/ domingo 15 de diciembre de 2019

Historia dominical: la chica tuxpeña y el sacerdote

En esta historia, Miguel Valera cuenta del amor entre dos jovencitos y cómo interviene un sacerdote

I. Fue una tarde de verano, cuando con el aire fresco del malecón algo se les metió entre el cuerpo y el alma. Los viejos dicen que en ese filo de la existencia está el corazón, pero que es como un barranco, un espacio límite desde donde puedes disfrutar del maravilloso paisaje de la vida o te puedes ir al abismo.

No lo sé, yo solo sé que Paulina tenía 15 y Juan Carlos 16. Se enamoraron perdidamente. Al salir del Telebachillerato Buenos Aires se perdían en los rincones de la ciudad, se metían a los mercados, pasaban al Parque Reforma por un Timbakey con don Pepe.

“Son los mejores”, decía Pau, al pedirle, sonriente, que le pusiera un poco más de “lechera” a esta bebida refrescante preparada con leche “clavel”, plátano, hielo picado y “grosella”, el ingrediente mágico. Compraban dos y se iban corriendo al malecón.

Ahí, buscaban a don Neto, un pescador gruñón, sobreviviente de un naufragio, quien desde entonces, al ver de frente la muerte, se enamoró de la vida. Por unos cuantos pesos, don Neto les daba un paseo en su vieja lancha y los llevaba al otro lado del río, a Santiago de la Peña.

La brisa de la tarde acariciaba sus rostros jóvenes y don Neto se volteaba mirando hacia la ciudad, mientras ellos disfrutaban en sus bocas el sabor de la lechera, la grosella y el plátano machacado. Era una explosión de sabores que columpiaba sus cuerpos en el abismo de la felicidad.

En Santiago de la Peña, muy cerca del Museo dedicado a Fidel Castro, a Cuba y al mítico yate Granma, se metían a una casa que había sido parte de una finca de los padres de JC. Bajo la sombra de palmeras y pinos, Pau y JC exploraban sus cuerpos y fundían sus almas en besos y caricias que detenían el tiempo en un eterno atardecer.

II. Cuando don Marcos, su padre, le dijo ese domingo de Ramos que tenía que confesarse, Pau se resistió. ¿Cómo iba a contaminar con el pecado del confesionario el amor limpio, puro, de adolescente que tenía con JC? ¿Cómo podría arrepentirse del amor? ¿Cómo pedir perdón de algo que disfrutaba? Confesarse era negar a JC y aceptar que sus cuerpos estaban sucios, corrompidos por el deseo, el placer y la concupiscencia.

—Ya es Semana Santa, tenemos que confesarnos una vez al año, le decía su papá, un hombre recio, cuyos padres habían montado, roca sobre roca, el edifico de la Catedral de Nuestra Señora de la Asunción. —Tienes hasta el miércoles o si no te voy a prohibir que sigas saliendo con el hijo de don Mencho. Ese muchachito no me gusta mucho. No vayas a hacer tonterías, le replicaba.

Pasó el lunes, el martes y llegó el miércoles santo. Tímida, ruborizada, se acercó al confesionario del padre Andrés, un hombre maduro, fornido, quien era el párroco de la Catedral.

Ahí, en la intimidad, le contó del amor que sentía por JC y de cómo, en la Finca de Santiago de la Peña, se habían jurado amor eterno, mientras fundían sus cuerpos excitados y sudorosos.

Ella esperaba un regaño, una condena del sacerdote, pero no fue así. Le acarició las manos. —Eso no es malo, mija. Dios nos dio el cuerpo para que disfrutemos la vida. Tú estate tranquila, pero de penitencia te voy a pedir que vengas a ayudarme en las labores de la iglesia, ya sabes que en estos días hay mucho trabajo. Mañana quiero que seas uno de los apóstoles a quienes Jesús les lavó los pies.

Al otro día, cubierta con una túnica, Pau sintió las manos suaves del sacerdote en sus pies. Ahí estaba, al lado de 11 jóvenes, cumpliendo el rito de la última cena. Quiero que te quedes al final, le dijo el cura. Le comenté a don Marcos que haremos una jornada de oración, que no se preocupe. Cuando los feligreses se fueron, la llevó a la cocina. —Padre, pero ¿no vamos a rezar? —No, le contestó el cura, primero quiero que cenemos algo, pero mira, además hoy tengo una botella de vino. —No, padre, cómo cree, yo no tomo.

La Biblia permite que tomemos vino y mira lo que dice El cantar de los cantares: “¡Que me bese ardientemente con su boca! Porque tus amores son más deliciosos que el vino”, le leyó mientras le servía una y otra y otra copa de vino.

De los versos bíblicos, al vino, la cena y sus palabras, el padre Andrés la llevó a las caricias y a los besos, a pesar de sus resistencias. Ella no supo qué pasó y terminó en la cama de la casa parroquial con un fuerte dolor de cabeza. Salió corriendo y llorando del templo, con una resaca de angustia, confusión, coraje y dolor.

A los pocos meses, cuando don Marcos supo que su hija de 15 años estaba embarazada, se enfureció, tomó el rifle de acería que le había heredado su padre, llegó a la casa de don Mencho y lo descargó en el cuerpo de JC. Ese día, Pau perdió la mirada en un horizonte vacío del que nadie la pudo sacar. Don Marcos aún purga la condena en la cárcel y el cura sigue en la iglesia, predicando el amémonos los unos a los otros.

I. Fue una tarde de verano, cuando con el aire fresco del malecón algo se les metió entre el cuerpo y el alma. Los viejos dicen que en ese filo de la existencia está el corazón, pero que es como un barranco, un espacio límite desde donde puedes disfrutar del maravilloso paisaje de la vida o te puedes ir al abismo.

No lo sé, yo solo sé que Paulina tenía 15 y Juan Carlos 16. Se enamoraron perdidamente. Al salir del Telebachillerato Buenos Aires se perdían en los rincones de la ciudad, se metían a los mercados, pasaban al Parque Reforma por un Timbakey con don Pepe.

“Son los mejores”, decía Pau, al pedirle, sonriente, que le pusiera un poco más de “lechera” a esta bebida refrescante preparada con leche “clavel”, plátano, hielo picado y “grosella”, el ingrediente mágico. Compraban dos y se iban corriendo al malecón.

Ahí, buscaban a don Neto, un pescador gruñón, sobreviviente de un naufragio, quien desde entonces, al ver de frente la muerte, se enamoró de la vida. Por unos cuantos pesos, don Neto les daba un paseo en su vieja lancha y los llevaba al otro lado del río, a Santiago de la Peña.

La brisa de la tarde acariciaba sus rostros jóvenes y don Neto se volteaba mirando hacia la ciudad, mientras ellos disfrutaban en sus bocas el sabor de la lechera, la grosella y el plátano machacado. Era una explosión de sabores que columpiaba sus cuerpos en el abismo de la felicidad.

En Santiago de la Peña, muy cerca del Museo dedicado a Fidel Castro, a Cuba y al mítico yate Granma, se metían a una casa que había sido parte de una finca de los padres de JC. Bajo la sombra de palmeras y pinos, Pau y JC exploraban sus cuerpos y fundían sus almas en besos y caricias que detenían el tiempo en un eterno atardecer.

II. Cuando don Marcos, su padre, le dijo ese domingo de Ramos que tenía que confesarse, Pau se resistió. ¿Cómo iba a contaminar con el pecado del confesionario el amor limpio, puro, de adolescente que tenía con JC? ¿Cómo podría arrepentirse del amor? ¿Cómo pedir perdón de algo que disfrutaba? Confesarse era negar a JC y aceptar que sus cuerpos estaban sucios, corrompidos por el deseo, el placer y la concupiscencia.

—Ya es Semana Santa, tenemos que confesarnos una vez al año, le decía su papá, un hombre recio, cuyos padres habían montado, roca sobre roca, el edifico de la Catedral de Nuestra Señora de la Asunción. —Tienes hasta el miércoles o si no te voy a prohibir que sigas saliendo con el hijo de don Mencho. Ese muchachito no me gusta mucho. No vayas a hacer tonterías, le replicaba.

Pasó el lunes, el martes y llegó el miércoles santo. Tímida, ruborizada, se acercó al confesionario del padre Andrés, un hombre maduro, fornido, quien era el párroco de la Catedral.

Ahí, en la intimidad, le contó del amor que sentía por JC y de cómo, en la Finca de Santiago de la Peña, se habían jurado amor eterno, mientras fundían sus cuerpos excitados y sudorosos.

Ella esperaba un regaño, una condena del sacerdote, pero no fue así. Le acarició las manos. —Eso no es malo, mija. Dios nos dio el cuerpo para que disfrutemos la vida. Tú estate tranquila, pero de penitencia te voy a pedir que vengas a ayudarme en las labores de la iglesia, ya sabes que en estos días hay mucho trabajo. Mañana quiero que seas uno de los apóstoles a quienes Jesús les lavó los pies.

Al otro día, cubierta con una túnica, Pau sintió las manos suaves del sacerdote en sus pies. Ahí estaba, al lado de 11 jóvenes, cumpliendo el rito de la última cena. Quiero que te quedes al final, le dijo el cura. Le comenté a don Marcos que haremos una jornada de oración, que no se preocupe. Cuando los feligreses se fueron, la llevó a la cocina. —Padre, pero ¿no vamos a rezar? —No, le contestó el cura, primero quiero que cenemos algo, pero mira, además hoy tengo una botella de vino. —No, padre, cómo cree, yo no tomo.

La Biblia permite que tomemos vino y mira lo que dice El cantar de los cantares: “¡Que me bese ardientemente con su boca! Porque tus amores son más deliciosos que el vino”, le leyó mientras le servía una y otra y otra copa de vino.

De los versos bíblicos, al vino, la cena y sus palabras, el padre Andrés la llevó a las caricias y a los besos, a pesar de sus resistencias. Ella no supo qué pasó y terminó en la cama de la casa parroquial con un fuerte dolor de cabeza. Salió corriendo y llorando del templo, con una resaca de angustia, confusión, coraje y dolor.

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