/ domingo 8 de noviembre de 2020

Narraciones: Cuando salió de la cárcel no sabía qué hacer

Miguel Valera nos cuenta la historia de Lázaro, el hombre que el día que Lázaro salió del penal de Allende no supo qué hacer

El deseo, el anhelo que había acariciado por tantos años, de pronto le pareció confuso, irreal, como si de otra dimensión se tratara. —¿Qué? ¿No te quieres ir?, le gritó el custodio que lo acompañó a la puerta. Lázaro volvió la mirada y el carcelario pudo ver sus ojos humedecidos y extraviados, como de alguien que no sabe a dónde va. —¡Ya lárgate!, gritó, y levantó el brazo derecho, como quien mienta la madre.

El grito le pareció como el de las viejas palmeras azotando las derruidas paredes del penal en tiempos de norte, pero también como el “levántate y anda”, que Jesús le lanzó al Lázaro de Betania, el hermano de Marta y de María que fue sacado del reino de los muertos y resucitado por su amigo, para demostrar que Dios lo había enviado a la tierra.

El viento húmedo y caliente del mediodía lo sacó de sus cavilaciones y el Lázaro jarocho se tocó las manos, los brazos, el rostro. ¿Realmente estoy vivo? ¿No será que escuché ese ‘levántate y anda’ pero en realidad me quedé muerto, dentro del sepulcro?

II

Había llegado 20 años atrás al Penal de Allende en el puerto de Veracruz, acusado de un homicidio y un desfalco que siempre dijo, no cometió. Aunque al principio su esposa, su hija y uno que otro familiar, lo empezaron a visitar, con el paso de los años lo abandonaron.

—Yo los entiendo, justificaba. La vida es muy difícil afuera. Ellos tienen que seguir adelante, no tienen por qué cargar conmigo. Y así, envejeciendo de prisa, como el tiempo, se dio cuenta de que su esposa se perdió en el pasado y que no tenía ningún contacto con familiares o amigos de su antigua vida.

En la cárcel tuvo que aprender a sobrevivir, a partirse la jeta con tirios y troyanos, a tomar partido, a trabajar, a sacar dinero, a negociar, a todo lo que fuera posible para que no apareciera con un picahielo entre las tripas.

También aprendió de lealtades y de amigos. Joel, Armando y Esteban eran sus mejores amigos y la noche anterior a su salida le despidieron de lujo, con cervezas, pastel y marihuana. —¡Ya te vas cabrón! ¡Nos da gusto! ¡Tienes que regresar a visitarnos! —¡A visita conyugal, papá!, le decían, con gran camaradería.

III

Caminó unos pasos y se sentó a la sombra de un almendro. Desde ahí le parecía escuchar el cotilleo de sus compañeros, sus gritos, sus injurias y maldiciones, la despedida memorable de la noche anterior. Levantó la cara, hacia esos paredones amarillentos y sintió nostalgia, ese dolor por lo lejano que suele sentir el alma.

Sin saber qué rumbo tomar, caminó por Velázquez de la Cadena, Úrsulo Galván y llegó a Mariano Abasolo. ¡Sastre!, pensó. ¿Qué hago aquí? Al cruzar González Pagés, como si de la nada, una mujer salió de un pasillo de vecindario y le ofreció sus servicios. —Papi, ¿qué haces? Vente conmigo que te la vas a pasar bien rico, no te vas a arrepentir, le dijo.

—Quita esa cara de espanto, ven, yo te voy a tranquilizar, le insistió la mujer madura, que vestía con una falda roja, brillante, corta y una blusa verde que dejaba ver su otrora voluminoso pecho. —Ya, no te hagas del rogar papi, sólo son doscientos pesitos, barato para ti papucho, le insistió.

IV

Aunque estuvo tentado a subirse al cuartucho con la señora, por el celibato obligado al que había sido sometido, Lázaro siguió caminando como sonámbulo, extrañado de esa libertad de la que era dueño. Pasó casi corriendo el Parque Zamora y caminó como zombi en la avenida 5 de mayo, metiéndose en el 1095 al Río de la Plata.

Mientras pedía una cerveza bien fría y un jugo de erizo, de reojo pudo ver que en otra mesa el Director del penal departía alegremente con algunos amigos y ya le estaba gritando ¡Lázaro, chingao, vente a mi mesa, por favor! —Oye, me da gusto que ya estés libre, que ya puedas disfrutar de todo esto que la vida nos regala. ¡Ya, a portarte bien y a seguirle, sabes que cuentas conmigo!

Conmovido por sus palabras Lázaro levantó la cerveza helada y la chocó contra este hombre que había sido su Director durante los últimos años, quizá los mejores que había tenido el penal. Abogado y periodista, el hombre lo atendía con mucha familiaridad, como si lo conociera de años. —¿Y cuéntame Lázaro, qué vas a hacer, qué planes tienes para tu vida, qué dice tu familia, qué quieres hacer, hombre, que no te dé pena, cuéntame?

Lázaro tragó gordo. Había disfrutado el aire caliente porteño, desde Allende hasta 5 de mayo, se había emocionado por la mujer que se encontró en el camino y ahora paladeaba la cerveza y el coctel de camarón en su mesa, pero no sabía a dónde ir.

Y así, de sopetón, le contestó: “Jefe, quiero regresar al Penal. Ahí están mis amigos y mi familia. Todo lo que vale para mi está ahí”. El Director no supo qué decir. Le miró profundamente y le invitó otra cerveza fría, tratando de entender sus palabras.

El deseo, el anhelo que había acariciado por tantos años, de pronto le pareció confuso, irreal, como si de otra dimensión se tratara. —¿Qué? ¿No te quieres ir?, le gritó el custodio que lo acompañó a la puerta. Lázaro volvió la mirada y el carcelario pudo ver sus ojos humedecidos y extraviados, como de alguien que no sabe a dónde va. —¡Ya lárgate!, gritó, y levantó el brazo derecho, como quien mienta la madre.

El grito le pareció como el de las viejas palmeras azotando las derruidas paredes del penal en tiempos de norte, pero también como el “levántate y anda”, que Jesús le lanzó al Lázaro de Betania, el hermano de Marta y de María que fue sacado del reino de los muertos y resucitado por su amigo, para demostrar que Dios lo había enviado a la tierra.

El viento húmedo y caliente del mediodía lo sacó de sus cavilaciones y el Lázaro jarocho se tocó las manos, los brazos, el rostro. ¿Realmente estoy vivo? ¿No será que escuché ese ‘levántate y anda’ pero en realidad me quedé muerto, dentro del sepulcro?

II

Había llegado 20 años atrás al Penal de Allende en el puerto de Veracruz, acusado de un homicidio y un desfalco que siempre dijo, no cometió. Aunque al principio su esposa, su hija y uno que otro familiar, lo empezaron a visitar, con el paso de los años lo abandonaron.

—Yo los entiendo, justificaba. La vida es muy difícil afuera. Ellos tienen que seguir adelante, no tienen por qué cargar conmigo. Y así, envejeciendo de prisa, como el tiempo, se dio cuenta de que su esposa se perdió en el pasado y que no tenía ningún contacto con familiares o amigos de su antigua vida.

En la cárcel tuvo que aprender a sobrevivir, a partirse la jeta con tirios y troyanos, a tomar partido, a trabajar, a sacar dinero, a negociar, a todo lo que fuera posible para que no apareciera con un picahielo entre las tripas.

También aprendió de lealtades y de amigos. Joel, Armando y Esteban eran sus mejores amigos y la noche anterior a su salida le despidieron de lujo, con cervezas, pastel y marihuana. —¡Ya te vas cabrón! ¡Nos da gusto! ¡Tienes que regresar a visitarnos! —¡A visita conyugal, papá!, le decían, con gran camaradería.

III

Caminó unos pasos y se sentó a la sombra de un almendro. Desde ahí le parecía escuchar el cotilleo de sus compañeros, sus gritos, sus injurias y maldiciones, la despedida memorable de la noche anterior. Levantó la cara, hacia esos paredones amarillentos y sintió nostalgia, ese dolor por lo lejano que suele sentir el alma.

Sin saber qué rumbo tomar, caminó por Velázquez de la Cadena, Úrsulo Galván y llegó a Mariano Abasolo. ¡Sastre!, pensó. ¿Qué hago aquí? Al cruzar González Pagés, como si de la nada, una mujer salió de un pasillo de vecindario y le ofreció sus servicios. —Papi, ¿qué haces? Vente conmigo que te la vas a pasar bien rico, no te vas a arrepentir, le dijo.

—Quita esa cara de espanto, ven, yo te voy a tranquilizar, le insistió la mujer madura, que vestía con una falda roja, brillante, corta y una blusa verde que dejaba ver su otrora voluminoso pecho. —Ya, no te hagas del rogar papi, sólo son doscientos pesitos, barato para ti papucho, le insistió.

IV

Aunque estuvo tentado a subirse al cuartucho con la señora, por el celibato obligado al que había sido sometido, Lázaro siguió caminando como sonámbulo, extrañado de esa libertad de la que era dueño. Pasó casi corriendo el Parque Zamora y caminó como zombi en la avenida 5 de mayo, metiéndose en el 1095 al Río de la Plata.

Mientras pedía una cerveza bien fría y un jugo de erizo, de reojo pudo ver que en otra mesa el Director del penal departía alegremente con algunos amigos y ya le estaba gritando ¡Lázaro, chingao, vente a mi mesa, por favor! —Oye, me da gusto que ya estés libre, que ya puedas disfrutar de todo esto que la vida nos regala. ¡Ya, a portarte bien y a seguirle, sabes que cuentas conmigo!

Conmovido por sus palabras Lázaro levantó la cerveza helada y la chocó contra este hombre que había sido su Director durante los últimos años, quizá los mejores que había tenido el penal. Abogado y periodista, el hombre lo atendía con mucha familiaridad, como si lo conociera de años. —¿Y cuéntame Lázaro, qué vas a hacer, qué planes tienes para tu vida, qué dice tu familia, qué quieres hacer, hombre, que no te dé pena, cuéntame?

Lázaro tragó gordo. Había disfrutado el aire caliente porteño, desde Allende hasta 5 de mayo, se había emocionado por la mujer que se encontró en el camino y ahora paladeaba la cerveza y el coctel de camarón en su mesa, pero no sabía a dónde ir.

Y así, de sopetón, le contestó: “Jefe, quiero regresar al Penal. Ahí están mis amigos y mi familia. Todo lo que vale para mi está ahí”. El Director no supo qué decir. Le miró profundamente y le invitó otra cerveza fría, tratando de entender sus palabras.

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