/ domingo 28 de junio de 2020

Conoce la historia de don Beto, el indigente de Los Lagos

"A nadie le gusta ver a un jodido viviendo en la calle", dijo don Beto

Fue un 3 de diciembre, día de San Francisco Javier, cuando llegamos a La Caña, en el paseo de Los Lagos, para tomar una cerveza y disfrutar las mejores salchichas alemanas que se pueden conseguir en toda la región.

Mi acompañante iba deseoso de conocer a “Don Beto” y le llevaba entre otros regalos, un silbato nuevo y un chaleco fosforescente. —Le voy a regalar este chaleco, porque como me comentaste, “Don Beto” hace labores de agente de tránsito en este punto de la calle Atletas y a su edad es mejor que se proteja para que no lo vayan a atropellar, me dijo, mostrándome el envoltorio, con motivos navideños. Nos sentamos afuera de La Caña y antes de que llegaran las salchichas, el olor de quesadillas, esquites, pozoles y empanadas inundó nuestros sentidos. Enfrente, en las famosas pizzas de Los Lagos, cientos de xalapeños se arremolinaban para comprar, mientras heladeros anunciaban sus sabores y una peregrinación de familias salía del tradicional paseo citadino.

II

Sí, mire, le dije a mi querido amigo. Aquí vive Don Beto. Tiene 80 años y decidió quedarse a vivir aquí, junto a La Caña, en un camastro que coloca en la noche y levanta por la mañana, junto con cobijas viejas y bolsas con sus pertenencias, para colocarlas debajo del árbol que le cubren del sol o de la lluvia. Como las aves evangélicas, que no siembran ni cosechan, a Don Beto no le preocupa acumular ni tener, él vive de la Providencia, de la comida que le regalan los vecinos o las monedas que le dan los miles de visitantes que llegan a Los Lagos, le dije, repitiendo una vieja descripción que hice de él en otro tiempo. Don Beto no lleva una lamparita encendida —como Diógenes de Sínope, buscando hombres honestos— pero sí un silbato de agente de tránsito, para brindar un servicio a la comunidad. Como el viejo Diógenes del Mar Negro, don Beto ha decidido vivir sin apego a las cosas materiales y lo único que le pide a la gente es que no le tapen el sol que todos los días cobija y entibia su cuerpo.

III

Un día me contó que desde muy joven trabajó duro e hizo varios negocios. Llegó a tener 22 millones de pesos, pero su madre los perdió. Se quedó sin nada, incluyendo la casa en donde pasó su infancia, porque al morir su mamá, quedó intestada. Ese día que platiqué con él me dio una gran lección, porque le pregunté sobre la mirada de la gente. Sus ojillos vivaces me escudriñaron, cuando le lancé esa pregunta. “Mira Miguel. A mí no me da pena estar aquí. Así decidí vivir y mi historia es muy larga para contártela, pero lo que sí te puedo decir es que a la gente sí le da pena verme aquí”. —¿Qué siente?, ¿qué pasa por su cabeza cuando lo ven? “Muchos me ven bien, me saludan, me traen comida, me regalan cosas, algunas monedas y hasta me han llevado a cortar el cabello, pero a muchos otros no les gusta verme aquí. ¿A quién le gusta ver a un jodido? ¿A quién le gusta ver a un pobre? Seamos sinceros, a nadie, nosotros, los indigentes, afeamos el paisaje y la gente nos voltea la mirada. Esa es la verdad. En todas las ciudades hay indigentes aquí y allá y para muchos somos como la peste. La gente huye de ellos.

IV

—Oye, me dijo mi amigo, qué lección más grande nos ha dado ese hombre. —Su vida es una lección, le contesté. Pero espere, ya no va a tardar, ahorita usted personalmente lo va a conocer. Me extrañó no verlo; en la banqueta de la calle Atletas me sorprendió ver algunas velas, veladoras, estampas religiosas y flores en el suelo.

—Oiga, ¿qué pasó, por qué este pequeño altar?, le pregunté a las señoritas que apresuradamente despachaban quesadillas estilo Oaxaca. —¿No supo? Se murió don Beto. Sí, hace algunos días se sintió mal y al parecer una de sus hermanas se lo llevó al hospital y nos avisaron que se murió. De inmediato le informé a mi amigo que ya no podría conocer a Don Beto ni podría entregarle los regalos que ese día llevaba para él, porque se había ido. Nos quedamos en silencio, como elevando una oración por su alma y luego de tomar dos cervezas y un platón de salchichas nos despedimos frente al altar que pusieron en su honor, recordando su fugaz presencia entre nosotros.

Fue un 3 de diciembre, día de San Francisco Javier, cuando llegamos a La Caña, en el paseo de Los Lagos, para tomar una cerveza y disfrutar las mejores salchichas alemanas que se pueden conseguir en toda la región.

Mi acompañante iba deseoso de conocer a “Don Beto” y le llevaba entre otros regalos, un silbato nuevo y un chaleco fosforescente. —Le voy a regalar este chaleco, porque como me comentaste, “Don Beto” hace labores de agente de tránsito en este punto de la calle Atletas y a su edad es mejor que se proteja para que no lo vayan a atropellar, me dijo, mostrándome el envoltorio, con motivos navideños. Nos sentamos afuera de La Caña y antes de que llegaran las salchichas, el olor de quesadillas, esquites, pozoles y empanadas inundó nuestros sentidos. Enfrente, en las famosas pizzas de Los Lagos, cientos de xalapeños se arremolinaban para comprar, mientras heladeros anunciaban sus sabores y una peregrinación de familias salía del tradicional paseo citadino.

II

Sí, mire, le dije a mi querido amigo. Aquí vive Don Beto. Tiene 80 años y decidió quedarse a vivir aquí, junto a La Caña, en un camastro que coloca en la noche y levanta por la mañana, junto con cobijas viejas y bolsas con sus pertenencias, para colocarlas debajo del árbol que le cubren del sol o de la lluvia. Como las aves evangélicas, que no siembran ni cosechan, a Don Beto no le preocupa acumular ni tener, él vive de la Providencia, de la comida que le regalan los vecinos o las monedas que le dan los miles de visitantes que llegan a Los Lagos, le dije, repitiendo una vieja descripción que hice de él en otro tiempo. Don Beto no lleva una lamparita encendida —como Diógenes de Sínope, buscando hombres honestos— pero sí un silbato de agente de tránsito, para brindar un servicio a la comunidad. Como el viejo Diógenes del Mar Negro, don Beto ha decidido vivir sin apego a las cosas materiales y lo único que le pide a la gente es que no le tapen el sol que todos los días cobija y entibia su cuerpo.

III

Un día me contó que desde muy joven trabajó duro e hizo varios negocios. Llegó a tener 22 millones de pesos, pero su madre los perdió. Se quedó sin nada, incluyendo la casa en donde pasó su infancia, porque al morir su mamá, quedó intestada. Ese día que platiqué con él me dio una gran lección, porque le pregunté sobre la mirada de la gente. Sus ojillos vivaces me escudriñaron, cuando le lancé esa pregunta. “Mira Miguel. A mí no me da pena estar aquí. Así decidí vivir y mi historia es muy larga para contártela, pero lo que sí te puedo decir es que a la gente sí le da pena verme aquí”. —¿Qué siente?, ¿qué pasa por su cabeza cuando lo ven? “Muchos me ven bien, me saludan, me traen comida, me regalan cosas, algunas monedas y hasta me han llevado a cortar el cabello, pero a muchos otros no les gusta verme aquí. ¿A quién le gusta ver a un jodido? ¿A quién le gusta ver a un pobre? Seamos sinceros, a nadie, nosotros, los indigentes, afeamos el paisaje y la gente nos voltea la mirada. Esa es la verdad. En todas las ciudades hay indigentes aquí y allá y para muchos somos como la peste. La gente huye de ellos.

IV

—Oye, me dijo mi amigo, qué lección más grande nos ha dado ese hombre. —Su vida es una lección, le contesté. Pero espere, ya no va a tardar, ahorita usted personalmente lo va a conocer. Me extrañó no verlo; en la banqueta de la calle Atletas me sorprendió ver algunas velas, veladoras, estampas religiosas y flores en el suelo.

—Oiga, ¿qué pasó, por qué este pequeño altar?, le pregunté a las señoritas que apresuradamente despachaban quesadillas estilo Oaxaca. —¿No supo? Se murió don Beto. Sí, hace algunos días se sintió mal y al parecer una de sus hermanas se lo llevó al hospital y nos avisaron que se murió. De inmediato le informé a mi amigo que ya no podría conocer a Don Beto ni podría entregarle los regalos que ese día llevaba para él, porque se había ido. Nos quedamos en silencio, como elevando una oración por su alma y luego de tomar dos cervezas y un platón de salchichas nos despedimos frente al altar que pusieron en su honor, recordando su fugaz presencia entre nosotros.

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