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Socializar la cultura

  • Diario de Xalapa
  • en Cultura

Por Manuel Velázquez

 

Las redes sociales utilizadas como herramientas para la formación de nuevos públicos proporcionan una experiencia adicional para las actividades culturales; tienen además la facultad de atraer o invitar, de informar o de educar. También “sirven para pensar” y son espacios en los cuales los deseos se convierten en demandas y en actos sociales. Las instituciones culturales tienen la necesidad de comprenderlas y de usarlas bien. Es importante reflexionar sobre su uso para inspirar y estimular al público, y ofrecer una visión diversa de la cultura. La formación de audiencias y el servicio a todos los públicos constituyen uno de los núcleos de las políticas culturales del Estado, y esto no se logra ofreciendo sólo lo que tiene más “rating”, sino una suficiente variedad de contenidos como para atender los gustos y hábitos diversos que coexisten en una sociedad. Uno de los elementos fundamentales para esto es la planificación de las estrategias de comunicación; la aplicación de principios de segmentación, selección de público-objetivo, y posicionamiento de actividades.

Dentro de las estrategias de comunicación de las instituciones culturales del Estado, las redes sociales pueden ser entendidas como un sistema de engranajes que se coordinan e interrelacionan para una mayor conexión con los públicos, privilegiando la diversidad y alejándose siempre de las ofertas hegemónicas. No obstante, que toda política cultural del Estado revele contradicciones y límites, el balance de estas acciones “plurales” de comunicación entre oferta y recepción, entre institución y sociedad, permitirá encontrar lugares de intersección y negociación para tomar en cuenta a los destinatarios de las actividades culturales.

Una política cultural del Estado debe basarse en un discurso sólido y coherente, pero sobre todo ser plural e incluyente, que asuma que la sociedad consta de grupos diferenciables, con gustos muy distintos y que buscan la variedad a lo largo del tiempo. Un error constante en la comunicación de las instituciones culturales del Estado es asumir que “todo el mundo” es un público potencial de cada una de las actividades y por tanto prestan escasa atención a las diferencias en los comportamientos o preferencias de las distintas audiencias. El problema es que de esta manera, las promociones y comunicaciones son indiscriminadas e inconsistentes, con desperdicio de recursos. De tal forma que no llegan a desarrollar estrategias para atraer a grupos específicos que tengan un interés manifiesto y reporten ventajas a la hora de comunicar los contenidos. El hecho de que la mayoría de los miembros de cualquier comunidad no acude a las actividades culturales sugiere que algo se está haciendo mal.

Históricamente, las instituciones culturales suelen ofrecer cada una de sus actividades como si fueran un “único producto” para todas las audiencias, sobre el supuesto de que esto es “democratizar la cultura”. Las instituciones culturales deben examinar los modelos que han de seguir para potenciar sus funciones comunicativas. La mejor vía para lograrlo es tener claro cuáles son los objetivos que quieren comunicar y a qué tipo de audiencias van dirigidas.

Sin duda las instituciones culturales del Estado enfrentan grandes dificultades para conceptualizar y luego aplicar la utopía de “socializar la cultura”, como lo señala García Canclini y Ana Rosas Mantecón “(…) no puede esperarse de un festival de un mes que modifique las desigualdades y tendencias en el acceso a los bienes culturales. Tampoco parece posible (…) que acciones puntuales y de corta duración cambien radicalmente las disposiciones culturales y estéticas formadas en la familia, la escuela, la colonia (…) Los ciclos de larga duración con que se mueven los gustos indican que para extender el consumo cultural y el uso de los espacios públicos hay que combinar la intensificación de las ofertas temporales con una política democratizadora de la educación y la información cotidiana, de apoyo a los lugares donde la gente se reúne o podría reunirse”.

Ordenar políticamente cada una de las acciones del Estado para una democratización de la cultura permitiría verla en toda su complejidad, en toda su pluridimensionalidad y pluridireccionalidad. Todos los procesos sociales incluyen enfrentamientos pero también negociaciones posibles sin imposiciones. Hay que pensar en “nuevas institucionalidades” y desde las políticas culturales del Estado impulsar una reflexión sobre cómo se gobiernan las instituciones. La cultura es un espacio de negociación incesante y de visibilidad de conflictos; ahí radica su fuerza y potencial para cambiar a las sociedades.

*Colaborador