/ sábado 16 de junio de 2018

Vecinos unidos mantienen su huerto comunitario

El proyecto inició hace cuatro años, en 2014

Son las 8:45 de la mañana de un lunes cualquiera en el Huerto Comunitario de Las Higueras. Primero llegan Martha y Lucina, se incorpora don Carlos, se saludan y se ponen al día, limpian sus cultivos, abonan, desyerban, platican y hablan de doña Vale, quien justo ese día llega tras larga ausencia, como siempre, con una gran sonrisa en su afable y arrugado rostro, para trabajar en su milpa, limpiar camotes y espinacas, no parece que hace un mes murió su nuera y el domingo, su hermano.

“Es que mis plantas, mire este yerberío, ya no podían esperar”, dice, contemplando un momento la tierra que tanto le da, que sin preguntas la recibe y alimenta, y que nació del esfuerzo de los vecinos de las calles aledañas a un terreno baldío marcado como área verde entre Cedro, Monte Sinaí, Calle 22 y Monte Elba, en la colonia Las Higueras, y que hoy ofrece alimentación y apoya la economía de más de 15 familias.

El más grande

Doña Valeria Sánchez está contenta, apenas un saludo rápido a sus vecinos y ya está en las tablas de cultivo. “Usted es la mera mera”, le dicen; ella sonríe, y sigue apurada en su faena.

“Es que yo llego temprano, pero ahora estoy cuidando un niño que quedó huérfano, tengo mi milpa, mis cultivos, mis frijolitos, calabaza, elotitos. Ya sembraba, pero el lugar quedaba lejos. Siempre he sembrado para comer”.

Cuenta que la idea fue de don Mario Hernández, quien organizó y logró juntar a casi 70 vecinos; la familia comenzó primero; luego, se fue integrando la comuna vecinal: desyerbaron, retiraron toneladas de piedra, prepararon la tierra y comenzaron a colocar las tablas para las camas de cultivo.

Doña Vale es leyenda: tiene la porción más grande de terreno porque la escogió con un banco de piedra en medio, las más de las veces sola y con sus propias manos, la retiró y dejó lista para sembrar su milpa en un espacio de poco más de 25 metros cuadrados.

“Aquí era un pedregal, y yo solita, con pico, no le quisieron entrar y me puse a sacar toda la piedra, lo fui arreglando, poquito tardé porque me apuré, y ya, mire estos elotes, están bien buenos para un chileatole”. Doña Vale es la mera mera.

La ingeniera Guadalupe Cruz Vázquez, a quien designaron el proyecto en 2014, cuenta que solo cuando tuvieron el área limpia, e iniciadas las camas de cultivo, “solicitaron el apoyo del Sistema Municipal para el Desarrollo Integral de la Familia (DIF) para su huerto, pero ya tenían mucho trabajo avanzado”.

Las tablas miden 12 metros de largo por 80 centímetros o un metro de ancho y se puede caminar entre maíz, cacahuate, acelgas, quelites, verdolagas, coles, frijol ejotero, zanahorias, apios, camotes, espinaca criolla, rábanos, lechugas, cilantro, pepino, calabacita, ajo, cebollitas, chile, chayote, nopal, albahaca, romero, tomillo, epazote, durazno, papatla, manzanilla, yerbabuena, y múltiples flores.

Es el más grande y numeroso de todos los huertos que impulsa y asesora el DIF, y donde se construye comunidad día a día. No hay horarios, la gente va en las mañanas o por las tardes, cualquier tiempo libre que tengan lo ocupan para estar en las plantas, trabajando, o a veces, simplemente por el gusto de estar, de platicar, de compartir.

“Si viene toda la familia, en media hora puede quedar sembrada una cama. Éste es el huerto comunitario más grande que tenemos, y todo es para autoconsumo. Además, hay armonía: todos respetan sus huertas, comparten”.

Huerto demostrativo, en comunidad

Guadalupe Cruz aclara que si bien el de Las Higueras no es un huerto comunitario estrictamente, ya que no se toma decisiones colectivamente sino que cada quien cosecha lo que siembra, “recibe el nombre de huerto demostrativo, pero aun así, lo es: aquí se construye comunidad todos los días”.

Junto con doña Vale, don Mario es quien tiene la mayor variedad de cultivos, aunque en menor cantidad, debido a que no cuenta con tierra estrictamente.

No está, se fue al corte de mango, pero Lourdes Aguilar muestra su espacio: un banco de piedra que se extiende por poco más de seis metros, donde hay una diversísima variedad de plantas medicinales, orquídeas, yerbas de olor, nopales, arbustos de distintos chiles, y en medio, rodeada de flores de todos los colores, una Virgen de Guadalupe.

A don Mario “le gustan los quelites morados, tiene sus chayotes, por acá se extiende su planta de tomates verdes, le gusta hacer salsas, tiene pápalo, la hoja de papatla para los tamalitos, el chayote, zacate limón, sus berros”, señala doña Lourdes.

“Somos como 10 los que venimos a diario, le dedicamos poco, 20 minutos en la mañana, un rato en la tarde, a la hora que podamos; otros vienen cada tercer día”, cuenta Lourdes mientras muestra orgullosa su cacahuate, que pronto floreará, y voltea hacia la milpa, imponente, en la parte más frondosa del terreno, la milpa de Valeria Sánchez.

Doña Vale

“Primero mi nuera murió, apenas estábamos saliendo de eso y mi hermano entra al hospital, apenas ayer lo fuimos a dejar al panteón. Y pues descuidé aquí, todos los días venía a rociar, a limpiar, me gusta, me gusta mucho estar aquí”, platica doña Vale, quien no deja de trabajar en sus plantas, salvo de vez en vez, para mirar cuánto lleva de avance.

A sus 72 años es pilar familiar, su esposo es diabético, ya casi no ve, y el huerto representa su principal fuente de alimento.

“¡Es que me gusta!”, señala, y suelta una discreta carcajada. “Luego me dicen, ‘tú ya no puedes’, ¡puedo y más!, pero mire, me lo descuidé. Además, me sirve, acá uno no anda pensando cosas, acá uno está bien”.

El huerto, la vida, tienen sus ciclos: abren otras flores, nuevos frutos brotan, la mazorca vuelve a crecer y el frijol da nuevas vainas. “Yo seguiré viniendo, hoy queda limpio todo, desyerbado. Voy a sembrar, a quitar, y a volver a sembrar. Las cosas pasan, pero el huerto no hay que descuidarlo”.

Doña Vale continúa limpiando, ya trae la semilla de frijol que sembrará una vez que concluya el desyerbe; se adentra a la milpa y sale con dos elotes grandes de obsequio. Su nuera tenía cama de cultivo, en la que a veces trabajaba, hoy, las espinacas criollas se desbordan, y del papayo cuelgan sus frutos que pronto estarán listos para cortar.

El gallo canta, trinan las aves, un perro ladra, es un lunes cualquiera en el Huerto Comunitario de Las Higueras.


Son las 8:45 de la mañana de un lunes cualquiera en el Huerto Comunitario de Las Higueras. Primero llegan Martha y Lucina, se incorpora don Carlos, se saludan y se ponen al día, limpian sus cultivos, abonan, desyerban, platican y hablan de doña Vale, quien justo ese día llega tras larga ausencia, como siempre, con una gran sonrisa en su afable y arrugado rostro, para trabajar en su milpa, limpiar camotes y espinacas, no parece que hace un mes murió su nuera y el domingo, su hermano.

“Es que mis plantas, mire este yerberío, ya no podían esperar”, dice, contemplando un momento la tierra que tanto le da, que sin preguntas la recibe y alimenta, y que nació del esfuerzo de los vecinos de las calles aledañas a un terreno baldío marcado como área verde entre Cedro, Monte Sinaí, Calle 22 y Monte Elba, en la colonia Las Higueras, y que hoy ofrece alimentación y apoya la economía de más de 15 familias.

El más grande

Doña Valeria Sánchez está contenta, apenas un saludo rápido a sus vecinos y ya está en las tablas de cultivo. “Usted es la mera mera”, le dicen; ella sonríe, y sigue apurada en su faena.

“Es que yo llego temprano, pero ahora estoy cuidando un niño que quedó huérfano, tengo mi milpa, mis cultivos, mis frijolitos, calabaza, elotitos. Ya sembraba, pero el lugar quedaba lejos. Siempre he sembrado para comer”.

Cuenta que la idea fue de don Mario Hernández, quien organizó y logró juntar a casi 70 vecinos; la familia comenzó primero; luego, se fue integrando la comuna vecinal: desyerbaron, retiraron toneladas de piedra, prepararon la tierra y comenzaron a colocar las tablas para las camas de cultivo.

Doña Vale es leyenda: tiene la porción más grande de terreno porque la escogió con un banco de piedra en medio, las más de las veces sola y con sus propias manos, la retiró y dejó lista para sembrar su milpa en un espacio de poco más de 25 metros cuadrados.

“Aquí era un pedregal, y yo solita, con pico, no le quisieron entrar y me puse a sacar toda la piedra, lo fui arreglando, poquito tardé porque me apuré, y ya, mire estos elotes, están bien buenos para un chileatole”. Doña Vale es la mera mera.

La ingeniera Guadalupe Cruz Vázquez, a quien designaron el proyecto en 2014, cuenta que solo cuando tuvieron el área limpia, e iniciadas las camas de cultivo, “solicitaron el apoyo del Sistema Municipal para el Desarrollo Integral de la Familia (DIF) para su huerto, pero ya tenían mucho trabajo avanzado”.

Las tablas miden 12 metros de largo por 80 centímetros o un metro de ancho y se puede caminar entre maíz, cacahuate, acelgas, quelites, verdolagas, coles, frijol ejotero, zanahorias, apios, camotes, espinaca criolla, rábanos, lechugas, cilantro, pepino, calabacita, ajo, cebollitas, chile, chayote, nopal, albahaca, romero, tomillo, epazote, durazno, papatla, manzanilla, yerbabuena, y múltiples flores.

Es el más grande y numeroso de todos los huertos que impulsa y asesora el DIF, y donde se construye comunidad día a día. No hay horarios, la gente va en las mañanas o por las tardes, cualquier tiempo libre que tengan lo ocupan para estar en las plantas, trabajando, o a veces, simplemente por el gusto de estar, de platicar, de compartir.

“Si viene toda la familia, en media hora puede quedar sembrada una cama. Éste es el huerto comunitario más grande que tenemos, y todo es para autoconsumo. Además, hay armonía: todos respetan sus huertas, comparten”.

Huerto demostrativo, en comunidad

Guadalupe Cruz aclara que si bien el de Las Higueras no es un huerto comunitario estrictamente, ya que no se toma decisiones colectivamente sino que cada quien cosecha lo que siembra, “recibe el nombre de huerto demostrativo, pero aun así, lo es: aquí se construye comunidad todos los días”.

Junto con doña Vale, don Mario es quien tiene la mayor variedad de cultivos, aunque en menor cantidad, debido a que no cuenta con tierra estrictamente.

No está, se fue al corte de mango, pero Lourdes Aguilar muestra su espacio: un banco de piedra que se extiende por poco más de seis metros, donde hay una diversísima variedad de plantas medicinales, orquídeas, yerbas de olor, nopales, arbustos de distintos chiles, y en medio, rodeada de flores de todos los colores, una Virgen de Guadalupe.

A don Mario “le gustan los quelites morados, tiene sus chayotes, por acá se extiende su planta de tomates verdes, le gusta hacer salsas, tiene pápalo, la hoja de papatla para los tamalitos, el chayote, zacate limón, sus berros”, señala doña Lourdes.

“Somos como 10 los que venimos a diario, le dedicamos poco, 20 minutos en la mañana, un rato en la tarde, a la hora que podamos; otros vienen cada tercer día”, cuenta Lourdes mientras muestra orgullosa su cacahuate, que pronto floreará, y voltea hacia la milpa, imponente, en la parte más frondosa del terreno, la milpa de Valeria Sánchez.

Doña Vale

“Primero mi nuera murió, apenas estábamos saliendo de eso y mi hermano entra al hospital, apenas ayer lo fuimos a dejar al panteón. Y pues descuidé aquí, todos los días venía a rociar, a limpiar, me gusta, me gusta mucho estar aquí”, platica doña Vale, quien no deja de trabajar en sus plantas, salvo de vez en vez, para mirar cuánto lleva de avance.

A sus 72 años es pilar familiar, su esposo es diabético, ya casi no ve, y el huerto representa su principal fuente de alimento.

“¡Es que me gusta!”, señala, y suelta una discreta carcajada. “Luego me dicen, ‘tú ya no puedes’, ¡puedo y más!, pero mire, me lo descuidé. Además, me sirve, acá uno no anda pensando cosas, acá uno está bien”.

El huerto, la vida, tienen sus ciclos: abren otras flores, nuevos frutos brotan, la mazorca vuelve a crecer y el frijol da nuevas vainas. “Yo seguiré viniendo, hoy queda limpio todo, desyerbado. Voy a sembrar, a quitar, y a volver a sembrar. Las cosas pasan, pero el huerto no hay que descuidarlo”.

Doña Vale continúa limpiando, ya trae la semilla de frijol que sembrará una vez que concluya el desyerbe; se adentra a la milpa y sale con dos elotes grandes de obsequio. Su nuera tenía cama de cultivo, en la que a veces trabajaba, hoy, las espinacas criollas se desbordan, y del papayo cuelgan sus frutos que pronto estarán listos para cortar.

El gallo canta, trinan las aves, un perro ladra, es un lunes cualquiera en el Huerto Comunitario de Las Higueras.


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