/ domingo 12 de julio de 2020

Vive el hoy, ya que cargamos a la muerte en la espalda. Narración dominical

Damián descubrió la importancia de la carne humana después de una religiosidad opresora que le había impuesto la visión maniquea de su padre

Damián no entendía bien a bien lo que era la vida, hasta que supo lo que una chica le contó a Svetlana Alexiévich, en una de las trincheras de la segunda gran guerra.

Temeroso de la existencia y angustiado por la libertad que había descubierto después de una religiosidad opresora que le había impuesto la visión maniquea de su padre, Damián descubrió la importancia de la carne humana, frente a un nacimiento navideño y luego, en la sangrienta película de Mel Gibson, La pasión de Cristo.

“La carne humana no puede ser tan mala ni ocasión de condena o de infierno, si el mismo hijo de Dios la eligió para hacerse hombre, para sufrir y redimirnos. Sólo la carne nos puede salvar”, decía en sus reflexiones teológicas campiranas.

Por eso, cuando leyó en la página 30, de La guerra no tiene rostro de mujer esta experiencia límite de la vida, contada por la escritora bielorrusa, se le enchinó la piel.

II

“Nos dirigíamos hacia todas partes, y en todas partes nos topábamos con los alemanes. Lo decidimos: por la mañana entraríamos en combate. Si estamos condenados, es mejor morir con dignidad. Luchando. Había tres chicas. De noche lo hicieron con todos los que pudieron… Claro que no todos eran capaces. Los nervios. Es normal. Cada uno de ellos se estaba preparando para morir. “A la mañana siguiente algunos se salvaron… Pocos… Unos siete hombres de los cincuenta que éramos. Los alemanes nos segaban con las ametralladoras… Recuerdo con gratitud a aquellas chicas. Por la mañana, entre los vivos, no encontré a ninguna… Nunca las he vuelto a ver”, escribió Alexiévich.

“De noche lo hicieron con todos los que pudieron”, repitió Damián y se imaginó la escena sin pudor, sin censuras, completa, en un acto único, de homenaje a la vida.

Ahí, en los cuerpos, en el palpitar de la sexualidad está la vida, se repetía Damián. Vio también, pasmado, el campo de batalla y a los soldados del Ejército Rojo, acribillados, por las balas enemigas. En el centro, los cuerpos, también destrozados, de las jóvenes mujeres que unas horas antes habían celebrado la vida, deseosas de que siguiera para todos.

IV

Esa tarde, cuando se detuvo en el número 171 de la avenida Murillo Vidal, en Xalapa, sabía que iba a morir. El pensamiento funesto se cruzó por su mente, pero ya estaba convencido de que la muerte era su compañera de viaje.

“Sí, es una verdad absoluta”, le refutaba siempre Eunice, “pero la incógnita es cuándo y ahí, en ese cuándo, está la magia de la vida”, le repetía, cuando se ponía denso con sus reflexiones nihilistas. “No sabemos qué hay después de la muerte. Si hay algo, qué bueno, me dará gusto. Si no hay nada tampoco lo sabremos. Lo único que me intriga es qué tipo de conciencia tendremos. Es decir, ¿cómo veremos ese nuevo estado, cómo pensaremos de ese ‘estar ahí’?”, le comentaba.

Damián compró en Prissa una botella de ese caldo dorado que inventaron los monjes escoceses y que también fue llamado “agua de vida”. Con 140 pesos ya tenía en sus manos una botella de Highland -Chief- para elevar su nivel de conciencia vespertina.

V

Mientras manejaba por las desiertas calles de la ciudad, atemorizada por el fantasma de la muerte, Damián pensaba en Eunice, en su hermoso cuerpo, en sus labios carnosos y en las tardes felices a su lado. Nunca se cansaba de decirle al oído lo feliz que era con ella, fundiendo sus cuerpos en caricias y besos. Tomaban litros y litros de whisky, se acurrucaban en las sábanas, se dormían y despertaban deseosos de recorrer nuevamente, con suavidad, palmo a palmo, centímetro a centímetro, la carne que envolvía su agitado espíritu.

En la oscuridad de la habitación, mientras admiraba la luminosidad del rostro de Eunice y escuchaba su respiración como una oración, Damián pensaba que éste era quizá el mejor homenaje que podría hacerle a la vida y cerraba sus ojos, pensando en que estaba listo para que el día que quisiera, la muerte tocara a su puerta.

Muchos no están preparados, seguía en su reflexión, pero yo sí lo estoy. La única manera de estar preparados es viviendo cada instante, el aquí y el ahora. El ayer ya es una noticia vieja y del mañana no sabemos nada. Hay que caminar, con los pies en el hoy, amando la vida, porque la muerte va en nuestra espalda, lista para darnos la estocada final, decía, mientras abrazaba el cuerpo tibio de Eunice y se quedaba dormido.

Damián no entendía bien a bien lo que era la vida, hasta que supo lo que una chica le contó a Svetlana Alexiévich, en una de las trincheras de la segunda gran guerra.

Temeroso de la existencia y angustiado por la libertad que había descubierto después de una religiosidad opresora que le había impuesto la visión maniquea de su padre, Damián descubrió la importancia de la carne humana, frente a un nacimiento navideño y luego, en la sangrienta película de Mel Gibson, La pasión de Cristo.

“La carne humana no puede ser tan mala ni ocasión de condena o de infierno, si el mismo hijo de Dios la eligió para hacerse hombre, para sufrir y redimirnos. Sólo la carne nos puede salvar”, decía en sus reflexiones teológicas campiranas.

Por eso, cuando leyó en la página 30, de La guerra no tiene rostro de mujer esta experiencia límite de la vida, contada por la escritora bielorrusa, se le enchinó la piel.

II

“Nos dirigíamos hacia todas partes, y en todas partes nos topábamos con los alemanes. Lo decidimos: por la mañana entraríamos en combate. Si estamos condenados, es mejor morir con dignidad. Luchando. Había tres chicas. De noche lo hicieron con todos los que pudieron… Claro que no todos eran capaces. Los nervios. Es normal. Cada uno de ellos se estaba preparando para morir. “A la mañana siguiente algunos se salvaron… Pocos… Unos siete hombres de los cincuenta que éramos. Los alemanes nos segaban con las ametralladoras… Recuerdo con gratitud a aquellas chicas. Por la mañana, entre los vivos, no encontré a ninguna… Nunca las he vuelto a ver”, escribió Alexiévich.

“De noche lo hicieron con todos los que pudieron”, repitió Damián y se imaginó la escena sin pudor, sin censuras, completa, en un acto único, de homenaje a la vida.

Ahí, en los cuerpos, en el palpitar de la sexualidad está la vida, se repetía Damián. Vio también, pasmado, el campo de batalla y a los soldados del Ejército Rojo, acribillados, por las balas enemigas. En el centro, los cuerpos, también destrozados, de las jóvenes mujeres que unas horas antes habían celebrado la vida, deseosas de que siguiera para todos.

IV

Esa tarde, cuando se detuvo en el número 171 de la avenida Murillo Vidal, en Xalapa, sabía que iba a morir. El pensamiento funesto se cruzó por su mente, pero ya estaba convencido de que la muerte era su compañera de viaje.

“Sí, es una verdad absoluta”, le refutaba siempre Eunice, “pero la incógnita es cuándo y ahí, en ese cuándo, está la magia de la vida”, le repetía, cuando se ponía denso con sus reflexiones nihilistas. “No sabemos qué hay después de la muerte. Si hay algo, qué bueno, me dará gusto. Si no hay nada tampoco lo sabremos. Lo único que me intriga es qué tipo de conciencia tendremos. Es decir, ¿cómo veremos ese nuevo estado, cómo pensaremos de ese ‘estar ahí’?”, le comentaba.

Damián compró en Prissa una botella de ese caldo dorado que inventaron los monjes escoceses y que también fue llamado “agua de vida”. Con 140 pesos ya tenía en sus manos una botella de Highland -Chief- para elevar su nivel de conciencia vespertina.

V

Mientras manejaba por las desiertas calles de la ciudad, atemorizada por el fantasma de la muerte, Damián pensaba en Eunice, en su hermoso cuerpo, en sus labios carnosos y en las tardes felices a su lado. Nunca se cansaba de decirle al oído lo feliz que era con ella, fundiendo sus cuerpos en caricias y besos. Tomaban litros y litros de whisky, se acurrucaban en las sábanas, se dormían y despertaban deseosos de recorrer nuevamente, con suavidad, palmo a palmo, centímetro a centímetro, la carne que envolvía su agitado espíritu.

En la oscuridad de la habitación, mientras admiraba la luminosidad del rostro de Eunice y escuchaba su respiración como una oración, Damián pensaba que éste era quizá el mejor homenaje que podría hacerle a la vida y cerraba sus ojos, pensando en que estaba listo para que el día que quisiera, la muerte tocara a su puerta.

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