de San Blas, que Fher de Maná recogió en Puerto Vallarta, donde una viejita le pidió dinero vestida de novia, diciéndole que esperaba a su amor, y vivía en la escollera. Le decían la loca de San Blas. Canción maravillosa. Lo curioso es que estos personajes trágicos, o quedan solos, locos, o mueren.

“Ella despidió a su amor. Él partió en un barco en el muelle de San Blas, él juró que volvería y empapada en llanto ella juró que esperaría, miles de lunas pasaron, y siempre ella estaba en el muelle, esperando, Muchas tardes se anidaron, se anidaron en su pelo, y en sus labios, Llevaba el mismo vestido, y por si él volviera no se fuera a equivocar, los cangrejos le mordían, su ropaje, su tristeza y su ilusión y el tiempo se escurrió, y sus ojos se le llenaron de amaneceres, y del mar se enamoró, y su cuerpo se enraizó en el muelle. Sola, sola en el olvido; sola, sola con su espíritu; sola, sola con su amor”.

Jamás el amor será conservador. Es un absoluto o no será, como ese ser que besaba todo, parece un sucedáneo de Bartleby, que besaba objetos y personas y lo encerraron hasta que muere y sigue desde la tierra besando; es espléndida esa canción, El hombre extraño, de Silvio Rodríguez. Si hoy día los serial killers son héroes para muchos, estos extraños enamorados son el recurso de la vida defendiéndose contra la muerte.

La purificación de los que se entregan a su pasión sin reparos de nada, y con ello limpiando el mundo, dando un dejo de esperanza. Dice Silvio: “Besaba a las personas al perro, al mobiliario, y mordía dulcemente, la ventana de un cuarto. Cuando salía a la calle, le iba besando al barrio, las esquinas, aceras, portales y mercados, y en las noches de cine, (también las de teatro) besaba su butaca y las de sus costados.

Por éstas y otras muchas, los cuerdos lo llevaron, donde nadie lo viera, donde no recordarlo. Cuentan que en su celda besaba sus zapatos, su catre, sus barrotes, sus paredes de barro. Un día sin aviso, murió aquel hombre extraño, y muy naturalmente, en tierra lo sembraron. En ese mismo instante, desde el cielo, los pájaros descubrieron que al mundo le habían nacido labios”.

Lo extraño es que en todos los casos hay una intolerancia de la sociedad hacia éstos, y ellos se empecinan en su furor. Esta añeja lucha de la realidad contra el deseo es la historia de la humanidad. Tiene que ver con dos ideas del mundo y con algo tan simple como el espíritu del hombre, lleno de fe y de magia, siempre listo para luchar por absolutos y causas perdidas.

bardamu64@hotmail.com

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