/ jueves 5 de marzo de 2020

La primera lucha que El Perro libró fue por su vida

El luchador permaneció en estado de coma tras ser agredido salvajemente allá por 1972 en el puente Xallitic

El hombre iba asustado corriendo por una de las calles de esta ciudad. Eran las siete de la mañana de ese domingo 27 de agosto de 1972. Con mano temblorosa tocó insistentemente en una de las casas. “Ya voy”, gritó la señora que vivía en el número 98 de una de las calles del centro de la ciudad.

Al salir doña Gloria, el joven de oficio cargador le dijo: “Señora nos acabaron de asaltar en Xallitic a su hijo y a mí, pero a él se lo llevaron al hospital”. “A dónde se llevaron a mi hijo”, preguntó la madre casi al borde del llanto. “Al Hospital Civil”, contestó el emisario que después supieron le decían Lalo.

“Jorge despierta a tu hermano y vámonos al hospital que allá tienen a mi hijito”, dijo la señora, quien en ese entonces tenía no más de 40 años de edad.

El traslado al nosocomio no fue en taxi ni en camión, ya que en esos tiempos el dinero no era el común denominador en esa casa, las carencias eran muchas y se trasladaron a pie. Allí iba la señora a toda prisa con sus dos hijos, uno de 13 y el otro de 8.

El camino se les hizo largo, interminable y el tiempo eterno, pero al fin llegaron. De inmediato doña Gloria preguntó por su hijo a la persona de la recepción del Hospital Civil. “Está en la cama 14, pero está muy mal, sólo por un milagro se salvaría”. Esas palabras, más que una información fueron mil cuchillos que atravesaron el corazón de doña Gloria, quien presagiaba lo peor para el primero de sus cuatro hijos.

A su llegada al llamado pabellón de hombres, doña Gloria y sus hijos recorrieron las camas y no, nunca vieron a su familiar, de hecho, en la cama que había dicho el recepcionista se encontraba una persona cuyo aspecto era similar al de un sapo, hinchado del rostro que presentaba un color morado y con sondas conectadas a su nariz que terminaban en un recipiente lleno de sangre. Los tres voltearon a ver a la enfermera y ella les señaló “ese es”... “Hijo de mi vida, mira cómo te han dejado”, dijo doña Gloria mientras llorando abrazó el cuerpo deteriorado de su familiar que fue agredido por varios malvivientes, precisamente en los bajos del Puente Xallitic.

Los pronósticos no eran alentadores. El joven había perdido mucha sangre producto de los golpes propinados con piedras en el rostro y la cabeza.

Los días pasaron, no con la velocidad que en ese momento imploraba la mamá del chico estibador, a quien por cierto le decían el Perro, apodo que también ocupó en su etapa de luchador profesional

Tras varias semanas por fin llegó el día que despertó. Su cara ya no era la misma como cuando llegó, aunque las huellas de la salvaje agresión quedaron de manifiesto, como esa cicatriz cerca de su ojo izquierdo y otros racos en la cabeza.

La escena del supuesto asalto quedó grabada en su mente. A sus agresores tampoco los olvidó, de hecho, quería aplicarles ese conocido refrán de “ojo por ojo y diente por diente”.

Una ocasión me fui a meter a La Chiripa, una cantina en Francisco I: Madero y estaba uno de ellos… cuando me vio que me dice ´¿qué, no estás conforme, quieres otra madriza?´ Para que me dijo eso porque de volada que le brinco y a guamazos lo saqué de allí. El no se dejó y nos fuimos rodando hasta llegar a la calle Poeta Jesús Dîaz, allí fue donde le caí encima y ya nomás no se paró”; claro no lo golpee como ellos lo hicieron conmigo, pero al menos desquité mi coraje en ese momento dijo El Perro, luchador retirado del llamado arte del pancracio

El Perro, como muchos otros gladiadores de la ciudad xalapeña tiene su historia, especial y única. Era un luchador de genes poderosos, dueño de un cuerpo bien definido por muchos años de trabajo en el gimnasio, con pesas, sin necesidad de los llamados suplementos alimenticios, pero macizado también por su oficio de cargador allá en el mercado San José.

TRISTE NIÑEZ

Es cierto que su niñez no fue de color de rosa, al contrario desde muy chico conoció la soledad, andaba de acá para allá, incluso una vez recuerda un pasaje que jamás olvidó. “Tenía como siete años cuando me fui a meter a un tiendita que estaba en la esquina que forman las calle Sayago y Azcárate, donde estaba una televisión y que me siento para verla”.

Al rato que oigo que me gritan desde fuera, ¿saco y ora qué? me pregunté, y era mi mamá que iba con mi papá, y al verlo a él me dio mucho gusto porque no vivía con nosotros, y quise abrazarlo, pero él en respuesta que se quitó el cinturón y toda una cuadra me llevó a golpes”… guarda silencio y traga grueso, pues lo recuerda como si hubiera sido ayer, ya que tras esa golpiza sufrida hasta calentura le dio y los verdugones marcados en su cuerpecito parecía más bien producto de un castigo al estilo de la esclavitud.

Hoy a sus casi 72 años el Perro no olvida ese pasaje de su vida, ni cuando a los 11 años decidió dejar su casa buscando un horizonte que le diera una estabilidad en todos los sentidos, pero sobre todo en su mente quedaron grabados esos momentos trágicos que vivió junto a su familia cuando permaneció inconsciente por casi un mes tras la salvaje agresión de unos vándalos, y por eso y más, confiesa que vivirá agradecido con Dios y con esa fuerza que le dio la lucha libre, que construyó a un hombre casi invencible, con figura de acero y que lo ayudó a librar la batalla de su vida, ni más ni menos que ante la mismísima muerte.

El hombre iba asustado corriendo por una de las calles de esta ciudad. Eran las siete de la mañana de ese domingo 27 de agosto de 1972. Con mano temblorosa tocó insistentemente en una de las casas. “Ya voy”, gritó la señora que vivía en el número 98 de una de las calles del centro de la ciudad.

Al salir doña Gloria, el joven de oficio cargador le dijo: “Señora nos acabaron de asaltar en Xallitic a su hijo y a mí, pero a él se lo llevaron al hospital”. “A dónde se llevaron a mi hijo”, preguntó la madre casi al borde del llanto. “Al Hospital Civil”, contestó el emisario que después supieron le decían Lalo.

“Jorge despierta a tu hermano y vámonos al hospital que allá tienen a mi hijito”, dijo la señora, quien en ese entonces tenía no más de 40 años de edad.

El traslado al nosocomio no fue en taxi ni en camión, ya que en esos tiempos el dinero no era el común denominador en esa casa, las carencias eran muchas y se trasladaron a pie. Allí iba la señora a toda prisa con sus dos hijos, uno de 13 y el otro de 8.

El camino se les hizo largo, interminable y el tiempo eterno, pero al fin llegaron. De inmediato doña Gloria preguntó por su hijo a la persona de la recepción del Hospital Civil. “Está en la cama 14, pero está muy mal, sólo por un milagro se salvaría”. Esas palabras, más que una información fueron mil cuchillos que atravesaron el corazón de doña Gloria, quien presagiaba lo peor para el primero de sus cuatro hijos.

A su llegada al llamado pabellón de hombres, doña Gloria y sus hijos recorrieron las camas y no, nunca vieron a su familiar, de hecho, en la cama que había dicho el recepcionista se encontraba una persona cuyo aspecto era similar al de un sapo, hinchado del rostro que presentaba un color morado y con sondas conectadas a su nariz que terminaban en un recipiente lleno de sangre. Los tres voltearon a ver a la enfermera y ella les señaló “ese es”... “Hijo de mi vida, mira cómo te han dejado”, dijo doña Gloria mientras llorando abrazó el cuerpo deteriorado de su familiar que fue agredido por varios malvivientes, precisamente en los bajos del Puente Xallitic.

Los pronósticos no eran alentadores. El joven había perdido mucha sangre producto de los golpes propinados con piedras en el rostro y la cabeza.

Los días pasaron, no con la velocidad que en ese momento imploraba la mamá del chico estibador, a quien por cierto le decían el Perro, apodo que también ocupó en su etapa de luchador profesional

Tras varias semanas por fin llegó el día que despertó. Su cara ya no era la misma como cuando llegó, aunque las huellas de la salvaje agresión quedaron de manifiesto, como esa cicatriz cerca de su ojo izquierdo y otros racos en la cabeza.

La escena del supuesto asalto quedó grabada en su mente. A sus agresores tampoco los olvidó, de hecho, quería aplicarles ese conocido refrán de “ojo por ojo y diente por diente”.

Una ocasión me fui a meter a La Chiripa, una cantina en Francisco I: Madero y estaba uno de ellos… cuando me vio que me dice ´¿qué, no estás conforme, quieres otra madriza?´ Para que me dijo eso porque de volada que le brinco y a guamazos lo saqué de allí. El no se dejó y nos fuimos rodando hasta llegar a la calle Poeta Jesús Dîaz, allí fue donde le caí encima y ya nomás no se paró”; claro no lo golpee como ellos lo hicieron conmigo, pero al menos desquité mi coraje en ese momento dijo El Perro, luchador retirado del llamado arte del pancracio

El Perro, como muchos otros gladiadores de la ciudad xalapeña tiene su historia, especial y única. Era un luchador de genes poderosos, dueño de un cuerpo bien definido por muchos años de trabajo en el gimnasio, con pesas, sin necesidad de los llamados suplementos alimenticios, pero macizado también por su oficio de cargador allá en el mercado San José.

TRISTE NIÑEZ

Es cierto que su niñez no fue de color de rosa, al contrario desde muy chico conoció la soledad, andaba de acá para allá, incluso una vez recuerda un pasaje que jamás olvidó. “Tenía como siete años cuando me fui a meter a un tiendita que estaba en la esquina que forman las calle Sayago y Azcárate, donde estaba una televisión y que me siento para verla”.

Al rato que oigo que me gritan desde fuera, ¿saco y ora qué? me pregunté, y era mi mamá que iba con mi papá, y al verlo a él me dio mucho gusto porque no vivía con nosotros, y quise abrazarlo, pero él en respuesta que se quitó el cinturón y toda una cuadra me llevó a golpes”… guarda silencio y traga grueso, pues lo recuerda como si hubiera sido ayer, ya que tras esa golpiza sufrida hasta calentura le dio y los verdugones marcados en su cuerpecito parecía más bien producto de un castigo al estilo de la esclavitud.

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