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Senda de palabras|La casa

  • Diario de Xalapa
  • en Cultura

Por Rafael Rojas

La casa siempre estaba en el mismo lugar. En la misma apacible calle, inamovible, serena, exhibiendo sus paredes ancestrales, su techo de teja humedecido por el tiempo; la puerta de madera y un ventanal de medio punto y barrotes de fierro. Exactamente no lo sabía, pero algo de ella me atraía a pesar de mi inocencia infantil, no fueron pocas las veces en las que desvíe mis pasos únicamente para contemplarla, como si se tratara de una obra de arte.

Cuando me encontraba en mi hogar soñaba despierta, imaginaba que vivía en ella y que correteaba por todas sus habitaciones hasta desfallecer de cansancio. Sólo se trataba de fantasías infantiles propias de mi edad. Esa casa, sin saber hablar me decía muchas cosas que aún no lograba comprender. Su lenguaje lo traduje años más tarde, mucho después de que pasó mi adolescencia, fue entonces que acepté que me había enamorado de esa casa que años tenía que ya no veía, porque mis necesidades cotidianas me encaminaban por otras direcciones. Sin embargo, la casa está impresa en mi corazón.

La provinciana casa me acompañaba a todas partes, el olor a tiempo de sus paredes se tornaba en un perfume que acunaba una época; bueno, la casa yacía en lo más hondo de mi ser. A menudo aparecía en mis sueños y me frustraba que sólo la conocía por fuera. ¿Cómo sería su interior? No lo sabía, la puerta siempre la vi cerrada.

Con el paso del tiempo siempre comprendí lo afortunadas que serían las personas que la habitaban, pues tenían la dicha de estar dentro de ella. Seguramente disfrutarían del calor que les brindaba, ser iluminados por la luz que se filtraba por sus ventanas les causaría alegría. Plácidos dormirían en las cómodas camas de las recámaras, quizá se santiguarían frente a algún crucifijo antes de dormir. Solemne el ritual de los sagrados alimentos cuando ocuparan el comedor, compartirlos con buena conversación y tal vez un brindis en el que participaran los cinco sentidos, debió ser espiritual. Seguramente los comensales serían refinados a la hora de degustar la dieta, es probable que más tarde alguno de los miembros de la familia se sentara a tocar el piano y de sus teclas hiciera fluir una obra de Mozart o de Schubert. El frente de la casa es parte de su cuerpo, el alma es su interior abrazando a los moradores.

Un día llegué a pensar que tendría un jardín en la parte de atrás aromatizado por rosas, jazmines y tulipanes bajo la sombra de un limonero y dos arbolitos de durazno, quizá en donde se pudiera hacer un columpio y mecerse para que los pensamientos fluyeran y se mezclaran con el soplo del viento. Me parecía ver a alguien recostado en la alfombra del césped mirando cuando asoman las primeras estrellas.

Quizá la casa le guarda fidelidad y gratitud al recuerdo de aquella persona que la soñó y al paso del tiempo la convirtió en una realidad. En cada muro está presente el amor del artesano que la edificó, seguramente el sudor le perlaría la frente mientras pegaba piedra tras piedra hasta afinarla con la belleza que posee ante mis ojos.

El número de la casa no lo recuerdo, creo que jamás me fijé en él. Lo cierto es que no lo necesitaba, no figuraba en mí la mínima intención de enviar una carta u algún otro tipo de servicio a ese domicilio. Lo que me importaba simplemente era admirarla, de ella me enamoré a primera vista y mi atención estaba puesta en ella.

Es posible que la casa, celosamente, albergue una historia, pues ha sido testigo de todas las generaciones que la han habitado; los secretos vagabundean en su interior, alegrías, tragedias familiares, pasiones, amores, horas festivas y quién sabe cuántas cosas más que pueden ser un misterio.

Todo este enamoramiento sucedió hace muchos ayeres, hoy estoy en el otoño de mi vida y sin planearlo volví a cruzar frente a esa casa que me hechizó por completo regalando cierta felicidad a mi niñez. El inmueble ha sufrido modificaciones. El corazón me dio un vuelco y bruscamente detuve mi paso, en un instante el pasado se hizo presente y los suspiros comenzaron a escapar de mi pecho.

La ventana que tanto me gustaba estaba arrumbada y a la vista de los transeúntes. Impulsivamente la rosé con mis manos y, sin pensarlo dos veces, la compré al dueño. Es un ventanal grande de medio punto, pero no es mi intención describir su estructura, lo que me importa es que esos barrotes acunan parte de mis horas infantiles, de mis sentimientos, de mis nostalgias y de mi ser. En su silencio están aquellos días cuando me detenía a contemplarla, ella depuró mi nostalgia y mi tristeza, tal vez también mis alegrías y aprendió a sobrevivir en el tiempo. A pesar de ser retirada o separada del marco que la aprisionaba, Todavía continúa ofreciéndome un poco más de felicidad, tal vez para que reflexione acerca del tiempo y aprecie aún más mi vida y sea yo capaz de visualizar el largo camino que he recorrido.

Mi vida no ha sido vana, soy esposa y madre, soy mujer y soy la niña que amó aquella casa que se quedó impresa en un rincón de mi alma y que aún en el silencio, quedamente me susurra mis años de infancia.

rafaelrojascolorado@yahoo.com.mx

*Colaborador