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Esoterismo|Umiko

  • Frank Barrios
  • en Sociales

“La tierra del sol naciente”, como se le conoce también a Japón, país enigmático, encierra hermosas leyendas que remontan la imaginación de cualquier esoterista a la hora de interpretarlas. Todo surge en 607 d. C. cuando el príncipe Shotoku –regente del imperio japonés— envió una misión diplomática a China para estrechar lazos y copiar su sistema burocrático. En la misiva enviada a las autoridades chinas se leía: “El Emperador del país, en que nace el sol, envía una carta al emperador del país, donde se oculta el sol. ¿Cómo está usted?”. Con este saludo, trataba de iniciar una plática de igualdad entre ambas naciones, y tratando de borrar el nombre “Wuoguo” (“país enano”) con que le conocía a Japón en China. La leyenda de este escrito está basada en la princesa Umiko, hija de una sirena de nombre Amara, esposa de uno de los genios de las aguas del mar, quien se deleitaba posándose sobre las rocas, tomando las precauciones para no ser sorprendida por los curiosos. Admiraba las luces nocturnas de la ciudad y la mezcla de la gama de colores opacando la luz de las estrellas, sentir el aire refrescando su piel, percibir el frío de la nieve que en época invernal, cubría de blanco la ciudad, y sobretodo convivir con la alegría de los humanos. Pero todo esto era un lujo que no podía darse al no ser como la gente de la superficie. En el fondo del mar era la misma rutina: no se percibía lo del mundo, y juró que cuando tuviera una hija la llevaría a vivir a ese mundo que siempre le había fascinado. Pronto los ruegos de Amara fueron escuchados y tuvo una hija. Recordando su promesa se dirige al pueblo y en las escalinatas del templo, en una cajita debidamente resguardada, deposita a su pequeña hija, sintiendo que su corazón de madre se desgarraba, pero con la satisfacción que la pequeña sirenita viviría en carne propia lo que ella no podía vivir.

En el pueblo vivía una pareja de ancianos dedicados a la confección de velas que vendían con mucho éxito y eran ofrendadas en el templo al que ellos ese día se dirigieron personalmente para agradecer. Al salir escucharon un débil llanto de una criatura. Al localizar la cajita descubrieron en su interior a la pequeñita de gran belleza que al sacarla ¡oh sorpresa! Se dieron cuenta que era mitad humana y mitad pez: una sirena. Comprendieron que se trataba de un regalo de los dioses y la llevaron a su casa. Pronto la niña creció y por su condición no estuvo en contacto con los humanos. Su belleza era tal que parecía un sol brillando con luz propia. Pidió a sus padres adoptivos ser ella quien confeccionara las velas, a lo que accedieron. Esas velas pronto se hicieron famosas por sus dibujos relacionados con paisajes marinos que venían de su imaginación. Un día, un rico comerciante pidió conocer a quien elaboraba esas obras artesanales, ofreciendo fuerte suma monetaria por la sirena a los ancianos que nunca hicieron caso a las súplicas de la sirenita de no venderla. Umiko pintó ese día su última vela.

Hubo un momento en que escuchó una voz proveniente del mar mencionando su nombre. Una hermosa mujer, vestida de blanco, queriendo comprar una vela tocó a la puerta de la casa. Curiosamente escogió la última pintada por la sirena y lanzó una mirada de odio hacia los ancianos. Fue al templo y prendió la vela comprada que ardió iluminando todo el espacio, como nunca se había visto. Al día siguiente, el mercader fue por la sirenita, metiéndola en una jaula y subiéndola a un barco. Pensaba en que sería la mayor atracción ante la sociedad y su riqueza se vería incrementada a raudales. Al poco tiempo se desató una tormenta que terminó por hundir la embarcación…pero antes, sobre las aguas apareció una hermosa mujer vestida de blanco. Era Amara al rescate de su hija. as aguas enfurecidas castigaron la codicia de los ancianos por cuya culpa el pueblo fue arrasado por un poderoso tsunami que no dejó vestigio alguno. No supieron agradecer el regalo que los dioses del mar les había dado dejándose cegar por la avaricia del dinero.

 

*Colaborador