/ domingo 7 de noviembre de 2021

Relato: Gabriela Victoria, la niña poseída

En este relato de Miguel Valera, doña Carmela habla sobre su hija Gabriela Victoria y el caso de “una posible posesión”

El verano agonizaba. Habían sido días intensos, luminosos y esa tarde, con el aire fresco que anunciaba el invierno, algo pasó en el rostro de Gabriela Victoria, que se apagó, como si un nubarrón se hubiera estacionado ahí, recordaba su madre, al contarle al padre Aristeo lo que sucedía. “Se encerró, no sale de su cuarto, tira todas las cosas, grita, gruñe, yo creo que se le metió el diablo”, decía doña Carmela.

“Padre, creo que mi hija perdió el alma”, insistía la mujer al sacerdote, quien, con un libro de oraciones en mano, analizaba la escena, mientras percibía el fuerte olor a albahaca, incienso y alcohol en la habitación que hacía las veces de sala, comedor y cocina. —Ya trajiste a algún brujo, ¿verdad?, lanzó el padre en tono recriminatorio. —Ustedes no entienden, ¿o están con Dios o con el diablo?, refunfuñó el clérigo, a sabiendas de las tradiciones de la región.

Leer más: Relato: María le dio la vida, él se la quitó por ambicioso

—No, padre, no diga eso, se defendió doña Carmela. Vino la señora Chagala. Le dio un poco de agua a mi niña e hizo la oración de siempre, mira, esta que usted conoce y le mostró al clérigo el papel donde pudo leer: “Hermana, pa' que te proteja, que nadie te moleste. Por este señor te pido que antes que cante el gallo no me niegues las buenas obras. Quiere, que la hermana salga limpia, que se aleje la envidia. ¡Oh Padre!, te pido de corazón que la hermana quede limpia. Gloria al Padre, gloria al Hijo, gloria al Espíritu Santo, Dios por todos los siglos, amén.

II

El padre Aristeo movió la cabeza mientras seguía analizando la escena, soportando el fuerte olor a albahaca, incienso y alcohol. Sus sentidos estaban al cien, en alerta total. Le había reportado al obispo el caso de “una posible posesión” y el prelado le había dado una autorización expresa para proceder en caso de que las evidencias lo llevaran a la conclusión de la “posesión demoniaca”. Por eso miraba con detenimiento, porque sus sentidos se encontraban en alerta máxima.

Hace apenas algunos días se había enterado de la publicación de “El padre Amorth continúa. La biografía oficial”, un libro sobre la vida del padre Gabriele Amorth, un exorcista que se hizo famoso por sus libros y conferencias, en donde contaba sus luchas contra el demonio. Ahí, en esa casa de Catemaco, a donde había sido llamado por una familia angustiada, el padre Aristeo recordaba al clérigo italiano en una entrevista: “Un día estaba exorcizando a un poseído. A través de su voz, Satanás me hablaba. Me escupía encima insultos, blasfemias, acusaciones y amenazas. Sin embargo, en un cierto punto me dijo, 'cura, vete, déjame'. 'Vete tú', le respondí. —‘Por favor, vete. Contra ti no puedo hacer nada'. 'En nombre de Cristo, dime porque no me puedes hacer nada'. 'Porque estás demasiado protegido por tu Señora (la Virgen). Tu Señora te rodea con su manto y no puedo alcanzarte'".

Al recordar ese texto, el padre Aristeo pidió a la madre que se pusiera a rezar el rosario con él. —Pidamos a la virgen que proteja a tu hija y nos proteja a todos. Si el maligno poseyó a tu hija, ella, la señora del cielo nos ayudará a liberarla, insistió el padre, mientras rezaba padrenuestros y avemarías.

III

Los gritos, las blasfemias, la rompedera de cosas de Gabriela Victoria, cesaron. —No hay que confiarse, dijo el padre en voz baja. Es la calma chicha que anuncia la tormenta, añadió. Y así, en el acto, abrió su libro de exorcismo y rezó: “Te ordeno Satanás, sal del cuerpo de Gabriela Victoria, sierva de Dios... Te ordeno, Satanás, príncipe de este mundo, que reconozcas el poder de Jesucristo... Vete de esta criatura... Te ordeno, Satanás, sal de esta criatura, vete, vete en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”.

En silencio, aunque le temblaban las piernas, el padre Aristeo siguió rezando. El olor a incienso, albahaca y aguardiente saturaban su cerebro. El alma regresó a su cuerpo cuando escuchó cómo Gabriela Victoria se levantó de la cama y se acercó a su madre para abrazarla. —¡Bendito Dios!, dijo el padre en su interior, mientras veía a madre e hija acurrucadas, llorando.

—Padre, le dijo Gabriela Victoria al clérigo. Quiero hablar con usted en privado. —Sí, hija, con gusto. —Mamá, se me antoja un caldo de pollo, le comentó la joven a su madre. En la soledad de la habitación, la muchacha le confesó al padre que estaba poseída, pero no de un espíritu demoniaco, sino de desamor, porque su novio la había abandonado y también de krokodil, una droga que recién había llegado a Los Tuxtlas.

—Le pido que me perdone padre, pero esto que me hizo Julián en el corazón fue como una posesión demoniaca. El día que me dejó, para irse al puerto de Veracruz, sentía que el corazón se me partía, que acababa con mi vida. Por eso me metí esa droga, para evadir esta realidad, porque me ponía como zombie, como un muerto viviente y mire cómo me está dejando los dientes y la piel. Ya no quiero eso para mí. Lo que hizo usted y la señora Chagala me hicieron pensar mucho. No estaba poseída, pero ya, ahora mismo voy a ir con el médico y me pondré en tratamiento para dejar esto.

El padre Aristeo la abrazó. Le acarició la cabeza, las manos y el rostro. —Hija, le dijo. No te preocupes, Dios te va a ayudar a salir de esto. Pídele mucho a la virgen que te ayude a tener mucha fuerza de voluntad. Al despedirse de la familia el sacerdote se sintió tranquilo, no había luchado contra el demonio, pero sabía que la jovencita estaba luchando contra algo peor que el mismo Satanás.

El verano agonizaba. Habían sido días intensos, luminosos y esa tarde, con el aire fresco que anunciaba el invierno, algo pasó en el rostro de Gabriela Victoria, que se apagó, como si un nubarrón se hubiera estacionado ahí, recordaba su madre, al contarle al padre Aristeo lo que sucedía. “Se encerró, no sale de su cuarto, tira todas las cosas, grita, gruñe, yo creo que se le metió el diablo”, decía doña Carmela.

“Padre, creo que mi hija perdió el alma”, insistía la mujer al sacerdote, quien, con un libro de oraciones en mano, analizaba la escena, mientras percibía el fuerte olor a albahaca, incienso y alcohol en la habitación que hacía las veces de sala, comedor y cocina. —Ya trajiste a algún brujo, ¿verdad?, lanzó el padre en tono recriminatorio. —Ustedes no entienden, ¿o están con Dios o con el diablo?, refunfuñó el clérigo, a sabiendas de las tradiciones de la región.

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—No, padre, no diga eso, se defendió doña Carmela. Vino la señora Chagala. Le dio un poco de agua a mi niña e hizo la oración de siempre, mira, esta que usted conoce y le mostró al clérigo el papel donde pudo leer: “Hermana, pa' que te proteja, que nadie te moleste. Por este señor te pido que antes que cante el gallo no me niegues las buenas obras. Quiere, que la hermana salga limpia, que se aleje la envidia. ¡Oh Padre!, te pido de corazón que la hermana quede limpia. Gloria al Padre, gloria al Hijo, gloria al Espíritu Santo, Dios por todos los siglos, amén.

II

El padre Aristeo movió la cabeza mientras seguía analizando la escena, soportando el fuerte olor a albahaca, incienso y alcohol. Sus sentidos estaban al cien, en alerta total. Le había reportado al obispo el caso de “una posible posesión” y el prelado le había dado una autorización expresa para proceder en caso de que las evidencias lo llevaran a la conclusión de la “posesión demoniaca”. Por eso miraba con detenimiento, porque sus sentidos se encontraban en alerta máxima.

Hace apenas algunos días se había enterado de la publicación de “El padre Amorth continúa. La biografía oficial”, un libro sobre la vida del padre Gabriele Amorth, un exorcista que se hizo famoso por sus libros y conferencias, en donde contaba sus luchas contra el demonio. Ahí, en esa casa de Catemaco, a donde había sido llamado por una familia angustiada, el padre Aristeo recordaba al clérigo italiano en una entrevista: “Un día estaba exorcizando a un poseído. A través de su voz, Satanás me hablaba. Me escupía encima insultos, blasfemias, acusaciones y amenazas. Sin embargo, en un cierto punto me dijo, 'cura, vete, déjame'. 'Vete tú', le respondí. —‘Por favor, vete. Contra ti no puedo hacer nada'. 'En nombre de Cristo, dime porque no me puedes hacer nada'. 'Porque estás demasiado protegido por tu Señora (la Virgen). Tu Señora te rodea con su manto y no puedo alcanzarte'".

Al recordar ese texto, el padre Aristeo pidió a la madre que se pusiera a rezar el rosario con él. —Pidamos a la virgen que proteja a tu hija y nos proteja a todos. Si el maligno poseyó a tu hija, ella, la señora del cielo nos ayudará a liberarla, insistió el padre, mientras rezaba padrenuestros y avemarías.

III

Los gritos, las blasfemias, la rompedera de cosas de Gabriela Victoria, cesaron. —No hay que confiarse, dijo el padre en voz baja. Es la calma chicha que anuncia la tormenta, añadió. Y así, en el acto, abrió su libro de exorcismo y rezó: “Te ordeno Satanás, sal del cuerpo de Gabriela Victoria, sierva de Dios... Te ordeno, Satanás, príncipe de este mundo, que reconozcas el poder de Jesucristo... Vete de esta criatura... Te ordeno, Satanás, sal de esta criatura, vete, vete en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”.

En silencio, aunque le temblaban las piernas, el padre Aristeo siguió rezando. El olor a incienso, albahaca y aguardiente saturaban su cerebro. El alma regresó a su cuerpo cuando escuchó cómo Gabriela Victoria se levantó de la cama y se acercó a su madre para abrazarla. —¡Bendito Dios!, dijo el padre en su interior, mientras veía a madre e hija acurrucadas, llorando.

—Padre, le dijo Gabriela Victoria al clérigo. Quiero hablar con usted en privado. —Sí, hija, con gusto. —Mamá, se me antoja un caldo de pollo, le comentó la joven a su madre. En la soledad de la habitación, la muchacha le confesó al padre que estaba poseída, pero no de un espíritu demoniaco, sino de desamor, porque su novio la había abandonado y también de krokodil, una droga que recién había llegado a Los Tuxtlas.

—Le pido que me perdone padre, pero esto que me hizo Julián en el corazón fue como una posesión demoniaca. El día que me dejó, para irse al puerto de Veracruz, sentía que el corazón se me partía, que acababa con mi vida. Por eso me metí esa droga, para evadir esta realidad, porque me ponía como zombie, como un muerto viviente y mire cómo me está dejando los dientes y la piel. Ya no quiero eso para mí. Lo que hizo usted y la señora Chagala me hicieron pensar mucho. No estaba poseída, pero ya, ahora mismo voy a ir con el médico y me pondré en tratamiento para dejar esto.

El padre Aristeo la abrazó. Le acarició la cabeza, las manos y el rostro. —Hija, le dijo. No te preocupes, Dios te va a ayudar a salir de esto. Pídele mucho a la virgen que te ayude a tener mucha fuerza de voluntad. Al despedirse de la familia el sacerdote se sintió tranquilo, no había luchado contra el demonio, pero sabía que la jovencita estaba luchando contra algo peor que el mismo Satanás.

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