/ sábado 13 de abril de 2019

Pitol, la continuidad del viaje

Ya es tiempo de hablar más de su obra que de su muerte

“Uno cree que ya desapareció y en verdad aparece con otras máscaras, con otros disfraces, donde menos se espera”, así se refería Sergio Pitol (18 de marzo de 1933-12 de abril de 2018) a la fuerza de la infancia en un escritor. Hoy, a un día de haberse cumplido el aniversario luctuoso del ganador del Premio Cervantes 2005, esta sentencia aplica no sólo a la infancia, sino a la memoria de quien la enunció.

En los primeros 365 días de su partida terrenal, en la luminosidad, ha inspirado la creación de ciclos de cine conformados por sus películas favoritas; ha sido portada de revistas, como “La Palabra y el Hombre”; ha sido recordado con música, anécdotas y tertulia en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara; fotografías suyas han sido reunidas con motivo de una exposición itinerante y, apenas el martes pasado, la Academia Mexicana de la Lengua le rindió un homenaje en el Palacio de Bellas Artes.

Además de lo ya enumerado, su recuerdo se hace presente de una manera más sombría, la de la polémica generada por la donación de su biblioteca y la puesta en venta de la que fuera su casa en sus últimos años de vida, la propiedad ubicada en Pino Suárez 11, en el centro histórico de Xalapa.

Su sobrina, Laura Demeneghi, ha manifestado en reiteradas ocasiones que ni los gobiernos ni las autoridades de cultura, ni la Universidad Veracruzana, han mostrado interés por convertir la vivienda del escritor en un museo. Hasta hoy, tampoco ha habido comprador.

Así, entre claroscuros, somos testigos de que Pitol no ha desparecido. Está donde y cuando menos se lo espera uno. Ayer, por ejemplo, protagonizó la cuenta de Facebook de “La Palabra y el Hombre”, revista que dirigió durante un año (1967-1968) y que, a manera de homenaje, compartió diversas impresiones de personas cercanas a quien también destacó como maestro, traductor y diplomático, así como viajero incansable y amigo muy querido de intelectuales mexicanos y extranjeros.

También a través de las redes sociales, la Secretaría de Cultura convocó a conocerlo y leerlo.

Como bien expusieron recientemente Margo Glantz, Rodolfo Castañón y Felipe Garrido, ya es tiempo de hablar más de su obra que de su muerte y los que fueron sus bienes materiales.

ETERNO VIAJERO

Habrá que acercarse a su obra, al tiempo que se recuerda a quien afirmaba que el libro es uno de los instrumentos creados por el hombre para hacernos libres. Libres de la ignorancia y de la ignominia, libres también de los demonios, de los tiranos, de fiebres milenaristas y turbios legionarios, del oprobio, de la trivialidad, de la pequeñez.

La invitación es a mantener viva también su imagen. Para ello hay infinidad de fotografías, pero también una bella descripción de Juan Villoro quien, en una de las conversaciones compiladas por Rafael Antúnez y publicadas con el sello del Instituto Literario de Veracruz, expresa que una caricatura de “Naranjo” define a Pitol a la perfección: “Sergio Pitol avanza a toda prisa llevando una maleta llena de etiquetas: Budapest, París, Londres… Durante veintisiete años, Pitol cruzó fronteras y aduanas con la pericia de quien ha hecho del viaje su forma de vida. Imposible imaginarlo consultando un mapa o cazando monumentos con la ‘instamátic’.

Ajeno a todo empeño turístico o exótico, ha escrito como si todo sitio fuera definitivo. El intenso afecto que producen sus narraciones se debe, en gran parte, a la condición fatal de sus protagonistas; por variados que sean los escenarios, ningún héroe escapa a su sino. Cada relato presupone un traslado —el barco, el Expresso de Oriente, la góndola final—, pero las escenas ocurren bajo un aire opresivo, como la niebla que ahoga el pueblo veracruzano donde creció el autor.

En sus incontables retornos, Pitol pasó ante los aduaneros con la indiferencia del que no lleva hierbas fumables ni pájaros africanos. Sin embargo, el contenido de su equipaje no era menos perturbador. De aquella célebre maleta salieron los libros de cuentos Infierno de todos, Los climas, No hay tal lugar y Nocturno de Bujara, y las novelas El tañido de una flauta, Juegos florales, El desfile del amor, Domar a la divina garza…”. La lista continúa; el exhorto es a seguir descubriendo las sorpresas de ese equipaje.

Y sí, es un hecho que las cenizas de Sergio Pitol están por ahora en Querétaro, pero sus familiares han declarado que aún no saben cuándo, pero serán llevadas a la catedral de Córdoba, al lado de las de sus padres, porque el viaje aún continúa…

“Uno cree que ya desapareció y en verdad aparece con otras máscaras, con otros disfraces, donde menos se espera”, así se refería Sergio Pitol (18 de marzo de 1933-12 de abril de 2018) a la fuerza de la infancia en un escritor. Hoy, a un día de haberse cumplido el aniversario luctuoso del ganador del Premio Cervantes 2005, esta sentencia aplica no sólo a la infancia, sino a la memoria de quien la enunció.

En los primeros 365 días de su partida terrenal, en la luminosidad, ha inspirado la creación de ciclos de cine conformados por sus películas favoritas; ha sido portada de revistas, como “La Palabra y el Hombre”; ha sido recordado con música, anécdotas y tertulia en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara; fotografías suyas han sido reunidas con motivo de una exposición itinerante y, apenas el martes pasado, la Academia Mexicana de la Lengua le rindió un homenaje en el Palacio de Bellas Artes.

Además de lo ya enumerado, su recuerdo se hace presente de una manera más sombría, la de la polémica generada por la donación de su biblioteca y la puesta en venta de la que fuera su casa en sus últimos años de vida, la propiedad ubicada en Pino Suárez 11, en el centro histórico de Xalapa.

Su sobrina, Laura Demeneghi, ha manifestado en reiteradas ocasiones que ni los gobiernos ni las autoridades de cultura, ni la Universidad Veracruzana, han mostrado interés por convertir la vivienda del escritor en un museo. Hasta hoy, tampoco ha habido comprador.

Así, entre claroscuros, somos testigos de que Pitol no ha desparecido. Está donde y cuando menos se lo espera uno. Ayer, por ejemplo, protagonizó la cuenta de Facebook de “La Palabra y el Hombre”, revista que dirigió durante un año (1967-1968) y que, a manera de homenaje, compartió diversas impresiones de personas cercanas a quien también destacó como maestro, traductor y diplomático, así como viajero incansable y amigo muy querido de intelectuales mexicanos y extranjeros.

También a través de las redes sociales, la Secretaría de Cultura convocó a conocerlo y leerlo.

Como bien expusieron recientemente Margo Glantz, Rodolfo Castañón y Felipe Garrido, ya es tiempo de hablar más de su obra que de su muerte y los que fueron sus bienes materiales.

ETERNO VIAJERO

Habrá que acercarse a su obra, al tiempo que se recuerda a quien afirmaba que el libro es uno de los instrumentos creados por el hombre para hacernos libres. Libres de la ignorancia y de la ignominia, libres también de los demonios, de los tiranos, de fiebres milenaristas y turbios legionarios, del oprobio, de la trivialidad, de la pequeñez.

La invitación es a mantener viva también su imagen. Para ello hay infinidad de fotografías, pero también una bella descripción de Juan Villoro quien, en una de las conversaciones compiladas por Rafael Antúnez y publicadas con el sello del Instituto Literario de Veracruz, expresa que una caricatura de “Naranjo” define a Pitol a la perfección: “Sergio Pitol avanza a toda prisa llevando una maleta llena de etiquetas: Budapest, París, Londres… Durante veintisiete años, Pitol cruzó fronteras y aduanas con la pericia de quien ha hecho del viaje su forma de vida. Imposible imaginarlo consultando un mapa o cazando monumentos con la ‘instamátic’.

Ajeno a todo empeño turístico o exótico, ha escrito como si todo sitio fuera definitivo. El intenso afecto que producen sus narraciones se debe, en gran parte, a la condición fatal de sus protagonistas; por variados que sean los escenarios, ningún héroe escapa a su sino. Cada relato presupone un traslado —el barco, el Expresso de Oriente, la góndola final—, pero las escenas ocurren bajo un aire opresivo, como la niebla que ahoga el pueblo veracruzano donde creció el autor.

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