/ lunes 12 de marzo de 2018

¿De verdad queremos que debatan?

Considero que el ejercicio del debate electoral es benéfico; no me cabe duda: resulta útil para que los ciudadanos sepamos lo positivo y negativo que cada candidato tiene. No se trata sólo de escuchar las propuestas, sino de ver quién controla mejor sus emociones, quién se sobrepone.. quién gana, aunque no proponga algo nuevo.

¿De qué sirve autorizar debates si el formato de los mismos sigue igual de inoperante? Celebro que el Tribunal Electoral Federal revocara la decisión del INE de no debatir durante intercampañas, pero, ¿de verdad vale la pena someternos a réplicas y contrarréplicas estériles?

Por años el “debate sobre la necesidad de modificar los debates” ha estado sobre la mesa y no registra avance alguno. El INE intentó modificar esta percepción colocando un reconocido líder de opinión como moderador, pero ni el prestigio de Javier Solórzano salvó aquel último debate por la gubernatura del Estado de México.

Mientras el formato de los debates electorales continúe siendo igual de inútil ni el más “imparcial” de los periodistas podrá corregirlo. ¿Para qué debatir en intercampañas si los argumentos de cada uno los conocemos de sobra por los medios de comunicación?

¿Qué no sabemos de Anaya, Meade o López Obrador después de toda la exposición mediática que tienen? Incluso tenemos de primera mano lo que cada uno responde al ataque del otro. ¿Qué auténticamente nuevo diría cualquiera de los candidatos en un debate? La verdad de las cosas es que ya conocemos mucho de todos; los escuchamos a diario en el “silencio” de las raras intercampañas.

Valdría la pena que el INE explorara otra forma de debatir que rompiera, por su propia naturaleza, el acartonado e inoperante formato actual. No sería descabellado intentarlo a través de una red social como el twitter, donde la limitante de los caracteres por mensaje obligara al candidato a ser contundente y claro. ¿Por qué no buscarlo?

Cierto es que hacerlo por redes sociales traería vicios y problemas nuevos, sin embargo, obligaría a explorar alternativas distintas al tradicional debate, que en honor a la verdad, no deja más que un cúmulo de desafortunadas anécdotas para el recuerdo. Al paso que vamos el próximo debate oficial de candidatos será “pan con lo mismo”: una retahíla de frases y descalificaciones ya conocidas por todos nosotros.


alejandroaguirre77@gmail.com

Twitter: @aaguirre_g

www.alejandroaguirre.com.mx

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Considero que el ejercicio del debate electoral es benéfico; no me cabe duda: resulta útil para que los ciudadanos sepamos lo positivo y negativo que cada candidato tiene. No se trata sólo de escuchar las propuestas, sino de ver quién controla mejor sus emociones, quién se sobrepone.. quién gana, aunque no proponga algo nuevo.

¿De qué sirve autorizar debates si el formato de los mismos sigue igual de inoperante? Celebro que el Tribunal Electoral Federal revocara la decisión del INE de no debatir durante intercampañas, pero, ¿de verdad vale la pena someternos a réplicas y contrarréplicas estériles?

Por años el “debate sobre la necesidad de modificar los debates” ha estado sobre la mesa y no registra avance alguno. El INE intentó modificar esta percepción colocando un reconocido líder de opinión como moderador, pero ni el prestigio de Javier Solórzano salvó aquel último debate por la gubernatura del Estado de México.

Mientras el formato de los debates electorales continúe siendo igual de inútil ni el más “imparcial” de los periodistas podrá corregirlo. ¿Para qué debatir en intercampañas si los argumentos de cada uno los conocemos de sobra por los medios de comunicación?

¿Qué no sabemos de Anaya, Meade o López Obrador después de toda la exposición mediática que tienen? Incluso tenemos de primera mano lo que cada uno responde al ataque del otro. ¿Qué auténticamente nuevo diría cualquiera de los candidatos en un debate? La verdad de las cosas es que ya conocemos mucho de todos; los escuchamos a diario en el “silencio” de las raras intercampañas.

Valdría la pena que el INE explorara otra forma de debatir que rompiera, por su propia naturaleza, el acartonado e inoperante formato actual. No sería descabellado intentarlo a través de una red social como el twitter, donde la limitante de los caracteres por mensaje obligara al candidato a ser contundente y claro. ¿Por qué no buscarlo?

Cierto es que hacerlo por redes sociales traería vicios y problemas nuevos, sin embargo, obligaría a explorar alternativas distintas al tradicional debate, que en honor a la verdad, no deja más que un cúmulo de desafortunadas anécdotas para el recuerdo. Al paso que vamos el próximo debate oficial de candidatos será “pan con lo mismo”: una retahíla de frases y descalificaciones ya conocidas por todos nosotros.


alejandroaguirre77@gmail.com

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