/ domingo 17 de noviembre de 2019

El lugar de Veracruz donde los hombres y mujeres han sido tirados como basura

De pie, ante La Guapota; ¿cuántas almas deambularán ahí buscando descanso?

I

Antes de llegar al infierno está El Paraíso. La gente me mira con desconfianza cuando pregunto. En el pueblo sabían lo que pasaba, pero callaban por miedo. “El miedo es terrible, ni se imagina”, me comenta un habitante de El Paraíso, antes la Charca, una comunidad de Úrsulo Galván.

—¿Cómo llego a la Guapota? “Siga derecho, hacia los cañales”, me dice un hombre recio, de sombrero, que descansa a la sombra de un árbol. No me sostiene la mirada, me quiere evadir. En la parada de sitio, otro me explica con más detalle: salga del pueblo, empiece el camino de terracería y a la segunda salida, a la derecha, entre el cañal, maneje 25 minutos y llega.

La comunidad de El Paraíso está ubicada a unos 81 kilómetros de Xalapa, la capital de Veracruz. El calor es sofocante a pesar de que ya corre el aire fresco de la tarde.

II

En Úrsulo Galván, mientras buscaba a familiares de los ocho policías desaparecidos el 11 de enero de 2013, una mujer que me pide no registrar su imagen ni su nombre, me regala un ramo de cempasúchil o “flor de muerto”, que sirven de guía para que las ánimas regresen cada año a visitar a sus familiares. “Si va a La Guapota, lléveselas, quién sabe cuántas almas descansan allá”, me dice.

Ahí, en la cabecera municipal, el policía Anselmo Moguel muestra desdén por mis preguntas. “Nosotros somos ajenos al caso. Yo soy originario de Chiapas. Hace poco que ingresé a la SSP”. Dice que no se acuerda del caso de los policías desaparecidos. No le interesa. Su desinterés es quizá el que todos los seres humanos tenemos por los muertos, cuyo destino es el olvido colectivo.

—¿A qué va?, me interroga mi informante en El Paraíso. Son las cinco de la tarde. No tarda en oscurecer. Ya ve que anochece temprano, añade. “Voy a dejar flores”, contesto. —Vaya con cuidado, igual hay muchos federales, muchos policías, todo el día entran y salen, concluye.

III

Cerca de las seis de la tarde llego a mi destino. Me detengo ante la reja que impide el paso y pienso en el dolor, el sufrimiento, de hombres y mujeres asesinados y tirados como basura en este predio cercano a la playa de Chachalacas.

¿Cuántos cuerpos, cuántas almas, cuántas vidas, cuántos sueños truncos, arrancados por manos criminales, despiadadas?

—¿Quién es usted?, me pregunta un policía ministerial que de inmediato me dice que está prohibido el paso. A su lado, un elemento de la SSP se cuadra con su metralleta en manos.

Me identifico, les muestro mi credencial del INE y ellos también me dan sus nombres.

Les comento lo de las flores. Las toman y las ponen sobre unas piedras, recordándome una vez más que está prohibido pasar. Tampoco pueden hablar. Me ven con desconfianza y extrañeza.

—¿No los han espantado?, pregunto, y Juan Uscanga, un hombre moreno, muy costeño, me dice que no, que lo único que les ha causado espanto o temor, son las serpientes que reptan por doquier, pero que por eso trajeron dos perros, Rocky y Sultán. Luego se voltea y en bocanada de confianza, suelta, “pero de que espantan, espantan”.

Cortesía | Miguel Valera

IV

¿Cuántas almas deambulan en La Guapota, buscando descanso? ¿Cuánto odio, cuánto terror, cuánto rencor, cuánta impunidad, enterrada entre este arenal cubierto de pasto y árboles?, me pregunto.

Me quedo quieto, en silencio, del otro lado de la reja, mudo, estupefacto, en estupor ante esta tragedia, la fosa clandestina humana de La Guapota. Los perros empiezan a ladrar.

Desde La Guapota se escucha el sonido del mar. A escasos dos kilómetros, en línea recta, está la playa de Chachalacas.

En silencio, veo cómo el aire fresco de la tarde acaricia La Guapota. Los perros ladran. Rocky y Sultán se echan al lado de los policías. Otro perro, sin nombre, tipo xoloitzcuintle, me mira fijamente.

Era la víspera del Día de Muertos y ahí estaba, frente a un cementerio clandestino, producto de la violencia, con hombres y mujeres asesinados y en espera de ser exhumados y enterrados dignamente.

En las casas de El Paraíso la gente está preparando altares, jamoncillo, prendiendo veladoras. Muy pronto vendrán sus muertos a visitarlos.

¿Y quién les pondrá altar a los muertos anónimos, a los hombres y mujeres asesinados con violencia y sepultados clandestinamente en La Guapota?

Ellos ¿descansan ahí?, acariciados por la brisa marina del Golfo de México, esperando que llegue la justicia y que sus familias los encuentren y tengan un lugar para que les lloren y les lleven flores.

I

Antes de llegar al infierno está El Paraíso. La gente me mira con desconfianza cuando pregunto. En el pueblo sabían lo que pasaba, pero callaban por miedo. “El miedo es terrible, ni se imagina”, me comenta un habitante de El Paraíso, antes la Charca, una comunidad de Úrsulo Galván.

—¿Cómo llego a la Guapota? “Siga derecho, hacia los cañales”, me dice un hombre recio, de sombrero, que descansa a la sombra de un árbol. No me sostiene la mirada, me quiere evadir. En la parada de sitio, otro me explica con más detalle: salga del pueblo, empiece el camino de terracería y a la segunda salida, a la derecha, entre el cañal, maneje 25 minutos y llega.

La comunidad de El Paraíso está ubicada a unos 81 kilómetros de Xalapa, la capital de Veracruz. El calor es sofocante a pesar de que ya corre el aire fresco de la tarde.

II

En Úrsulo Galván, mientras buscaba a familiares de los ocho policías desaparecidos el 11 de enero de 2013, una mujer que me pide no registrar su imagen ni su nombre, me regala un ramo de cempasúchil o “flor de muerto”, que sirven de guía para que las ánimas regresen cada año a visitar a sus familiares. “Si va a La Guapota, lléveselas, quién sabe cuántas almas descansan allá”, me dice.

Ahí, en la cabecera municipal, el policía Anselmo Moguel muestra desdén por mis preguntas. “Nosotros somos ajenos al caso. Yo soy originario de Chiapas. Hace poco que ingresé a la SSP”. Dice que no se acuerda del caso de los policías desaparecidos. No le interesa. Su desinterés es quizá el que todos los seres humanos tenemos por los muertos, cuyo destino es el olvido colectivo.

—¿A qué va?, me interroga mi informante en El Paraíso. Son las cinco de la tarde. No tarda en oscurecer. Ya ve que anochece temprano, añade. “Voy a dejar flores”, contesto. —Vaya con cuidado, igual hay muchos federales, muchos policías, todo el día entran y salen, concluye.

III

Cerca de las seis de la tarde llego a mi destino. Me detengo ante la reja que impide el paso y pienso en el dolor, el sufrimiento, de hombres y mujeres asesinados y tirados como basura en este predio cercano a la playa de Chachalacas.

¿Cuántos cuerpos, cuántas almas, cuántas vidas, cuántos sueños truncos, arrancados por manos criminales, despiadadas?

—¿Quién es usted?, me pregunta un policía ministerial que de inmediato me dice que está prohibido el paso. A su lado, un elemento de la SSP se cuadra con su metralleta en manos.

Me identifico, les muestro mi credencial del INE y ellos también me dan sus nombres.

Les comento lo de las flores. Las toman y las ponen sobre unas piedras, recordándome una vez más que está prohibido pasar. Tampoco pueden hablar. Me ven con desconfianza y extrañeza.

—¿No los han espantado?, pregunto, y Juan Uscanga, un hombre moreno, muy costeño, me dice que no, que lo único que les ha causado espanto o temor, son las serpientes que reptan por doquier, pero que por eso trajeron dos perros, Rocky y Sultán. Luego se voltea y en bocanada de confianza, suelta, “pero de que espantan, espantan”.

Cortesía | Miguel Valera

IV

¿Cuántas almas deambulan en La Guapota, buscando descanso? ¿Cuánto odio, cuánto terror, cuánto rencor, cuánta impunidad, enterrada entre este arenal cubierto de pasto y árboles?, me pregunto.

Me quedo quieto, en silencio, del otro lado de la reja, mudo, estupefacto, en estupor ante esta tragedia, la fosa clandestina humana de La Guapota. Los perros empiezan a ladrar.

Desde La Guapota se escucha el sonido del mar. A escasos dos kilómetros, en línea recta, está la playa de Chachalacas.

En silencio, veo cómo el aire fresco de la tarde acaricia La Guapota. Los perros ladran. Rocky y Sultán se echan al lado de los policías. Otro perro, sin nombre, tipo xoloitzcuintle, me mira fijamente.

Era la víspera del Día de Muertos y ahí estaba, frente a un cementerio clandestino, producto de la violencia, con hombres y mujeres asesinados y en espera de ser exhumados y enterrados dignamente.

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