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Neblina morada|Prolegómenos para recapitular el milenio

  • Irving Ramírez
  • en Cultura

Uno no se pertenece. Llega a lo que es de acuerdo con la elección de una vida que se  le escapa. A veces el territorio, a veces la cultura y otras el hallazgo de personas son definitivos para fincar territorio. Somos más complicados que los gatos y más desubicados que un loro. Nuestro afán de morada consta de algunos instantes significativos, de la costumbre y la pereza. Pero hay motivos suficientes para sentirnos conectados a un tiempo que nunca pasa; que nunca nos deja.

Un lapso bergsoniano o proustiano donde detenerse ante la avasallante e inmisericorde vorágine maldita del presente. Así, mi generación optó por la inconsciencia lúdica, por el afán persecutorio de esos lapsos valiosos y únicos. En los setenta y ochenta, no sólo el compromiso con la cultura era un estandarte, sino con la misma identidad que se sublevaba a modas y a engaños efímeros. Bastaba con dejarse llevar por las búsquedas a nivel global en medio de un mundo aún esperanzado para desarrollar un viático propio.

Si según Sarte, cada cual se elige a sí mismo, nosotros decidimos ese tránsito en ese fin de milenio que amenazaba con sus cambios con desintegrarse de tan nuevo.

Éramos los heraldos del pos: posestructuralismo, posmarxismo, poshippismo, posecologismo, posvanguardia y veíamos cómo nuestras expectativas surgían de un afán abarcador, de un destino introspectivo vital. Xalapa era otra, con las luces prendidas en la lucha ecológica, con la velocidad de las aventuras gozosas. Una hermandad. Antes de la diáspora de todos esos tránsfugas de la clase media. En el poder de la revelación de Rod Stewart, de Billy Joel, de Alan Parsons, Génesis, de Supetramp, de los días llenos de poder y de guerra, de azar y de tedio. Allí, las hechiceras pululaban entre sus risas siempre prestidigitadoras. Ahí, Michel Foucault y Roland Barthes convivieron con Celine, con Raymond Carver, con Scorsese, con José Carlos Becerra, y se encumbraron entre los tópicos heréticos de los ambientalistas anárquicos: Rudolf Bharo, Noam Chomsky…

Los vericuetos de la emoción no son producto de ningún estímulo externo: son la síntesis de un ansia compartida y fortuita. Así, mis amigos de la Pink Floyd, del centro, rehuían cualesquier resquicio de solemnidad o de atavismo; se perdían en esas calles fatigosas de la madrugada y se centraban en el encuentro ecléctico con los luchadores sociales, los ecolocos, los pelagatos felices, los fresas, los míticos sin nombre que ahora no existen entre tanta desfachatez en fachas.

Todos con Tía Pina para adormecer y consentir la cruda, todos solidarios de la etílica parodia de la euforia. Por ello, un tiempo elástico es más nítido y valioso que un tiempo pragmático-occidental-científico-irremediable —para seguir a Eliot—, y además es personal. Uno es historia y futuro, según Foucault, “pienso en lo que fui y lo que seré”, y esa marca que se escoge, más que el refugio de la memoria es una acechanza perenne donde las imágenes son inmanentes, ahistóricas, intemporales. Por eso la erosión es una trampa. Lapsos de la contundencia del devenir, pero retazos de excepción entre la marea de lo que uno fija y no cambia.

Me explico: Proust intentó en ese monumental libro, En busca del tiempo perdido, una fijación, no de la nostalgia, sino de la revelación del pasado como producto nuevo, desconocido.

En su análisis de los celos, hurga con tal maestría en su naturaleza que tuvo que remontarse a esta etapa temprana en que En la Prisionera, aparecen. Que no son los mismos de un ente adulto donde entran otros mecanismos. Él redujo esa parte multiforme de lo humano a dos visiones especulares: la de la mujer en el hombre y viceversa.

Los celos, parece decirnos, no tienen tiempo porque se sustraen de su recipiente y se revelan como son en su esencia inmaculada. Así, la inocencia —ese otro gran tema ausente ahora en el arte y fundamental— no es un opuesto a las pasiones; es, por el contrario, su motor.

Una Era inocente donde fue posible una Revolución de Terciopelo, y la búsqueda de un mundo sin basura nuclear y residuos dañinos, donde la amistad era tan fácil como una mañana soleada de domingo, como la canción de  The Commodores.

No sé si ahora es válido hablar en términos de generaciones. Su vínculo es más aleatorio, más elusivo. Antaño bastaba con un signo de identidad más allá de los próximos atuendos o de los gustos para reconocerse. Un incentivo para emerger de entre los escombros de la frivolidad —ahora lo sé: profunda—.

La evidencia es sagrada. El país ha cambiado, pero el mundo más. Lo convencional es revulsivo, lo transgresor es convencional. El tiempo no nos hace a nosotros, nosotros lo hacemos a él. Y puede ser algo tan inútil y prescindible como unos relojes derritiéndose. Por ello la amistad no tiene fronteras; ni el amor, tiempo; por eso el cambio es posible, desde lo interior hasta lo vasto; por eso cada mundo es un hombre, cada instante un mundo, y la utopía, entonces, no es una broma macabra.

bardamu64@hotmail.com

*Colaborador