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Neblina morada|La poesía del enfant terrible

  • Irving Ramírez
  • en Cultura

Es el siglo XXI, y el mundo ha mutado su fisonomía. Hoy estamos dominados por la tecnología y las redes sociales. Hasta se gobierna con el twiter y se gesta toda una cultura que réplica en el inconsciente colectivo, o en las costumbres cotidianas. El arte no es ajeno, tampoco, al espectáculo.

La poesía por ejemplo, que era un oficio solitario, se ha hecho un lugar en este ámbito para bien o para mal. Ahora hay grupos en redes que publican y se relacionan para privilegiarla. Poemas notables, aceptables, y muchos, prescindibles. No hay freno. Se dice que es el mundo de poetas sin lecturas, sin formación. También se tatúan versos en la piel. O se usan los muros para seguir esta misma ruta espontánea, donde escasamente se halla poesía de verdad.

Se esgrimen lugares comunes, un lirismo rampante, una hueca retórica, o prosa disfrazada de poesía, tal vez por el apotegma de Eliot que hay poesía para ser cantada y otra para ser dicha. Se gana en ese hilo cosmopolita con naciones que comparten sus textos, se leen, se publican, se amplían. Cada vez son más los que escriben, pero esa profusidad acalla la diferencia, inhibe la singularidad.

Está bien para la poesía que se le siga, ¿pero, hay ahí poesía realmente? Muchas veces son desahogos sentimentales, imitaciones. Otra cuestión es la referencialidad, la nueva poesía con la mentada intertextualidad, recicla el trabajo de otros, un pastiche ecléctico y heterócito. Sólo algunos sobresalen. Esto es un panorama nuevo ante la retirada de las editoriales para publicar poesía, y el abandono de los lectores contumaces, o el aprendizaje de la métrica y la rima y las formas clásicas a las que ven obsoletas. Y, sobre todo, la apuesta por el lenguaje que es materia prima, cuyos trigos, pocos cultivan. Hay nuevos intentos que no son más que continuaciones de otros viejos como el experimentalismo estadounidense  de  Kenneth Goldsmith, o en México casos extremos como el escritor que concursó para una época con emojis, así como performance, y slam poéticos, todo eso que ha diversificado el acto poético (ese encuentro del lector con los versos).

De todos modos, es muy difícil dar un diagnóstico de la poesía mexicana actual, o los novísimos, los jóvenes están apenas mostrándose, y las tendencias de los que vislumbran una carrera apenas se ven. Más allá de los ruidos de las redes sociales, los blogs, o las revistas electrónicas.

En este panorama, los poetas tradicionales, que han construido una obra a través de los años en México, que son de varias generaciones, prosiguen su trabajo con sus hallazgos y medios,  cada libro confirma o refuta su calidad. Algunos se superan a sí mismos, otros permanecen en su cueva. Construir una obra por medio de una voz reconocible no es sencillo. Uno lee los libros de López Velarde, Villaurrutia, Pellicer, José Carlos Becerra, y espera esos libros esenciales que son parte ya de una historia y de una cultura en nuestro idioma de altos vuelos. Los otros, sus continuadores, realizan para los lectores encuentros amigables: esa generación de los nacidos en los 50 de por sí notable: JL Rivas, Alberto Blanco, Efraín Bartolomé, Ricardo Castillo, Elsa Cross, Coral Bracho, etcétera.

Las generaciones que cierran el siglo XX, la de los 60 y 70, sortean con una nueva realidad su quehacer. Son los herederos del cambio de paradigma, de la crisis civilizatoria mundial, de la erosión del tejido social en México. Se quedan con la idea de la lucha y la crítica constante en su vida cotidiana, que sostiene una relación especular con su poesía. Malva Flores, Galápagos; María Baranda, un Hervidero de pájaros marinos; María Rivera, Hay Batallas; Luis Vicente de Aguinaga, Si la tierra guardara la forma de los cuerpos; Elsa Cross, Insomnio; Francisco Segovia, El aire habitado; Fabio Morabito, Alguien de lava; José Luis Rivas, o; por ejemplo, son libros que hablan de un sentido proteico, y son poetas que optan por varios territorios poéticos: desde la búsqueda del origen de la vida, hasta la vindicación de una naturaleza atacada por el ser humano, o la experiencia personal en etapas de juventud, y en tiempos actuales, sin eludir la reflexión sobre la violencia cotidiana y el horror.

La poesía entonces en México, subsiste de varias maneras: una es la construcción de un discurso de años, y otra de la inmediatez y la ponderación de la inspiración como algo sencillo y obligatorio.

Varios poetas valiosos han muerto acuciados por la edad y las enfermedades: Rubén Bonifaz Nuño, Hugo Gutiérrez Vega, José Emilio Pacheco, entré otros muchos. La poesía se ha vuelto endogámica, y ciertamente, se ha polarizado; por un lado hay una tendencia a la crítica y la insurgencia verbales, por otro, los asimilados al status quo que son reconocidos por las instancias culturales y promovidas.

La calidad permea en unos y otros y, en medio, hay un amplio espectro de versificadores que se parecen y que pasan de libro en libro con su conocimiento de la poesía universal, y sus formas, pero sin tener mucho qué decir, sin la vitalidad intrínseca, sin el terremoto interno que la provoque. Otros ajustan sus poéticas a lo cotidiano, a lo nimio, a lo natural de todos los días con una sincera ceremonia como Fabio Morabito, Antonio del Toro, y Eduardo Hurtado.

Los libros recientes de Malva Flores, de Vicente de Aguinaga y del mismo Morabito, así lo demuestran, o Río de José Luis Rivas que prosigue su inmersión en el terruño huasteco, y en las aguas de la infancia, ahora con ese erotismo celebratorio a la manera de Perse o Lezama, pero con la desfachatez de la confesión. Un enorme libro en versículo largo, que continúa la línea de Tierra nativa.

Otros experimentaron como Ricardo Castillo que hasta un juego esotérico planteó. Estos poetas dan visos de salud a la poesía mexicana si se puede mencionar así. En suma: en el México actual por un lado hay una cauda de espontáneos en redes sociales, y la necesidad de expresarse en vivo, con la idea de que es poesía –ese trabajo que en algunos sí lo es–, y la continuidad de los que han dedicado su vida a trabajar con su materia poética, preparándose, revisándose, conociendo todos los poetas posibles en el mundo, cada uno en su estilo. Lo paradójico es que se publica menos poesía, se vende menos en las librerías y se lee menos que antaño.

El premio Nobel a Bob Dylan para muchos fue la estocada a una manera de ver la poesía, y el empujón a ese mundo que los surrealistas vaticinaron: que la poesía en el futuro seria hecha por todos, y en ese todos caben advenedizos, neófitos, malos poetas, y uno que otro notable.

¿Para qué se escribe? (Acaso sería una respuesta íntima, como la cinta de Paterson de Jarmuch, donde es una necesidad vital, lejos del marketing) Sería la pregunta obligada. Aquí, se refleja una realidad opresiva que hace necesaria esta expresión también, a pesar de ser acusados de panfletarios, y de politizar el arte, o la otra de esgrimir el rayo apocalíptico y la criba de los declives civilizatorios en todos los órdenes, esta era epilógica, y aun posmoderna, que por fuerza, halla en el vacío y el sinsentido, su expresión.

(Texto leído en la mesa redonda, La poesía mexicana actual en la Feria de Poesía Manuel Maples Arce).

 

bardamu64@hotmail.com

 

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