/ lunes 4 de marzo de 2019

Mi iniciación a la lectura

Todavía no sabía leer cuando encontré un libro o parte de un libro desencuadernado en el caserón donde vivía

Todavía no sabía leer cuando encontré un libro o parte de un libro desencuadernado en el caserón donde vivía. Me llamó la atención un grabado en que aparecían dos hombres hablando y una especie de ventana muy amplia, que no era rectangular, sino redonda, pues detrás del vidrio se veía la cara de una extraña creatura.

Se lo mostré a mi mamá y ella me dijo que ese libro había sido de su abuelo, que se trataba de un hombre que había construido un submarino y que la extraña creatura que aparecía detrás de la claraboya era un pulpo y que los pulpos tenían ocho extremidades que se llaman tentáculos.

Mi abuela, que nos escuchaba, aclaró que no era un pulpo, sino un “calamar”, que son parecidos.

También me dijo mi mamá que el libro lo había escrito Julio Verne, que además tenía otros libros sobre un viaje al centro de la tierra y un viaje a la luna, así como el de La vuelta al mundo en 80 días.

Mi abuela dijo que había escrito muchos más y mencionó el de “el correo del zar” y el de los hijos de un capitán.

De momento, me impresionó sobre todo la idea de un submarino, es decir de un barco que viajaba bajo el mar “y no se le mete el agua”.

Mi abuela me explicó que tenía compartimentos que a veces se llenaban de agua para que el submarino se sumergiera y a veces se vaciaban para que saliera a la superficie, pero no me quedó claro cómo se podía sacar el agua.

Lo que sí me quedó claro es que los libros encierran historias extraordinarias.

Recuerdo muy bien ese momento estelar, pues como el libro había sido del abuelo de mi mamá, a quien le debíamos la casona donde vivíamos, era como si él me enviara un mensaje, como si algo me quisiera decir.

También recuerdo haber visto en casa un ejemplar de las Mil y una noches y que mi madre me habló de Sherazada y Alí Babá, Aladino y el genio de la lámpara, la alfombra mágica, Simbad el marino, etcétera.

También escuché de niño las historias de Adán y Eva, el arca de Noé, el cruce del Mar Rojo, la destrucción de Sodoma y Gomorra, David y Goliat, Sansón y Dalila, etcétera y las de la mitología griega, como la del rey Midas y Teseo hasta los tradicionales cuentos para niños.

Posteriormente, mi mamá me compró un libro ilustrado, rectangular, sobre Robinson, que me gustaba por la imagen del náufrago en su choza con su escopeta, su perro y un loro.

Mamá Rosa me explicó que Robinson había estado varios años en una isla, completamente solo, por desobedecer a su padre, al embarcarse sin su consentimiento, pero a mí no me parecía un castigo vivir en la choza con el perro y el loro.

Así, en fin, me animaron a leer, pues me daban información sobre libros, me resumían las historias y me las comentaban, y eso es lo que hay que hacer para promover la lectura.

Todavía no sabía leer cuando encontré un libro o parte de un libro desencuadernado en el caserón donde vivía. Me llamó la atención un grabado en que aparecían dos hombres hablando y una especie de ventana muy amplia, que no era rectangular, sino redonda, pues detrás del vidrio se veía la cara de una extraña creatura.

Se lo mostré a mi mamá y ella me dijo que ese libro había sido de su abuelo, que se trataba de un hombre que había construido un submarino y que la extraña creatura que aparecía detrás de la claraboya era un pulpo y que los pulpos tenían ocho extremidades que se llaman tentáculos.

Mi abuela, que nos escuchaba, aclaró que no era un pulpo, sino un “calamar”, que son parecidos.

También me dijo mi mamá que el libro lo había escrito Julio Verne, que además tenía otros libros sobre un viaje al centro de la tierra y un viaje a la luna, así como el de La vuelta al mundo en 80 días.

Mi abuela dijo que había escrito muchos más y mencionó el de “el correo del zar” y el de los hijos de un capitán.

De momento, me impresionó sobre todo la idea de un submarino, es decir de un barco que viajaba bajo el mar “y no se le mete el agua”.

Mi abuela me explicó que tenía compartimentos que a veces se llenaban de agua para que el submarino se sumergiera y a veces se vaciaban para que saliera a la superficie, pero no me quedó claro cómo se podía sacar el agua.

Lo que sí me quedó claro es que los libros encierran historias extraordinarias.

Recuerdo muy bien ese momento estelar, pues como el libro había sido del abuelo de mi mamá, a quien le debíamos la casona donde vivíamos, era como si él me enviara un mensaje, como si algo me quisiera decir.

También recuerdo haber visto en casa un ejemplar de las Mil y una noches y que mi madre me habló de Sherazada y Alí Babá, Aladino y el genio de la lámpara, la alfombra mágica, Simbad el marino, etcétera.

También escuché de niño las historias de Adán y Eva, el arca de Noé, el cruce del Mar Rojo, la destrucción de Sodoma y Gomorra, David y Goliat, Sansón y Dalila, etcétera y las de la mitología griega, como la del rey Midas y Teseo hasta los tradicionales cuentos para niños.

Posteriormente, mi mamá me compró un libro ilustrado, rectangular, sobre Robinson, que me gustaba por la imagen del náufrago en su choza con su escopeta, su perro y un loro.

Mamá Rosa me explicó que Robinson había estado varios años en una isla, completamente solo, por desobedecer a su padre, al embarcarse sin su consentimiento, pero a mí no me parecía un castigo vivir en la choza con el perro y el loro.

Así, en fin, me animaron a leer, pues me daban información sobre libros, me resumían las historias y me las comentaban, y eso es lo que hay que hacer para promover la lectura.

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