/ lunes 7 de octubre de 2019

Palabra impresa/El viento de un bosque

Breve narración sobre la magia que sucede en los bosques, sus habitantes y sus espléndidos paisajes

Adela dice que ama ir al bosque, pero que ya estando ahí en el patio de la cabaña le molesta que le piquen las hormigas, y al picarle se le van las ganas de jugar, además de que al atender los molestos piquetes deja de contemplar a las ardillas que andan por ahí cerca buscando comida y brincando por las ramas de los pinos.

Adela dice también disfrutar cuando baja la niebla porque desde dentro de la cabaña le grita su mamá que ya entre porque puede enfermar de un resfriado y porque con la neblina llega el frío al bosque. Y Adela desde dentro y a través de una pequeña ventana mira cómo la espesura blanca va desapareciendo a los árboles y en lugar de oscuridad la densa niebla todo lo va dejando con un halo blanco.

–¿Será que las ardillas y los conejos puedan dormir? Porque pienso que lo blanco de la niebla les estorbará cuando cierren sus ojillos.

La madre y el padre de Adela se miraron y sonrieron. Le contestaron a la pequeña que dejara de preocuparse porque los animales en el bosque estaban acostumbrados a eso y a mucho más.

A la niña también le gustaba el silencio que llegaba con la noche. Sólo algunas veces cuando un pájaro estaba inquieto no dejaba de aletear entre las ramas del árbol hasta que el sueño lo venciera. Llegaban a la pequeña cabaña unos ciervos pequeños, se delataban porque al caminar quebraban las hojas secas de las hayas y era cuando Adela despertaba y algunas veces le pedía a su mamá que corriera un poco la cortina de la pequeña ventana porque quería ver a los ciervos. La cortina se cerraba cuando el búho empezaba a ulular; era entonces que Adela prefería volver a la cama, el canto del búho le producía un poco de miedo.

La madre de Adela todo lo observa y por las noches lo escribía en una pequeña libreta, los miedos y maravillas que el bosque y la cabaña ofrecían estaba escrito. Las horas de lluvia, el paso del viento, el sol con sus rayos abriéndose paso entre ramas y troncos de gigantescos árboles. Hoy Adela sigue conversando con sus padres, los recuerdos son motivo de risas y de abrazos. Cada sábado las páginas de esa libreta son abiertas por las manos de la madre y se escapan el silbido de un viento ligero que llega desde ese lejano bosque.

josecruzdominguez@gmail.com

Adela dice que ama ir al bosque, pero que ya estando ahí en el patio de la cabaña le molesta que le piquen las hormigas, y al picarle se le van las ganas de jugar, además de que al atender los molestos piquetes deja de contemplar a las ardillas que andan por ahí cerca buscando comida y brincando por las ramas de los pinos.

Adela dice también disfrutar cuando baja la niebla porque desde dentro de la cabaña le grita su mamá que ya entre porque puede enfermar de un resfriado y porque con la neblina llega el frío al bosque. Y Adela desde dentro y a través de una pequeña ventana mira cómo la espesura blanca va desapareciendo a los árboles y en lugar de oscuridad la densa niebla todo lo va dejando con un halo blanco.

–¿Será que las ardillas y los conejos puedan dormir? Porque pienso que lo blanco de la niebla les estorbará cuando cierren sus ojillos.

La madre y el padre de Adela se miraron y sonrieron. Le contestaron a la pequeña que dejara de preocuparse porque los animales en el bosque estaban acostumbrados a eso y a mucho más.

A la niña también le gustaba el silencio que llegaba con la noche. Sólo algunas veces cuando un pájaro estaba inquieto no dejaba de aletear entre las ramas del árbol hasta que el sueño lo venciera. Llegaban a la pequeña cabaña unos ciervos pequeños, se delataban porque al caminar quebraban las hojas secas de las hayas y era cuando Adela despertaba y algunas veces le pedía a su mamá que corriera un poco la cortina de la pequeña ventana porque quería ver a los ciervos. La cortina se cerraba cuando el búho empezaba a ulular; era entonces que Adela prefería volver a la cama, el canto del búho le producía un poco de miedo.

La madre de Adela todo lo observa y por las noches lo escribía en una pequeña libreta, los miedos y maravillas que el bosque y la cabaña ofrecían estaba escrito. Las horas de lluvia, el paso del viento, el sol con sus rayos abriéndose paso entre ramas y troncos de gigantescos árboles. Hoy Adela sigue conversando con sus padres, los recuerdos son motivo de risas y de abrazos. Cada sábado las páginas de esa libreta son abiertas por las manos de la madre y se escapan el silbido de un viento ligero que llega desde ese lejano bosque.

josecruzdominguez@gmail.com

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