/ viernes 4 de octubre de 2019

No hay que amargarse, la vida es hermosa, dice señora que ha vivido 103 años

De su familia es la única que permanece con vida, hecho que, además de causarle alegría, le genera sorpresa

Xalapa, Ver.- Disfrutar la vida como si no hubiera mañana y hacer que cada día valga la pena es la fórmula que Elenita ha usado para llegar hoy a su cumpleaños número 103.

Al disfrutar de un café lechero acompañado de una canilla, como lo ha hecho desde hace varios años, decide compartir parte de su historia.

“Qué bonita es la vida”, es la primera frase que menciona tras dar las gracias por compartir con ella la mesa, seguido de eso suelta una gran sonrisa con la que invita a poner atención a cada una de sus palabras.

Tener una plática con ella es una provocación a la imaginación, pues a pesar de tener más de un siglo de vida su memoria es tan lúcida que trae a la actualidad hechos que sucedieron cuando apenas habría cumplido tres años.

Su nombre de pila es Francisca Elena Barradas Aguilar, pero todos los que la conocen y le tiene aprecio la llaman Elenita, pues es una forma de demostrarle amor y respeto.

La conversación es amena, sobre todo porque su forma de hacer visible que aunque en ocasiones las circunstancias de la vida sean adversas, éstas deben resolverse de la mejor manera posible.

La vida es hermosa, no entiendo cómo es que algunas personas deciden quitársela, cuando la deberían disfrutar a cada momento

Nacida en Otates, municipio de Actopan en una familia compuesta por Manuel Barradas y María Aguilar, agradece a Dios diariamente por cada época que ha pasado, pues asegura que desde que era una pequeña fue feliz y muy amada.

Siendo la segunda de los seis hijos de familia, es la única que permanece con vida, hecho que, además de causarle alegría, le genera sorpresa porque asegura que no tiene ninguna receta o “truco mágico”.

Sin embargo, a lo largo de su vida sí ha cuidado su alimentación, por lo que no consume carnes rojas o productos procesados y contrario a ello hace uso de productos orgánicos.

Acostumbrada a trabajar desde pequeña, relata que cuando cumplió nueve años inició a colaborar con los quehaceres del hogar y a partir de los once años en las labores de la cocina en los que se incluía moler en el metate el nixtamal para la preparación de las tortillas.

Foto: Eduardo Murillo

Pero su mayor trabajo y aquel que le dio reconocimientos de sus clientes, así como los recursos para poder sostener a sus dos hijos fue la costura, actividad que aprendió a través de la observación.

Al visitar a una de sus primas, la cual vivía en Coatepec, se dio cuenta de que la costura sería la actividad a la que se dedicaría por más de 60 años.

Yo aprendí viendo, nunca pregunté nada, nada más veía cómo la costurera hacía las cosas y así fue como empecé a coser, me gustó tanto que logré tener muchas clientas, las personas más adineradas, las familias más acaudaladas acudían para que les hiciera ropa de todo tipo, hasta vestidos de novia, graduaciones o XV Años

Aunque ya no realiza esta actividad, diariamente dedica tiempo para limpiar su casa, mantener el orden en cada espacio, alimentar a sus gallinas e incluso cocinar, siendo los chiles rellenos uno de los platillos que más disfruta hacer porque todo aquel que los prueba queda satisfecho y su paladar contento.

De la misma forma en que demuestra su fortaleza, que difícilmente se creería que tiene una persona, cuya edad es mayor a un centenar de años, hace visible su admiración y fe hacia San Rafael Guízar y Valencia, a quien conoció cuando apenas tenía tres años.

Las décadas han pasado y aún tiene la claridad mental para relatar que el santo era una persona con una voz dulce y amable, pero su mayor cualidad era tener un corazón bondadoso con todas las personas, en especial con las más necesitadas.

Ojalá muchas personas pudiéramos tener ese amor para los demás, yo lo recuerdo con mucho cariño, era un hombre bondadoso, amable, amoroso

Para ella, las muestras de cariño que el santo tuvo con otros son un motivo para continuar viviendo felizmente como siempre lo ha hecho, en cada una de sus etapas y en cada sitio en el que ha vivido.

Durante algunos años vivió en Cardel y Cempoala, pero llegó a Xalapa para darle a sus hijos la oportunidad de estudiar y se quedó.

La capital veracruzana le ha dado grandes satisfacciones, pero se considera una viajera porque a lo largo de su vida visitó sitios como Monterrey, Guadalajara, Guanajuato, Ciudad de México, Nuevo Laredo y Chetumal.

Y, por si fuera poco, también ha recorrido varias ciudades del estado, algunos de estos hace pocos años en compañía de algunas amigas.

“La vida es para disfrutarla, vivirla, hacer que todo valga la pena, cada momento se debe vivir para poder recordar que no se debe perder ninguna oportunidad que se presenta para ser mejor”, manifiesta mientras sonreía y daba las gracias por la atención prestada a su charla.

“Nadie sabe cuánto va a vivir, yo aquí sigo, no sé por cuánto tiempo, pero sí puedo decir que siempre he sido muy querida, muy amada, he tenido una vida feliz y así quiero seguir mientras se pueda”, dice antes de posar para algunas fotografías en el parque Juárez y después asiste a la Catedral Metropolitana de Xalapa a visitar la tumba de San Rafael Guízar y Valencia, de quien es ferviente devota.

Xalapa, Ver.- Disfrutar la vida como si no hubiera mañana y hacer que cada día valga la pena es la fórmula que Elenita ha usado para llegar hoy a su cumpleaños número 103.

Al disfrutar de un café lechero acompañado de una canilla, como lo ha hecho desde hace varios años, decide compartir parte de su historia.

“Qué bonita es la vida”, es la primera frase que menciona tras dar las gracias por compartir con ella la mesa, seguido de eso suelta una gran sonrisa con la que invita a poner atención a cada una de sus palabras.

Tener una plática con ella es una provocación a la imaginación, pues a pesar de tener más de un siglo de vida su memoria es tan lúcida que trae a la actualidad hechos que sucedieron cuando apenas habría cumplido tres años.

Su nombre de pila es Francisca Elena Barradas Aguilar, pero todos los que la conocen y le tiene aprecio la llaman Elenita, pues es una forma de demostrarle amor y respeto.

La conversación es amena, sobre todo porque su forma de hacer visible que aunque en ocasiones las circunstancias de la vida sean adversas, éstas deben resolverse de la mejor manera posible.

La vida es hermosa, no entiendo cómo es que algunas personas deciden quitársela, cuando la deberían disfrutar a cada momento

Nacida en Otates, municipio de Actopan en una familia compuesta por Manuel Barradas y María Aguilar, agradece a Dios diariamente por cada época que ha pasado, pues asegura que desde que era una pequeña fue feliz y muy amada.

Siendo la segunda de los seis hijos de familia, es la única que permanece con vida, hecho que, además de causarle alegría, le genera sorpresa porque asegura que no tiene ninguna receta o “truco mágico”.

Sin embargo, a lo largo de su vida sí ha cuidado su alimentación, por lo que no consume carnes rojas o productos procesados y contrario a ello hace uso de productos orgánicos.

Acostumbrada a trabajar desde pequeña, relata que cuando cumplió nueve años inició a colaborar con los quehaceres del hogar y a partir de los once años en las labores de la cocina en los que se incluía moler en el metate el nixtamal para la preparación de las tortillas.

Foto: Eduardo Murillo

Pero su mayor trabajo y aquel que le dio reconocimientos de sus clientes, así como los recursos para poder sostener a sus dos hijos fue la costura, actividad que aprendió a través de la observación.

Al visitar a una de sus primas, la cual vivía en Coatepec, se dio cuenta de que la costura sería la actividad a la que se dedicaría por más de 60 años.

Yo aprendí viendo, nunca pregunté nada, nada más veía cómo la costurera hacía las cosas y así fue como empecé a coser, me gustó tanto que logré tener muchas clientas, las personas más adineradas, las familias más acaudaladas acudían para que les hiciera ropa de todo tipo, hasta vestidos de novia, graduaciones o XV Años

Aunque ya no realiza esta actividad, diariamente dedica tiempo para limpiar su casa, mantener el orden en cada espacio, alimentar a sus gallinas e incluso cocinar, siendo los chiles rellenos uno de los platillos que más disfruta hacer porque todo aquel que los prueba queda satisfecho y su paladar contento.

De la misma forma en que demuestra su fortaleza, que difícilmente se creería que tiene una persona, cuya edad es mayor a un centenar de años, hace visible su admiración y fe hacia San Rafael Guízar y Valencia, a quien conoció cuando apenas tenía tres años.

Las décadas han pasado y aún tiene la claridad mental para relatar que el santo era una persona con una voz dulce y amable, pero su mayor cualidad era tener un corazón bondadoso con todas las personas, en especial con las más necesitadas.

Ojalá muchas personas pudiéramos tener ese amor para los demás, yo lo recuerdo con mucho cariño, era un hombre bondadoso, amable, amoroso

Para ella, las muestras de cariño que el santo tuvo con otros son un motivo para continuar viviendo felizmente como siempre lo ha hecho, en cada una de sus etapas y en cada sitio en el que ha vivido.

Durante algunos años vivió en Cardel y Cempoala, pero llegó a Xalapa para darle a sus hijos la oportunidad de estudiar y se quedó.

La capital veracruzana le ha dado grandes satisfacciones, pero se considera una viajera porque a lo largo de su vida visitó sitios como Monterrey, Guadalajara, Guanajuato, Ciudad de México, Nuevo Laredo y Chetumal.

Y, por si fuera poco, también ha recorrido varias ciudades del estado, algunos de estos hace pocos años en compañía de algunas amigas.

“La vida es para disfrutarla, vivirla, hacer que todo valga la pena, cada momento se debe vivir para poder recordar que no se debe perder ninguna oportunidad que se presenta para ser mejor”, manifiesta mientras sonreía y daba las gracias por la atención prestada a su charla.

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