/ viernes 29 de noviembre de 2019

Sinfoniando y de concierto/¿A qué vamos a un recital?

Un concierto nos permite huir, retirarnos a un lugar para soñar, con la música y debido a ella, pero sin llegar a escucharla del todo

Buenos días, amable lector. La mayoría de nosotros vamos a un concierto a ver una suerte de espectáculo. Soy consciente de lo extraño que esto suena, pero es cierto: algunos solo quieren ver un concierto. No hay por supuesto culpa alguna o falta presumible en este hecho.

Hoy en día, en una cultura primordialmente visual, estamos condicionados primero a ver, y sólo entonces intentar percibir el mundo usando cualquier otro de nuestros sentidos. YouTube suplanta en muchos casos la industria disquera, y aún no es posible compartir el aroma y sabor de una buena cena, aunque abunden los likes en Instagram.

En este sentido, la música sinfónica es uno de los pocos espacios en donde a propósito nos reunimos a oír y, en algunos casos afortunados, a escuchar. El gran compositor norteamericano Aaron Copland plantea tres niveles de percepción auditiva en que los seres humanos establecen su consumo de sonidos organizados: uno sensorial, otro emocional y el puramente musical. De este último aspiro a ocuparme en el futuro cercano. De los otros dos, es de lo que va nuestra conversación de esta semana, pues de manera constante deslizamos nuestro nivel de atención y habitamos cada uno de estos planos de percepción. Permítame ofrecerle algunos ejemplos:

Asumamos que esté usted sentado en su hogar leyendo un libro. Imagine ahora que de repente escucha una nota de un piano. Esta simple nota basta para modificar la atmósfera del lugar en que se encuentre. El elemento sonoro de la música es un agente poderoso y misterioso, en ningún caso pretendo menospreciarlo ni subestimarlo. A esto nos referimos cuando se menciona el plano sensorial de la escucha. Percibimos sonidos, se procesan rápidamente y seguimos en lo que íbamos.

¿Cuándo fue la última vez que le prestó atención al sonido de sus dedos al pasar las hojas del diario? ¿O quizá sus propios pasos cruzando sobre hojas secas en el parque Los Berros? Nuestro cerebro es tremendamente eficiente a la hora de filtrar aquellos sonidos que nos son comunes, con el propósito de limitar la información que debemos procesar y enfocar nuestra atención donde puede ser esencial para nuestra supervivencia. Por ejemplo, el sonido del motor de un auto acercándose.

Lo sorprendente es que, sin saberlo, a menudo abusamos de este nivel de escucha. Ya no solo vemos el concierto, es cierto, pero asistimos para abstraernos, utilizando la música a modo de consuelo o como vía de escape. Un concierto es un mundo ideal en el que no es necesario preocuparse por la realidad cotidiana. Desafortunadamente, tampoco nos ocupamos de la música, mas bien ésta nos permite huir, retirarnos a un lugar para soñar, con la música y debido a ella, pero sin llegar a escucharla del todo.

El nivel sensual es importante en la música, muy importante por supuesto, pero no es ni mucho menos el único.

Más allá dela simple percepción del sonido, encontramos que al invertir nuestra atención percibimos también una dimensión expresiva en la música. A pesar de que es bastante más complicado llegar a acuerdos en este entorno, podemos sin temor afirmar que la música también tiene una capacidad de expresión, de decir algo.

Es posible encontrar una dimensión expresiva en la música/Foto: Cortesía|ISMEV


FUNCIÓN DE LA MÚSICA

Toda música, en especial aquella que es capaz de sobrevivir a los constantes cambios de“gustos” generacionales, quiere decir algo. ¿Tiene la música un significado? Definitivamente sí. ¿Podría alguien explicar en pocas palabras cuál es este significado? Definitivamente no. Ahí radica la dificultad, pero también el especial deleite de un concierto. Hay tantas interpretaciones como mentes enfocadas en la música.

A esto es a lo que vamos a un concierto, a permitirle a la música bañarnos con el impacto sensorial de obras de alta factura, bien hechas. Pero también a trascender dicha experiencia y buscar con mente inquieta los posibles significados que parecen flotar en cada concierto. Muchos no estarán nunca satisfechos con esta función expedicionaria de la audición. Pretenden unos pocos que la música tenga siempre un significado tangible, y cuánto más concreto sea éste, más parece satisfacerles. Cuanto más les recuerde la música a un tren, una tormenta, un funeral o cualquier otro concepto familiar, tanto más expresiva les parecerá.

Si fuera ésta la función de la música no habría entonces tantas obras con las que regalar nuestros oídos y nuestras mentes. Tan compleja como es la gama emocional e intelectual de la humanidad, seguirá la música siempre buscando nuevas avenidas para intentar, un concierto a la vez, darnos nuevas perspectivas de descubrir quiénes somos, descubriendo qué sentía cada compositor en cada obra. Prestamos atención en un concierto porque cuando nos la regresan, viene con valor agregado, una satisfacción que no es fácil descubrir sólo viendo un concierto.

Buenos días, amable lector. La mayoría de nosotros vamos a un concierto a ver una suerte de espectáculo. Soy consciente de lo extraño que esto suena, pero es cierto: algunos solo quieren ver un concierto. No hay por supuesto culpa alguna o falta presumible en este hecho.

Hoy en día, en una cultura primordialmente visual, estamos condicionados primero a ver, y sólo entonces intentar percibir el mundo usando cualquier otro de nuestros sentidos. YouTube suplanta en muchos casos la industria disquera, y aún no es posible compartir el aroma y sabor de una buena cena, aunque abunden los likes en Instagram.

En este sentido, la música sinfónica es uno de los pocos espacios en donde a propósito nos reunimos a oír y, en algunos casos afortunados, a escuchar. El gran compositor norteamericano Aaron Copland plantea tres niveles de percepción auditiva en que los seres humanos establecen su consumo de sonidos organizados: uno sensorial, otro emocional y el puramente musical. De este último aspiro a ocuparme en el futuro cercano. De los otros dos, es de lo que va nuestra conversación de esta semana, pues de manera constante deslizamos nuestro nivel de atención y habitamos cada uno de estos planos de percepción. Permítame ofrecerle algunos ejemplos:

Asumamos que esté usted sentado en su hogar leyendo un libro. Imagine ahora que de repente escucha una nota de un piano. Esta simple nota basta para modificar la atmósfera del lugar en que se encuentre. El elemento sonoro de la música es un agente poderoso y misterioso, en ningún caso pretendo menospreciarlo ni subestimarlo. A esto nos referimos cuando se menciona el plano sensorial de la escucha. Percibimos sonidos, se procesan rápidamente y seguimos en lo que íbamos.

¿Cuándo fue la última vez que le prestó atención al sonido de sus dedos al pasar las hojas del diario? ¿O quizá sus propios pasos cruzando sobre hojas secas en el parque Los Berros? Nuestro cerebro es tremendamente eficiente a la hora de filtrar aquellos sonidos que nos son comunes, con el propósito de limitar la información que debemos procesar y enfocar nuestra atención donde puede ser esencial para nuestra supervivencia. Por ejemplo, el sonido del motor de un auto acercándose.

Lo sorprendente es que, sin saberlo, a menudo abusamos de este nivel de escucha. Ya no solo vemos el concierto, es cierto, pero asistimos para abstraernos, utilizando la música a modo de consuelo o como vía de escape. Un concierto es un mundo ideal en el que no es necesario preocuparse por la realidad cotidiana. Desafortunadamente, tampoco nos ocupamos de la música, mas bien ésta nos permite huir, retirarnos a un lugar para soñar, con la música y debido a ella, pero sin llegar a escucharla del todo.

El nivel sensual es importante en la música, muy importante por supuesto, pero no es ni mucho menos el único.

Más allá dela simple percepción del sonido, encontramos que al invertir nuestra atención percibimos también una dimensión expresiva en la música. A pesar de que es bastante más complicado llegar a acuerdos en este entorno, podemos sin temor afirmar que la música también tiene una capacidad de expresión, de decir algo.

Es posible encontrar una dimensión expresiva en la música/Foto: Cortesía|ISMEV


FUNCIÓN DE LA MÚSICA

Toda música, en especial aquella que es capaz de sobrevivir a los constantes cambios de“gustos” generacionales, quiere decir algo. ¿Tiene la música un significado? Definitivamente sí. ¿Podría alguien explicar en pocas palabras cuál es este significado? Definitivamente no. Ahí radica la dificultad, pero también el especial deleite de un concierto. Hay tantas interpretaciones como mentes enfocadas en la música.

A esto es a lo que vamos a un concierto, a permitirle a la música bañarnos con el impacto sensorial de obras de alta factura, bien hechas. Pero también a trascender dicha experiencia y buscar con mente inquieta los posibles significados que parecen flotar en cada concierto. Muchos no estarán nunca satisfechos con esta función expedicionaria de la audición. Pretenden unos pocos que la música tenga siempre un significado tangible, y cuánto más concreto sea éste, más parece satisfacerles. Cuanto más les recuerde la música a un tren, una tormenta, un funeral o cualquier otro concepto familiar, tanto más expresiva les parecerá.

Si fuera ésta la función de la música no habría entonces tantas obras con las que regalar nuestros oídos y nuestras mentes. Tan compleja como es la gama emocional e intelectual de la humanidad, seguirá la música siempre buscando nuevas avenidas para intentar, un concierto a la vez, darnos nuevas perspectivas de descubrir quiénes somos, descubriendo qué sentía cada compositor en cada obra. Prestamos atención en un concierto porque cuando nos la regresan, viene con valor agregado, una satisfacción que no es fácil descubrir sólo viendo un concierto.

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