/ jueves 15 de agosto de 2019

Lucila Castillo y su revolución femenina en la dramaturgia de México

La xalapeña fue declarada ganadora del octavo Premio Nacional de Dramaturgia Dolores Castro por la obra "Genoveva"

La xalapeña Lucila Castillo es una de las autoras jóvenes de teatro de lo que ella misma denomina “revolución femenina de la dramaturgia en México, no por vivir un tiempo de competencia con los hombres sino por tener mucho que decir y contar con los canales para ser escuchadas”.

Lucila, con una natural timidez que le hace sonrojar de vez en vez, está en vísperas de celebrar tres décadas de vida. Quizá sea ese el motivo por el cual deje a un lado sus reservas y esté tan dispuesta a hablar de sí misma, de su entorno y de su vida profesional o, tal vez, sea el hecho de estar aún emocionada y satisfecha por haber recibido a principios de mes una llamada en la que le notificaron que era la ganadora del octavo Premio Nacional de Dramaturgia Dolores Castro por la obra Genoveva, una mirada sensible a lo que enfrenta una persona con capacidades diferentes cuando muere quien la ha cuidado.

Más allá de los motivos que la hacen hablar como pocas veces, sí precisa que lo suyo es la escritura, no la expresión oral, pese a ello, concede una entrevista a Diario de Xalapa. Puntual, asiste a las instalaciones del periódico, donde años atrás estuvo con el colectivo teatral Nosotros, Ustedes y Ellos para, animada por los demás chicos, invitar a las funciones de Leche de gato, que escribió para aprobar una experiencia educativa en la Facultad de Teatro de la Universidad Veracruzana. La historia entrañable, llevada a la escena por ella misma, le dio el primer lugar como Mejor Montaje dirigido por Estudiantes en el XXI Festival Nacional e Internacional de Teatro de la Universidad Nacional Autónoma de México. Eran los principios de una carrera en ascenso, en la que ya había el antecedente de Clementina Charlotte, obra que también escribió y dirigió, y con la cual ganó el Premio único a mejor puesta en escena del XXII Festival de Teatro Universitario Manuel Montoro-Guillermo Barclay. Al egresar, ha sido beneficiaria de estímulos a la creación estatales y federales.

“Creo que todo tiene que ver con la constancia, con suerte, con la idea de que si trabajas, llegan las recompensas. Además, sí influye en mí el buen momento que vive la dramaturgia hecha por mujeres en México y que, hay que decirlo, puede dar muchísimo más. Con este panorama me siento motivada, con energía, con mucho que decir y con unas ganas de poder reunirme con todas las mujeres que están haciendo lo mismo que yo. Tiene que ver con empatía, con querer hacer equipo, con ver qué les inquieta y hablar de lo que sentimos o cómo percibimos la vida”.

GENERACIÓN DE ESCRITORAS

Lucila, quien coincidió en la Facultad con xalapeñas que también están dando de qué hablar —Ana Lucía Ramírez Garcés y Estefanía Ahumada, así como Isabel Quiroz, oaxaqueña radicada en la ciudad—, expresó sentirse orgullosa de formar parte de esa generación, “sobre todo que seamos las mujeres las que estemos cerca de la escritura, porque es innegable que el de las mujeres ha sido un sector relegado, tapado, invisible. No es el hecho de rebasar a los hombres en un nivel cultural o intelectual, sino ir a la par y demostrar con hechos que existimos, sentimos y también tenemos mucho que expresar”.

INTERESES

Lucila, quien ha impreso a sus obras un sello caracterizado por la farsa, expresa que en sus últimos trabajos ya hay un interés por el realismo y el realismo mágico. En cuanto a los temas, son los que siempre le han inquietado: la muerte, la enfermedad, la familia, la mente humana.

“Antes mi escritura era muy personal y familiar, pero ahora soy un poco más capaz de salir de mí y visualizar los problemas de otras familias”.

Acerca del impacto que tuvo la maternidad en su vida profesional, acepta que sí hubo un cambio que ha sido benéfico, porque si antes escribía porque le gustaba y lo hacía en los tiempos libres, hoy tiene una disciplina determinada por el tiempo que le dedica a su pequeño Leonel, por quien decidió alejarse un año y medio del teatro.

“Siempre supe que cuando tuviera un bebé me iba a dedicar a él. Además, se me vinieron rollos existencialistas y emocionales. En aquel entonces ganamos unas convocatorias pero no me sentía del todo bien para dirigir. Era el tiempo de mi bebé y de profundizar en mí de otra manera, de recargar energía. Regresé con mucho ánimo y ahora estoy tratando de ocupar el tiempo más efectivamente. Me levanto a las 6 de la mañana y cuando Leo está en la guardería, escribo por lo menos dos horas.

Ahora necesito otras cosas. Sigo evolucionando y explorando. La actuación está alejada de mi vida, pero sigo con la dirección, enfocada en una de mis grandes pasiones, el teatro gestual, pero con la ambición de hacer un trabajo actoral realista. Tenemos ensayos y planeo proyectos —todos los que vengan son bienvenidos—, pero estoy más concentrada en la dramaturgia”.

DECISIÓN ACERTADA

Lucila, quien no puede decir como otros que desde chiquita le atrajo el teatro, rememora que en bachillerato estudió una Paraescolar con el actor Raúl Santamaría, pero con la idea de la actuación ligada a la televisión o Broadway. Al terminar la preparatoria, eligió estudiar Arquitectura, donde estuvo dos años, pero la dejó porque le llamó la atención un cartel sobre un taller de teatro que impartirían en La Caja y el horario no era compatible con sus clases. Fue, sin planearlo, su preparación para ingresar a la Facultad de Teatro con la convicción de querer algo que nutriera su cuerpo y su mente y, a la vez, le permitiera hacer ejercicio, carteles, algo multidisciplinario.

“El primer semestre fue muy difícil porque venía de un horario muy rígido; en Teatro todo era raro. Hubo un momento en que sí me cuestioné ‘por qué dejé arquitectura’, pero una vez que empezamos a crear nuestros propios trabajos, prácticamente quedaron cubiertas todas mis inquietudes. Desde entonces, jamás he dudado. Es una decisión de la que no me arrepiento. Me siento muy satisfecha de que el trabajo que he tenido es porque yo propongo mi proyecto, porque yo sé lo que quiero decir.

A mí me gusta crecer, aprender, en el momento en el que deje de hacerlo, creo que sí me voy a sentir mal realmente. Por el momento, soy muy feliz”.

La xalapeña Lucila Castillo es una de las autoras jóvenes de teatro de lo que ella misma denomina “revolución femenina de la dramaturgia en México, no por vivir un tiempo de competencia con los hombres sino por tener mucho que decir y contar con los canales para ser escuchadas”.

Lucila, con una natural timidez que le hace sonrojar de vez en vez, está en vísperas de celebrar tres décadas de vida. Quizá sea ese el motivo por el cual deje a un lado sus reservas y esté tan dispuesta a hablar de sí misma, de su entorno y de su vida profesional o, tal vez, sea el hecho de estar aún emocionada y satisfecha por haber recibido a principios de mes una llamada en la que le notificaron que era la ganadora del octavo Premio Nacional de Dramaturgia Dolores Castro por la obra Genoveva, una mirada sensible a lo que enfrenta una persona con capacidades diferentes cuando muere quien la ha cuidado.

Más allá de los motivos que la hacen hablar como pocas veces, sí precisa que lo suyo es la escritura, no la expresión oral, pese a ello, concede una entrevista a Diario de Xalapa. Puntual, asiste a las instalaciones del periódico, donde años atrás estuvo con el colectivo teatral Nosotros, Ustedes y Ellos para, animada por los demás chicos, invitar a las funciones de Leche de gato, que escribió para aprobar una experiencia educativa en la Facultad de Teatro de la Universidad Veracruzana. La historia entrañable, llevada a la escena por ella misma, le dio el primer lugar como Mejor Montaje dirigido por Estudiantes en el XXI Festival Nacional e Internacional de Teatro de la Universidad Nacional Autónoma de México. Eran los principios de una carrera en ascenso, en la que ya había el antecedente de Clementina Charlotte, obra que también escribió y dirigió, y con la cual ganó el Premio único a mejor puesta en escena del XXII Festival de Teatro Universitario Manuel Montoro-Guillermo Barclay. Al egresar, ha sido beneficiaria de estímulos a la creación estatales y federales.

“Creo que todo tiene que ver con la constancia, con suerte, con la idea de que si trabajas, llegan las recompensas. Además, sí influye en mí el buen momento que vive la dramaturgia hecha por mujeres en México y que, hay que decirlo, puede dar muchísimo más. Con este panorama me siento motivada, con energía, con mucho que decir y con unas ganas de poder reunirme con todas las mujeres que están haciendo lo mismo que yo. Tiene que ver con empatía, con querer hacer equipo, con ver qué les inquieta y hablar de lo que sentimos o cómo percibimos la vida”.

GENERACIÓN DE ESCRITORAS

Lucila, quien coincidió en la Facultad con xalapeñas que también están dando de qué hablar —Ana Lucía Ramírez Garcés y Estefanía Ahumada, así como Isabel Quiroz, oaxaqueña radicada en la ciudad—, expresó sentirse orgullosa de formar parte de esa generación, “sobre todo que seamos las mujeres las que estemos cerca de la escritura, porque es innegable que el de las mujeres ha sido un sector relegado, tapado, invisible. No es el hecho de rebasar a los hombres en un nivel cultural o intelectual, sino ir a la par y demostrar con hechos que existimos, sentimos y también tenemos mucho que expresar”.

INTERESES

Lucila, quien ha impreso a sus obras un sello caracterizado por la farsa, expresa que en sus últimos trabajos ya hay un interés por el realismo y el realismo mágico. En cuanto a los temas, son los que siempre le han inquietado: la muerte, la enfermedad, la familia, la mente humana.

“Antes mi escritura era muy personal y familiar, pero ahora soy un poco más capaz de salir de mí y visualizar los problemas de otras familias”.

Acerca del impacto que tuvo la maternidad en su vida profesional, acepta que sí hubo un cambio que ha sido benéfico, porque si antes escribía porque le gustaba y lo hacía en los tiempos libres, hoy tiene una disciplina determinada por el tiempo que le dedica a su pequeño Leonel, por quien decidió alejarse un año y medio del teatro.

“Siempre supe que cuando tuviera un bebé me iba a dedicar a él. Además, se me vinieron rollos existencialistas y emocionales. En aquel entonces ganamos unas convocatorias pero no me sentía del todo bien para dirigir. Era el tiempo de mi bebé y de profundizar en mí de otra manera, de recargar energía. Regresé con mucho ánimo y ahora estoy tratando de ocupar el tiempo más efectivamente. Me levanto a las 6 de la mañana y cuando Leo está en la guardería, escribo por lo menos dos horas.

Ahora necesito otras cosas. Sigo evolucionando y explorando. La actuación está alejada de mi vida, pero sigo con la dirección, enfocada en una de mis grandes pasiones, el teatro gestual, pero con la ambición de hacer un trabajo actoral realista. Tenemos ensayos y planeo proyectos —todos los que vengan son bienvenidos—, pero estoy más concentrada en la dramaturgia”.

DECISIÓN ACERTADA

Lucila, quien no puede decir como otros que desde chiquita le atrajo el teatro, rememora que en bachillerato estudió una Paraescolar con el actor Raúl Santamaría, pero con la idea de la actuación ligada a la televisión o Broadway. Al terminar la preparatoria, eligió estudiar Arquitectura, donde estuvo dos años, pero la dejó porque le llamó la atención un cartel sobre un taller de teatro que impartirían en La Caja y el horario no era compatible con sus clases. Fue, sin planearlo, su preparación para ingresar a la Facultad de Teatro con la convicción de querer algo que nutriera su cuerpo y su mente y, a la vez, le permitiera hacer ejercicio, carteles, algo multidisciplinario.

“El primer semestre fue muy difícil porque venía de un horario muy rígido; en Teatro todo era raro. Hubo un momento en que sí me cuestioné ‘por qué dejé arquitectura’, pero una vez que empezamos a crear nuestros propios trabajos, prácticamente quedaron cubiertas todas mis inquietudes. Desde entonces, jamás he dudado. Es una decisión de la que no me arrepiento. Me siento muy satisfecha de que el trabajo que he tenido es porque yo propongo mi proyecto, porque yo sé lo que quiero decir.

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