/ domingo 6 de diciembre de 2020

Relato: La Tehuana, aseguran, podía maldecir de muerte

Ella vivía en el Plan del Manantial, una comunidad cerquita del puerto de Veracruz, en Paso de Ovejas. Le decían la tehuana y vaya que era una mujer poderosa

No me creas esto que te cuento, pero así fue, así sucedió. Y mira que lo tengo en mi cabeza como si estuviera pasando de nuevo, así de clarito lo veo.

Ella vivía en el Plan del Manantial, una comunidad cerquita del puerto de Veracruz, en Paso de Ovejas. Le decían la tehuana y vaya que era una mujer poderosa. Hoy les dicen empoderadas. No, ella era poderosa. Sí, de verdad, por diosito santo, así como te lo digo. Su abuela era más poderosa que ella. Un día, un hombre fue a verla para decirle que en su comunidad una persona le tenía mala fe, lo envidiaba, le echaba broncas y él, hombre sereno, ya estaba cansado.

—Ayúdeme doña Chofi. Ayúdeme. Ya no aguanto a ese hombre. Ya no sé qué hacer. No cabemos los dos en ese pueblo. Mi vida se ha vuelto un infierno, le dijo. Entonces la abuela levantó el rostro que tenía clavado en una mesa con frijoles que estaba limpiando y le dijo: “esto te va a costar un becerro. Vete a tu pueblo y cuando vayas llegando, alguien te va a anunciar de un velorio, que será de ese hombre al que te refieres”. Si es así, contestó, el afligido vecino, no le voy a traer un becerro, le vendré a dejar la vaca recién parida. “Tú lo has dicho, contestó la abuela. Si no me traes eso que estás ofreciendo no será un velorio el de tu pueblo, serán dos”.

El hombre se fue y justo cuando iba llegando a su pueblo le avisaron de la muerte de Rutilo, su acérrimo enemigo. Ya no llegó a su casa para ver a su mujer y sus hijos. Se fue al campo, amarró la vaca recién parida y se la llevó a la abuela. Era una mujer muy poderosa, deveritas te lo digo.

II

La te leía el pensamiento, sabía lo que iba a pasar y si te portabas mal con ella te lanzaba una maldición y así como te lo decía, así sucedía. Un día fui a verla con Moncho, un compañero de la zona de Actopan. Yo le fui a pedir consejo y a que me librara de un mal de ojo que me habían echado. A mí me quería bien. De verdad. Me decía: Santos, quédate a trabajar conmigo. Tú tienes dones y debes aprovecharlos. Muy pronto me voy a ir de aquí y quiero que me ayudes. No te arrepentirás. A mí me dio miedo y le dije: no, Tehuanita, te lo agradezco pero ya tengo otros planes. De verdad. Tú sabes que cuentas siempre conmigo, pero no, tengo familia acá y acá me quiero morir, le contesté. Ese día, antes de que entrara a mi limpia, a mi curación, el Moncho se le quedó viendo y me dijo en voz baja, casi imperceptible: “Ah, ¿apoco es buena esta señora?”

Cuando salí, la tehuana me tomó del brazo, se le quedó viendo al Moncho a lo lejos y me dijo: Mira Santos, no te le acerques a este hombre, porque es malo, no te conviene. No lo voy a atender hoy ni nunca y te repito, aléjate de él, es una mala compañía. Así, profetizó: muy pronto va a comprar un vehículo. No te subas con él a ese coche. Haz lo que te digo: no te subas a ese coche con él, porque va a tener un accidente y se va a morir.

III

Me quedé pasmado y regresamos a La Bandera callados, en silencio. —Se enojó la doñita, me dijo Moncho. No le contesté. Sólo moví la cabeza. Pasó el tiempo y se me olvidó ese pasaje, pero un día el Moncho me pidió que lo acompañara a comprar un coche a la Ciudad de México. Andaba loco, enculado, como decimos, por tener una Caribe. Parecí que se la había metido el diablo de los coches. La buscamos durante dos días, lo mismo en Tepito, que en la Buenos Aires y en San Juanico, hasta que la encontramos. Yo me vine en el vehículo en el que íbamos y él se regresó en la Caribe. Era una chulada de carro. Pasó un tiempo y ya había olvidado la conversación que tuve con la tehuana.

Un domingo muy temprano, antes de que me fuera a misa, el Moncho se apareció afuera de mi casa, sonó el claxon de la Caribe y me dijo: vine a despedirme, Santos, porque ya me voy. —Ah, chingá, pensé, a dónde se irá. “Ya me voy, nos vemos”, dijo, y arrancó. Luego me enteré que dio vueltas por el pueblo y le decía a la gente que se estaba despidiendo. No entendí qué pasaba, si en realidad se iba del pueblo o presentía algo.

Salió del rancho y al llegar a La Bocana tuvo un accidente y murió. Algunos taxistas, testigos del hecho, me contaron que Moncho llegó bien a La Bocana e iba a tomar rumbo a Xalapa, cuando apareció un tráiler de la nada, aparentemente sin frenos y lo arrolló, estampando la Caribe contra un tamarindo.

Murió al instante. Había pasado un año de nuestro encuentro con la tehuana y ese día refrendé que era una mujer poderosa, muy poderosa, que parecía controlar la vida y la muerte.

No me creas esto que te cuento, pero así fue, así sucedió. Y mira que lo tengo en mi cabeza como si estuviera pasando de nuevo, así de clarito lo veo.

Ella vivía en el Plan del Manantial, una comunidad cerquita del puerto de Veracruz, en Paso de Ovejas. Le decían la tehuana y vaya que era una mujer poderosa. Hoy les dicen empoderadas. No, ella era poderosa. Sí, de verdad, por diosito santo, así como te lo digo. Su abuela era más poderosa que ella. Un día, un hombre fue a verla para decirle que en su comunidad una persona le tenía mala fe, lo envidiaba, le echaba broncas y él, hombre sereno, ya estaba cansado.

—Ayúdeme doña Chofi. Ayúdeme. Ya no aguanto a ese hombre. Ya no sé qué hacer. No cabemos los dos en ese pueblo. Mi vida se ha vuelto un infierno, le dijo. Entonces la abuela levantó el rostro que tenía clavado en una mesa con frijoles que estaba limpiando y le dijo: “esto te va a costar un becerro. Vete a tu pueblo y cuando vayas llegando, alguien te va a anunciar de un velorio, que será de ese hombre al que te refieres”. Si es así, contestó, el afligido vecino, no le voy a traer un becerro, le vendré a dejar la vaca recién parida. “Tú lo has dicho, contestó la abuela. Si no me traes eso que estás ofreciendo no será un velorio el de tu pueblo, serán dos”.

El hombre se fue y justo cuando iba llegando a su pueblo le avisaron de la muerte de Rutilo, su acérrimo enemigo. Ya no llegó a su casa para ver a su mujer y sus hijos. Se fue al campo, amarró la vaca recién parida y se la llevó a la abuela. Era una mujer muy poderosa, deveritas te lo digo.

II

La te leía el pensamiento, sabía lo que iba a pasar y si te portabas mal con ella te lanzaba una maldición y así como te lo decía, así sucedía. Un día fui a verla con Moncho, un compañero de la zona de Actopan. Yo le fui a pedir consejo y a que me librara de un mal de ojo que me habían echado. A mí me quería bien. De verdad. Me decía: Santos, quédate a trabajar conmigo. Tú tienes dones y debes aprovecharlos. Muy pronto me voy a ir de aquí y quiero que me ayudes. No te arrepentirás. A mí me dio miedo y le dije: no, Tehuanita, te lo agradezco pero ya tengo otros planes. De verdad. Tú sabes que cuentas siempre conmigo, pero no, tengo familia acá y acá me quiero morir, le contesté. Ese día, antes de que entrara a mi limpia, a mi curación, el Moncho se le quedó viendo y me dijo en voz baja, casi imperceptible: “Ah, ¿apoco es buena esta señora?”

Cuando salí, la tehuana me tomó del brazo, se le quedó viendo al Moncho a lo lejos y me dijo: Mira Santos, no te le acerques a este hombre, porque es malo, no te conviene. No lo voy a atender hoy ni nunca y te repito, aléjate de él, es una mala compañía. Así, profetizó: muy pronto va a comprar un vehículo. No te subas con él a ese coche. Haz lo que te digo: no te subas a ese coche con él, porque va a tener un accidente y se va a morir.

III

Me quedé pasmado y regresamos a La Bandera callados, en silencio. —Se enojó la doñita, me dijo Moncho. No le contesté. Sólo moví la cabeza. Pasó el tiempo y se me olvidó ese pasaje, pero un día el Moncho me pidió que lo acompañara a comprar un coche a la Ciudad de México. Andaba loco, enculado, como decimos, por tener una Caribe. Parecí que se la había metido el diablo de los coches. La buscamos durante dos días, lo mismo en Tepito, que en la Buenos Aires y en San Juanico, hasta que la encontramos. Yo me vine en el vehículo en el que íbamos y él se regresó en la Caribe. Era una chulada de carro. Pasó un tiempo y ya había olvidado la conversación que tuve con la tehuana.

Un domingo muy temprano, antes de que me fuera a misa, el Moncho se apareció afuera de mi casa, sonó el claxon de la Caribe y me dijo: vine a despedirme, Santos, porque ya me voy. —Ah, chingá, pensé, a dónde se irá. “Ya me voy, nos vemos”, dijo, y arrancó. Luego me enteré que dio vueltas por el pueblo y le decía a la gente que se estaba despidiendo. No entendí qué pasaba, si en realidad se iba del pueblo o presentía algo.

Salió del rancho y al llegar a La Bocana tuvo un accidente y murió. Algunos taxistas, testigos del hecho, me contaron que Moncho llegó bien a La Bocana e iba a tomar rumbo a Xalapa, cuando apareció un tráiler de la nada, aparentemente sin frenos y lo arrolló, estampando la Caribe contra un tamarindo.

Murió al instante. Había pasado un año de nuestro encuentro con la tehuana y ese día refrendé que era una mujer poderosa, muy poderosa, que parecía controlar la vida y la muerte.

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