/ domingo 13 de septiembre de 2020

Alberto, la calle y la esperanza | Relatos dominicales

En esta ocasión Miguel Valera nos comenta sobre la historia de un muchacho muy inquieto que tiene aventuras en las calles de Xalapa

Hace unos días me encontré con Alberto. Su rostro desencajado me dejó entrever sus preocupaciones de la vida. Noté un color de muerte en su piel.

¿Para dónde vas?, le pregunté. —Para viejo, me contestó, para morirme. Me lo dijo tan natural, de una manera tan cotidiana que ya no me sorprendió, porque tenía razón, ¿quién no va rumbo a la muerte?

Ese día salí de casa bajo una llovizna un tanto desagradable. El cielo gris y las grandes ramas de la calle me hacían ver, más que nubes, aves circundando mi cabeza y no es que sea supersticioso.

Llegué a la esquina donde doña Remedios tiene un puesto de fruta vieja. Pobrecilla, la situación está tan difícil y las cosas en el mercado tan caras, que a ella no le da para renovar su fruta aunque sea una vez a la semana. Hasta que termina el último plátano ya renegrido, regresa al mercado. Algunas veces pide fiado y otras, algunos de los familiares que por cierto poco la vistan le dan algunas monedas para comprar algo de comida. Ella prefiere invertirlo en algunas frutas del mercado y total, por buscar la ganancia, deja de comer dos días.

Al llegar a la primera acera me encontré con Alberto, un muchacho muy inquieto, de esos que saben de la vida más que uno, porque han vivido en la calle. Recuerdo el día en que lo conocí… malabareaba en una de las rúas céntricas. Apenas usaba dos naranjas y unas líneas de pintura en la cara. Ahora es todo un experto, malabarea con tres estacas de fuego, se pinta la cara con mucho estilo.

Pero eso sí, ha aprendido a cuidarse: dice que el cemento, el thiner y todas esas cosas que te alejan de aquí por un rato, embotan la cabeza. ¡Te amensan! No ha logrado librarse de todos los peligros que acechan en la calle, pero al menos va sobreviviendo.

Dice que una de las cosas que más detesta es el encuentro con los policías, ya que siempre le quitan los pocos centavos que ha ganado, dizque porque no tiene por qué andar en la calle; da muy mala imagen a la ciudad, llena de plantas, flores y monumentos.

Él no entiende mucho el por qué hacen eso, pero ni modo, cada vez que puede mejor se les escapa. Cuando lo logran atrapar, después de darle algunos golpes y amenazarlo, se lo llevan a una ciudad cercana a esta, dizque a un orfanatorio para niños de la calle. Ahí espera una señora de cara agria y hosca, quien le hace mil preguntas. Le indica que van a investigar su caso y mientras eso pasa lo dejan unos días en ese lugar que más bien parece cárcel para menores con un nombre rimbombante que ni él puede pronunciar: algo así de tutela, dice.

Siempre ha logrado escapar de ese lugar y regresa a su oficio, al menos aquí puede correr al aire libre, sin presiones de caras enojadas y amargadas. Asegura que en ocasiones ha tenido que dormir en unos cafetales que están por Los Lagos, sólo por escabullirse de algunos policías que rondan hasta altas horas, para presionarlo.

También tiene que lidiar con las pequeñas bandas organizadas de muchachos que si bien no son propiamente de la calle, quieren tener dominio sobre su colonia o barrio. Algunas veces ha logrado hacer amistad con ellos, pero otras, también ha tenido que salir corriendo. Su vida pasa entre el grito, la angustia, el sudor de una carrera prolongada y las miradas compasivas o desagradables de aquellas personas a quienes les pide unas monedas.

Con todo, siempre noté un hilillo de felicidad en su cara, en su alma: después de todo no me va tan mal, siempre saco algunos pesos de más: para un chicle, o un helado, de esos de plástico que venden ahí en Lucio.

La preocupación de Alberto gira en torno a su sustento diario. Sus pensares no se ocupan de otra cosa más que de lograr sobrevivir en esta ciudad, que como en todas hay seres humanos egoístas y está llena de injusticias.

Hace apenas unos días, Alberto me contó que conoció a su madre y el lugar donde vivía. No le interesó visitarla, porque al final de cuentas ella lo abandonó desde que tenía cinco años, porque el hombre con el que vivía no le gustaba que tuviera “un hijo”.

El día que decidió visitarla ella apenas y lo reconoció, no cruzaron muchas palabras; ese día recuerda que le invitó un pedazo de bolillo duro y una taza de agua caliente con un poco de café en polvo.

Al escucharlo, un escalofrío recorre mi cuerpo: no se inmuta, parece que no tiene sentimientos. Parece que en vez de corazón tiene un pedazo de hielo ahí en el pecho. La vida no le dio otra opción.

A pesar de su insensibilidad golpeada por la acera de la calle, él se siente comprometido por sobrevivir. Dice que logrará salir adelante y que lo mejor que tiene es la vida que corre por sus brazos, por sus piernas y que le hace ganarse el sustento diario

Hace unos días me encontré con Alberto. Su rostro desencajado me dejó entrever sus preocupaciones de la vida. Noté un color de muerte en su piel.

¿Para dónde vas?, le pregunté. —Para viejo, me contestó, para morirme. Me lo dijo tan natural, de una manera tan cotidiana que ya no me sorprendió, porque tenía razón, ¿quién no va rumbo a la muerte?

Ese día salí de casa bajo una llovizna un tanto desagradable. El cielo gris y las grandes ramas de la calle me hacían ver, más que nubes, aves circundando mi cabeza y no es que sea supersticioso.

Llegué a la esquina donde doña Remedios tiene un puesto de fruta vieja. Pobrecilla, la situación está tan difícil y las cosas en el mercado tan caras, que a ella no le da para renovar su fruta aunque sea una vez a la semana. Hasta que termina el último plátano ya renegrido, regresa al mercado. Algunas veces pide fiado y otras, algunos de los familiares que por cierto poco la vistan le dan algunas monedas para comprar algo de comida. Ella prefiere invertirlo en algunas frutas del mercado y total, por buscar la ganancia, deja de comer dos días.

Al llegar a la primera acera me encontré con Alberto, un muchacho muy inquieto, de esos que saben de la vida más que uno, porque han vivido en la calle. Recuerdo el día en que lo conocí… malabareaba en una de las rúas céntricas. Apenas usaba dos naranjas y unas líneas de pintura en la cara. Ahora es todo un experto, malabarea con tres estacas de fuego, se pinta la cara con mucho estilo.

Pero eso sí, ha aprendido a cuidarse: dice que el cemento, el thiner y todas esas cosas que te alejan de aquí por un rato, embotan la cabeza. ¡Te amensan! No ha logrado librarse de todos los peligros que acechan en la calle, pero al menos va sobreviviendo.

Dice que una de las cosas que más detesta es el encuentro con los policías, ya que siempre le quitan los pocos centavos que ha ganado, dizque porque no tiene por qué andar en la calle; da muy mala imagen a la ciudad, llena de plantas, flores y monumentos.

Él no entiende mucho el por qué hacen eso, pero ni modo, cada vez que puede mejor se les escapa. Cuando lo logran atrapar, después de darle algunos golpes y amenazarlo, se lo llevan a una ciudad cercana a esta, dizque a un orfanatorio para niños de la calle. Ahí espera una señora de cara agria y hosca, quien le hace mil preguntas. Le indica que van a investigar su caso y mientras eso pasa lo dejan unos días en ese lugar que más bien parece cárcel para menores con un nombre rimbombante que ni él puede pronunciar: algo así de tutela, dice.

Siempre ha logrado escapar de ese lugar y regresa a su oficio, al menos aquí puede correr al aire libre, sin presiones de caras enojadas y amargadas. Asegura que en ocasiones ha tenido que dormir en unos cafetales que están por Los Lagos, sólo por escabullirse de algunos policías que rondan hasta altas horas, para presionarlo.

También tiene que lidiar con las pequeñas bandas organizadas de muchachos que si bien no son propiamente de la calle, quieren tener dominio sobre su colonia o barrio. Algunas veces ha logrado hacer amistad con ellos, pero otras, también ha tenido que salir corriendo. Su vida pasa entre el grito, la angustia, el sudor de una carrera prolongada y las miradas compasivas o desagradables de aquellas personas a quienes les pide unas monedas.

Con todo, siempre noté un hilillo de felicidad en su cara, en su alma: después de todo no me va tan mal, siempre saco algunos pesos de más: para un chicle, o un helado, de esos de plástico que venden ahí en Lucio.

La preocupación de Alberto gira en torno a su sustento diario. Sus pensares no se ocupan de otra cosa más que de lograr sobrevivir en esta ciudad, que como en todas hay seres humanos egoístas y está llena de injusticias.

Hace apenas unos días, Alberto me contó que conoció a su madre y el lugar donde vivía. No le interesó visitarla, porque al final de cuentas ella lo abandonó desde que tenía cinco años, porque el hombre con el que vivía no le gustaba que tuviera “un hijo”.

El día que decidió visitarla ella apenas y lo reconoció, no cruzaron muchas palabras; ese día recuerda que le invitó un pedazo de bolillo duro y una taza de agua caliente con un poco de café en polvo.

Al escucharlo, un escalofrío recorre mi cuerpo: no se inmuta, parece que no tiene sentimientos. Parece que en vez de corazón tiene un pedazo de hielo ahí en el pecho. La vida no le dio otra opción.

A pesar de su insensibilidad golpeada por la acera de la calle, él se siente comprometido por sobrevivir. Dice que logrará salir adelante y que lo mejor que tiene es la vida que corre por sus brazos, por sus piernas y que le hace ganarse el sustento diario

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