/ viernes 26 de febrero de 2021

Mon Laferte deja su zona de confort y entra a la música regional mexicana

Abandona su zona de confort y entra al terreno de la música regional mexicana, interpreta Se me va a quemar el corazón con La Arrolladora Banda El Limón

No hace falta escuchar más de un minuto a Norma Monserrat Bustamante Laferte para saber que se está frente a una mujer bravía: “No voy a ser la policía de las letras”.

Lo advierte con esos labios carmesí que se ensalzan en sonrisas cada que habla sobre Chavela Vargas, la mujer por la que hoy está aquí, en esta entrevista, hablando sobre el nuevo camino que ha decidido tomar en su carrera: el de la música popular mexicana.

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En un mundo donde los productos culturales son sometidos a revisión quirúrgica, las rancheras salen perdiendo. Los estudios sociológicos de la UNAM, los círculos feministas —que en su mayoría apoyan a Mon— y hasta los hilos de Twitter arrojan el mismo fallo: la música regional mexicana es machista.

“Creo que uno de los géneros musicales más machistas es la música regional mexicana. Y eso incluye a la banda. A mí me gustan las canciones de José Alfredo, pero sé que hay unas que son extremadamente machistas”, reconoce la chilena. “Lo que nos queda —sugiere— es aprender cómo cambiar ese discurso sin matar una parte de nuestra cultura. Porque los instrumentos no tienen la culpa de los discursos. La música no tiene la culpa. Hoy tenemos la oportunidad de tomar la raíz de esta música hermosa para contextualizarla en el 2021 y, entonces sí, generar un discurso completamente diferente”.

Mon Laferte es una bohemia incorregible. Pocas cantan al desamor como ella, con tanta profundidad y fiereza. La culpa, quizás, la tengan Pedro Infante y José Alfredo Jiménez, voces que conoció desde muy niña gracias a su abuela.

Pese a ser considerada una de las voces más sólidas de los movimientos feministas en América Latina, Laferte reconoce el valor poético que tienen muchas canciones viejas que, a menudo, son tildadas de machistas. Pone como ejemplo Te solté la rienda de José Alfredo que, si bien habla sobre la posesión y la pertenencia, tiene ese “toque de poesía” que conecta con la condición humana más allá de los géneros.

"Por supuesto que, si nos ponemos a pensar en toda la música tradicional que tenemos, descubriremos que hay algunos discursos que están totalmente mal. En lo personal, yo no sufro al escuchar una canción de esas. Yo elijo qué escuchar y qué no. Porque luego también hay unos reguetones que dicen unas cosas… Pero tampoco voy a ser la policía de las letras. Lo importante es cambiar los discursos de ahora en adelante”, reflexiona.

EL PRECIO DE CAMBIAR

Frank Zappa, el gran outsider de la música del siglo XX, decía que la única vía para alcanzar el progreso es la desviación de las normas. Mon ya ha dado el primer paso al desviarse de las suyas. Lejos ha quedado el pop rock con el que conquistó audiencias en los últimos cinco años. Abandonó la zona de confort para entrar a un terreno nuevo, acaso más sinuoso. Al menos en lo que se refiere a las reglas del mainstream, donde la música está sujeta a variables que poco o nada tienen que ver con las convicciones de los artistas.

“Siento que toda la música que yo haga de ahora en adelante no tendrá tanta exposición porque estoy haciendo todo lo contrario a lo que se supone que tendría que hacer como una artista del mainstream. Pero me la paso bien”, asegura.

Los pasajes armónicos que recordaban a Los Ángeles Negros o aquellos ritmos latinos que la colaron entre los círculos feministas, se han transformado en canciones que bien podrían amenizar cualquier película mexicana de la Época de Oro.

Su más reciente sencillo, Se me va a quemar el corazón, es una ranchera de lo más tradicional, sin mayor armonización que una guitarra acústica. Su voz, por momentos, recuerda a Chavela Vargas.

“Tengo que ser muy honesta. Empecé a escribir este álbum porque me puse a escuchar a profundidad a Chavela durante la pandemia, en mis noches libres de silencio absoluto, con una copita de vino", dice. Y reconoce que, antes, sólo conocía a la Chavela que interpretaba canciones de José Alfredo, pero con el tiempo descubrió que también era una artista independiente de altos vuelos, que nada le pedía a las grandes figuras masculinas de la época.

Lo que no conocía era la música banda. La escuchó por primera vez en una gira en Mazatlán. Allí se metió a un bar y vio salir a una docena de tipos con tubas, trombones, clarinetes, trompetas, platillos y tamboras. “Fue alucinante”, recuerda. “Pero lo que me llamó más la atención es que no hay muchas mujeres dentro del género, sobre todo en el norte, porque en el sur sí hay más presencia. Las mujeres no han podido ser partícipes del movimiento y, seguramente, debe haber muchas que quieren hacer este tipo de música”.

Fue por ello que decidió grabar su canción Se me va a quemar el corazón al ritmo de banda, con la colaboración de La Arrolladora Banda el Limón.

Y aunque en el video —ya disponible en YouTube— suena una Mon completamente diferente, su estética kitsch se mantiene, pero sobre todo la capacidad transgresora que aprendió de Chavela Vargas, su “inspiración total”, la que “rompió el molde de lo que la sociedad espera que seamos las mujeres”.

No hace falta escuchar más de un minuto a Norma Monserrat Bustamante Laferte para saber que se está frente a una mujer bravía: “No voy a ser la policía de las letras”.

Lo advierte con esos labios carmesí que se ensalzan en sonrisas cada que habla sobre Chavela Vargas, la mujer por la que hoy está aquí, en esta entrevista, hablando sobre el nuevo camino que ha decidido tomar en su carrera: el de la música popular mexicana.

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En un mundo donde los productos culturales son sometidos a revisión quirúrgica, las rancheras salen perdiendo. Los estudios sociológicos de la UNAM, los círculos feministas —que en su mayoría apoyan a Mon— y hasta los hilos de Twitter arrojan el mismo fallo: la música regional mexicana es machista.

“Creo que uno de los géneros musicales más machistas es la música regional mexicana. Y eso incluye a la banda. A mí me gustan las canciones de José Alfredo, pero sé que hay unas que son extremadamente machistas”, reconoce la chilena. “Lo que nos queda —sugiere— es aprender cómo cambiar ese discurso sin matar una parte de nuestra cultura. Porque los instrumentos no tienen la culpa de los discursos. La música no tiene la culpa. Hoy tenemos la oportunidad de tomar la raíz de esta música hermosa para contextualizarla en el 2021 y, entonces sí, generar un discurso completamente diferente”.

Mon Laferte es una bohemia incorregible. Pocas cantan al desamor como ella, con tanta profundidad y fiereza. La culpa, quizás, la tengan Pedro Infante y José Alfredo Jiménez, voces que conoció desde muy niña gracias a su abuela.

Pese a ser considerada una de las voces más sólidas de los movimientos feministas en América Latina, Laferte reconoce el valor poético que tienen muchas canciones viejas que, a menudo, son tildadas de machistas. Pone como ejemplo Te solté la rienda de José Alfredo que, si bien habla sobre la posesión y la pertenencia, tiene ese “toque de poesía” que conecta con la condición humana más allá de los géneros.

"Por supuesto que, si nos ponemos a pensar en toda la música tradicional que tenemos, descubriremos que hay algunos discursos que están totalmente mal. En lo personal, yo no sufro al escuchar una canción de esas. Yo elijo qué escuchar y qué no. Porque luego también hay unos reguetones que dicen unas cosas… Pero tampoco voy a ser la policía de las letras. Lo importante es cambiar los discursos de ahora en adelante”, reflexiona.

EL PRECIO DE CAMBIAR

Frank Zappa, el gran outsider de la música del siglo XX, decía que la única vía para alcanzar el progreso es la desviación de las normas. Mon ya ha dado el primer paso al desviarse de las suyas. Lejos ha quedado el pop rock con el que conquistó audiencias en los últimos cinco años. Abandonó la zona de confort para entrar a un terreno nuevo, acaso más sinuoso. Al menos en lo que se refiere a las reglas del mainstream, donde la música está sujeta a variables que poco o nada tienen que ver con las convicciones de los artistas.

“Siento que toda la música que yo haga de ahora en adelante no tendrá tanta exposición porque estoy haciendo todo lo contrario a lo que se supone que tendría que hacer como una artista del mainstream. Pero me la paso bien”, asegura.

Los pasajes armónicos que recordaban a Los Ángeles Negros o aquellos ritmos latinos que la colaron entre los círculos feministas, se han transformado en canciones que bien podrían amenizar cualquier película mexicana de la Época de Oro.

Su más reciente sencillo, Se me va a quemar el corazón, es una ranchera de lo más tradicional, sin mayor armonización que una guitarra acústica. Su voz, por momentos, recuerda a Chavela Vargas.

“Tengo que ser muy honesta. Empecé a escribir este álbum porque me puse a escuchar a profundidad a Chavela durante la pandemia, en mis noches libres de silencio absoluto, con una copita de vino", dice. Y reconoce que, antes, sólo conocía a la Chavela que interpretaba canciones de José Alfredo, pero con el tiempo descubrió que también era una artista independiente de altos vuelos, que nada le pedía a las grandes figuras masculinas de la época.

Lo que no conocía era la música banda. La escuchó por primera vez en una gira en Mazatlán. Allí se metió a un bar y vio salir a una docena de tipos con tubas, trombones, clarinetes, trompetas, platillos y tamboras. “Fue alucinante”, recuerda. “Pero lo que me llamó más la atención es que no hay muchas mujeres dentro del género, sobre todo en el norte, porque en el sur sí hay más presencia. Las mujeres no han podido ser partícipes del movimiento y, seguramente, debe haber muchas que quieren hacer este tipo de música”.

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