/ martes 13 de agosto de 2019

Neblina morada / Mi encuentro con el escritor Joseph Roth

La mitomanía del austriaco era una suerte de escritura de la realidad

Un huésped de esta tierra, así se autodefinía el novelista austriaco Joseph Roth para remarcar esa extranjería que, producto de una vocación por el desarraigo, lo signó para siempre. Contemporáneo de Kraus, Musil, Broch, Kafka, y los hacedores de una de las más intensas y ricas generaciones culturales de la modernidad, Roth cultivó una leyenda no sólo debido a su obra, sino a la fascinante personalidad que marcó a quienes lo conocieron. La biografía de Geza Von Cziffra, El santo bebedor (Ed. Acantilado), siguiendo el título de la última novela del escritor nacido en Brody en la Galicia austriaca, le hace justicia.

Aquí vemos la capacidad camaleónica del novelista para desdoblarse y transformarse en otros; su mitomanía, que era una suerte de escritura de la realidad y a la que no pocos se acostumbraron.

Soy un fervoroso admirador de la literatura austriaca. He seguido a Thomas Berhand, a Heimito von Doderer, a Lernett Holeyna, a Von Horvat, a la misma Jelinek. Pero nunca he hallado a un narrador con esa vocación innata para contar historias como él. Se distancia de Broch y Musil, porque no quiere hacer filosofía; tampoco comulga con una postura intelectual. Apenas leía, según el retrato de Cziffra. Y sin embargo, sus novelas, nouvelles y su prosa periodística están llenos de vida. Pocos como él supieron capturar el espíritu de la época, la naturaleza compleja del imperio hasbúrgico al que reverenció hasta el final, luchando por restituirlo ante el avance de Hitler.

Roth, un judío que abrazó el catolicismo, que visitó a la URSS para constatar el socialismo in situ, que en Berlín participaba en una tertulia con los escritores Egon Erwin Kish, y otros. El periodista que recorría Europa viviendo en hoteles sin tener una residencia fija, que pernoctaba en cafés de Viena, París o Berlín, donde siempre tenía un séquito de oyentes. Y el esposo devoto de Friedl Reichler, bellísima mujer, a la única que amó y quien enloqueció y terminó en un manicomio para al final ser exterminada por los nazis; el inmenso conversador que concebía sus novelas en medio de la algazaras dulces de los cafés y de las discusiones de sus amigos sin que esto le perturbara.

Roth, el autor de una cantidad considerable de libros donde el milagro, el azar, la fe imperial, la redención, son los lindes mayores.

Recuerdo cómo lo descubrí. Cierta vez, en un librería de viejo, hallé un ejemplar de Tarabas, un huésped de esta tierra, lo compré y leí de un tirón. Es una novela de estirpe gogoliana que recuerda a Taras Bulba, sin embargo con el sello de Roth, espléndida. Luego, durante años he hurgado en librerías para agotar su obra. Así escribí hace años, en mi libro de ensayos La nave de los sigilos (Ayuntamiento de Torreón, 2002), un texto crítico sobre el austriaco intitulado “Joseph Roth entre el destino y la divinidad”. Abordo algunas de sus novelas a las que analizo.

El fervor por Roth no ha menguado. Poseo sus libros. Hace poco escribí sobre la figura del genio, el artista y el artesano. Roth entraría en la clasificación del genio; escribía con gran facilidad, parecía que le dictaran y lo hacía en cualquier situación y lugar, preferentemente en los cafés y con gente en su mesa. Tenía una capacidad para urdir tramas, que todos reconocían por su sencillez y por su intensidad, características.

Roth vivía sus ficciones, y tenía con Balzac más de una similitud; por ejemplo, la urgencia perpetua de dinero, la sociabilidad sin límites, el genio del demiurgo, y la confusión entre realidad y fantasía, propia de los espíritus románticos.

Enriquecía así la realidad dándole un carácter mítico o poético. No podía asirse a una verdad como tampoco a un hogar, parecía vivir en el aire en todos los sentidos, solo así podía crear en medio de las luces de la imaginación volátil. Roth era, en el fondo, un místico, pero también un conservador. A pesar de que transitó del socialismo a la monarquía, siempre representó al ser que incuba un ansia de pasado, que se resiste a los cambios. Supo vislumbrar en Un Mundo feliz de Huxley, ese arrinconamiento del progreso, de la mano de la técnica y la ciencia, hacia la autodestrucción futura. Decía que era un mundo sin Dios, y que por ello estaba perdido.

Era generoso, era un clochard, era impredecible, y por ello podía asumir la identidad, como un Proteo azaroso, de quien quisiera, incluso de sus propios personajes literarios. Obsesionado con la mácula militar, no escatimaba elogios para la estirpe de los Habsburgo, y tomaba su defensa en cualquier tertulia de café. Creía que la saga del linaje era un don divino, y se sentía un súbdito predestinado a la restauración imperial.

No se estaba quieto. No pertenecía del todo a este mundo, como pedía que le pusiesen en su tumba, pero a diferencia de Kafka, su extranjería metafísica no lo agobiaba. Era un ser melancólico que se reía de su condición. Probablemente el problema judío no era para él una carga, puesto que más que una filiación política religiosa o de raza, lo suyo era la certeza de una pertenencia al imperio perdido. Se sentía un predestinado.

“Existen las señales y los milagros”, solía decir. Y tenía una fe inmóvil en su destino póstumo, tanto que no le preocupaba echar raíces, ni sujetarse a nada terrenal duradero. Roth, el profeta de su propia desgracia, concibió la nouvelle del santo bebedor como una posdata a su agitada lucha, sin sobresaltos ni patetismos. Hablamos del hijo más puro de una época y un Estado que produjo a un Hitler y a un Roth al mismo tiempo. La fraternal aventura del hombre, y su condición más vergonzosa. Salve al gran Kaiser Sepp (su alter ego) el más grande entre los grandes de los narradores austriacos.

bardamu64@hotmail.com

Un huésped de esta tierra, así se autodefinía el novelista austriaco Joseph Roth para remarcar esa extranjería que, producto de una vocación por el desarraigo, lo signó para siempre. Contemporáneo de Kraus, Musil, Broch, Kafka, y los hacedores de una de las más intensas y ricas generaciones culturales de la modernidad, Roth cultivó una leyenda no sólo debido a su obra, sino a la fascinante personalidad que marcó a quienes lo conocieron. La biografía de Geza Von Cziffra, El santo bebedor (Ed. Acantilado), siguiendo el título de la última novela del escritor nacido en Brody en la Galicia austriaca, le hace justicia.

Aquí vemos la capacidad camaleónica del novelista para desdoblarse y transformarse en otros; su mitomanía, que era una suerte de escritura de la realidad y a la que no pocos se acostumbraron.

Soy un fervoroso admirador de la literatura austriaca. He seguido a Thomas Berhand, a Heimito von Doderer, a Lernett Holeyna, a Von Horvat, a la misma Jelinek. Pero nunca he hallado a un narrador con esa vocación innata para contar historias como él. Se distancia de Broch y Musil, porque no quiere hacer filosofía; tampoco comulga con una postura intelectual. Apenas leía, según el retrato de Cziffra. Y sin embargo, sus novelas, nouvelles y su prosa periodística están llenos de vida. Pocos como él supieron capturar el espíritu de la época, la naturaleza compleja del imperio hasbúrgico al que reverenció hasta el final, luchando por restituirlo ante el avance de Hitler.

Roth, un judío que abrazó el catolicismo, que visitó a la URSS para constatar el socialismo in situ, que en Berlín participaba en una tertulia con los escritores Egon Erwin Kish, y otros. El periodista que recorría Europa viviendo en hoteles sin tener una residencia fija, que pernoctaba en cafés de Viena, París o Berlín, donde siempre tenía un séquito de oyentes. Y el esposo devoto de Friedl Reichler, bellísima mujer, a la única que amó y quien enloqueció y terminó en un manicomio para al final ser exterminada por los nazis; el inmenso conversador que concebía sus novelas en medio de la algazaras dulces de los cafés y de las discusiones de sus amigos sin que esto le perturbara.

Roth, el autor de una cantidad considerable de libros donde el milagro, el azar, la fe imperial, la redención, son los lindes mayores.

Recuerdo cómo lo descubrí. Cierta vez, en un librería de viejo, hallé un ejemplar de Tarabas, un huésped de esta tierra, lo compré y leí de un tirón. Es una novela de estirpe gogoliana que recuerda a Taras Bulba, sin embargo con el sello de Roth, espléndida. Luego, durante años he hurgado en librerías para agotar su obra. Así escribí hace años, en mi libro de ensayos La nave de los sigilos (Ayuntamiento de Torreón, 2002), un texto crítico sobre el austriaco intitulado “Joseph Roth entre el destino y la divinidad”. Abordo algunas de sus novelas a las que analizo.

El fervor por Roth no ha menguado. Poseo sus libros. Hace poco escribí sobre la figura del genio, el artista y el artesano. Roth entraría en la clasificación del genio; escribía con gran facilidad, parecía que le dictaran y lo hacía en cualquier situación y lugar, preferentemente en los cafés y con gente en su mesa. Tenía una capacidad para urdir tramas, que todos reconocían por su sencillez y por su intensidad, características.

Roth vivía sus ficciones, y tenía con Balzac más de una similitud; por ejemplo, la urgencia perpetua de dinero, la sociabilidad sin límites, el genio del demiurgo, y la confusión entre realidad y fantasía, propia de los espíritus románticos.

Enriquecía así la realidad dándole un carácter mítico o poético. No podía asirse a una verdad como tampoco a un hogar, parecía vivir en el aire en todos los sentidos, solo así podía crear en medio de las luces de la imaginación volátil. Roth era, en el fondo, un místico, pero también un conservador. A pesar de que transitó del socialismo a la monarquía, siempre representó al ser que incuba un ansia de pasado, que se resiste a los cambios. Supo vislumbrar en Un Mundo feliz de Huxley, ese arrinconamiento del progreso, de la mano de la técnica y la ciencia, hacia la autodestrucción futura. Decía que era un mundo sin Dios, y que por ello estaba perdido.

Era generoso, era un clochard, era impredecible, y por ello podía asumir la identidad, como un Proteo azaroso, de quien quisiera, incluso de sus propios personajes literarios. Obsesionado con la mácula militar, no escatimaba elogios para la estirpe de los Habsburgo, y tomaba su defensa en cualquier tertulia de café. Creía que la saga del linaje era un don divino, y se sentía un súbdito predestinado a la restauración imperial.

No se estaba quieto. No pertenecía del todo a este mundo, como pedía que le pusiesen en su tumba, pero a diferencia de Kafka, su extranjería metafísica no lo agobiaba. Era un ser melancólico que se reía de su condición. Probablemente el problema judío no era para él una carga, puesto que más que una filiación política religiosa o de raza, lo suyo era la certeza de una pertenencia al imperio perdido. Se sentía un predestinado.

“Existen las señales y los milagros”, solía decir. Y tenía una fe inmóvil en su destino póstumo, tanto que no le preocupaba echar raíces, ni sujetarse a nada terrenal duradero. Roth, el profeta de su propia desgracia, concibió la nouvelle del santo bebedor como una posdata a su agitada lucha, sin sobresaltos ni patetismos. Hablamos del hijo más puro de una época y un Estado que produjo a un Hitler y a un Roth al mismo tiempo. La fraternal aventura del hombre, y su condición más vergonzosa. Salve al gran Kaiser Sepp (su alter ego) el más grande entre los grandes de los narradores austriacos.

bardamu64@hotmail.com

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