/ viernes 11 de enero de 2019

Sobre la casa de Pitol

El escritor y traductor en su casa en 1994

Es muy triste que la casa de Pitol se ponga en venta por falta de interés de los responsables del patrimonio cultural de los veracruzanos.

El asunto me recordó una nota que escribí hace tiempo sobre “las tres casas de Neruda”, que visitó un colega, Lauro Zavala, y “estaban llenas de turistas nacionales y, sobre todo, extranjeros”.

“Las visitas guiadas se hacen acompañadas por una grabación, en varios idiomas”, me escribió, “aunque también hay guías disponibles (en varios idiomas)”.

“Cada casa tiene una tienda, una cafetería y sus propios folletos, libros, postales, videos y souvenirs, como el pez característico que corona la casa de Isla Negra. En la casa de Isla Negra hay una sala preliminar con grandes imágenes en las paredes que resumen la vida de Neruda. En la casa de Valparaíso se proyecta un video con una entrevista a Neruda. En la tercera casa, La Chascona, se venden libros de Neruda ilustrados para niños”.

Además, Lauro visitó “la casa (yo diría, la inmensa y magnífica hacienda) donde vivió Huidobro”.

Me contaba que también en Buenos Aires hay recorridos guiados sobre Borges y Cortázar, y la última vez que estuvo ahí compró “una guía literaria de la ciudad, donde se hace un recorrido calle por calle (en esta banca se sentaba Macedonio (Fernández) a conversar todos los jueves, etc.)”. Desafortunadamente, “creo que aquí no tenemos nada parecido sobre Octavio Paz ni sobre ningún otro escritor”.

Aunque se celebró el centenario de Octavio Paz, no hay un museo dedicado al poeta, que tenía un apartamento en el Paseo de la Reforma y después de un incendio que consumió parte de su biblioteca y archivo, el gobierno le ofreció una casa en Coyoacán, donde vivió un tiempo y que ahora ocupa la Fonoteca.

Por esos días leí las cartas –publicadas por Tusquets como libro– que Bioy Casares le envió a Silvina Ocampo y a su hija Marta desde Francia y otros países en 1967 e incluso escribí un artículo que leí como ponencia en un congreso.

Ahí anota que estuvo en Rye, “la ciudad donde vivió Henry James desde el noventa y tantos hasta 1916” y que visitó “su casa, su jardín, su escritorio, su reloj (igual al mío), su bastón, sus cartas y fotografías”.

De vuelta en París, escribe que almorzó “en el hotelito de Barbizon donde vivió Stevenson y escribió sus Forest Notes”.

Ya en Edimburgo había visitado “la casa natal de Stevenson, la casa natal de Conan Doyle y una casa donde Stevenson vivió 14 años”, y menciona que por casualidad encontró un ómnibus en que hizo un recorrido de hora y media por la ciudad y parte del “Stevenson country”.

En Columbus, Ohio, se conserva la casa de James Thurber y una parte se usa para alojar a algún escritor durante un tiempo, como una especie de beca.

En México se conserva la capilla Alfonsina –la casa de Alfonso Reyes–, pero no es un museo que uno pueda visitar y donde se puedan comprar sus libros, fotos y otros objetos, así como folletos y videos. Tampoco hay recorridos guiados.

No se ha sabido promover este tipo de turismo.

Se perdió la casa de Julio Torri en la Plaza Finlay que se hubiera podido convertir en un museo donde se exhibiera su legendaria bicicleta y la cajita de olinalá donde guardaba sus fotos y recuerdos.

Imagínense a sus fans ante el sofá donde desnudaba a las sirvientas y otras jóvenes para tomarles fotos.

En Coatepec, cerca de Xalapa, se puede visitar la casa de María Enriqueta. Ya es algo, aunque ella no vivió mucho tiempo ahí. Sin embargo, no hay un recorrido que incluyera, digamos, la casa donde vivió Sergio Galindo en la calle Insurgentes y el Bordo, cerca de Las Vigas, y algún restaurante especializado en hongos.

Es muy triste que no se conserve la casa de Pitol en Xalapa. La falta de interés de las autoridades no me sorprende, porque la rectora, por ejemplo, rechazó todo un programa de festejos para celebrar el centenario de Mario Ruiz Armengol, y el IVEC y la Universidad Veracruzana no han reimpreso las partituras de sus Danzas cubanas y Piezas infantiles, publicadas hace ya unos 30 años.

Es muy triste que la casa de Pitol se ponga en venta por falta de interés de los responsables del patrimonio cultural de los veracruzanos.

El asunto me recordó una nota que escribí hace tiempo sobre “las tres casas de Neruda”, que visitó un colega, Lauro Zavala, y “estaban llenas de turistas nacionales y, sobre todo, extranjeros”.

“Las visitas guiadas se hacen acompañadas por una grabación, en varios idiomas”, me escribió, “aunque también hay guías disponibles (en varios idiomas)”.

“Cada casa tiene una tienda, una cafetería y sus propios folletos, libros, postales, videos y souvenirs, como el pez característico que corona la casa de Isla Negra. En la casa de Isla Negra hay una sala preliminar con grandes imágenes en las paredes que resumen la vida de Neruda. En la casa de Valparaíso se proyecta un video con una entrevista a Neruda. En la tercera casa, La Chascona, se venden libros de Neruda ilustrados para niños”.

Además, Lauro visitó “la casa (yo diría, la inmensa y magnífica hacienda) donde vivió Huidobro”.

Me contaba que también en Buenos Aires hay recorridos guiados sobre Borges y Cortázar, y la última vez que estuvo ahí compró “una guía literaria de la ciudad, donde se hace un recorrido calle por calle (en esta banca se sentaba Macedonio (Fernández) a conversar todos los jueves, etc.)”. Desafortunadamente, “creo que aquí no tenemos nada parecido sobre Octavio Paz ni sobre ningún otro escritor”.

Aunque se celebró el centenario de Octavio Paz, no hay un museo dedicado al poeta, que tenía un apartamento en el Paseo de la Reforma y después de un incendio que consumió parte de su biblioteca y archivo, el gobierno le ofreció una casa en Coyoacán, donde vivió un tiempo y que ahora ocupa la Fonoteca.

Por esos días leí las cartas –publicadas por Tusquets como libro– que Bioy Casares le envió a Silvina Ocampo y a su hija Marta desde Francia y otros países en 1967 e incluso escribí un artículo que leí como ponencia en un congreso.

Ahí anota que estuvo en Rye, “la ciudad donde vivió Henry James desde el noventa y tantos hasta 1916” y que visitó “su casa, su jardín, su escritorio, su reloj (igual al mío), su bastón, sus cartas y fotografías”.

De vuelta en París, escribe que almorzó “en el hotelito de Barbizon donde vivió Stevenson y escribió sus Forest Notes”.

Ya en Edimburgo había visitado “la casa natal de Stevenson, la casa natal de Conan Doyle y una casa donde Stevenson vivió 14 años”, y menciona que por casualidad encontró un ómnibus en que hizo un recorrido de hora y media por la ciudad y parte del “Stevenson country”.

En Columbus, Ohio, se conserva la casa de James Thurber y una parte se usa para alojar a algún escritor durante un tiempo, como una especie de beca.

En México se conserva la capilla Alfonsina –la casa de Alfonso Reyes–, pero no es un museo que uno pueda visitar y donde se puedan comprar sus libros, fotos y otros objetos, así como folletos y videos. Tampoco hay recorridos guiados.

No se ha sabido promover este tipo de turismo.

Se perdió la casa de Julio Torri en la Plaza Finlay que se hubiera podido convertir en un museo donde se exhibiera su legendaria bicicleta y la cajita de olinalá donde guardaba sus fotos y recuerdos.

Imagínense a sus fans ante el sofá donde desnudaba a las sirvientas y otras jóvenes para tomarles fotos.

En Coatepec, cerca de Xalapa, se puede visitar la casa de María Enriqueta. Ya es algo, aunque ella no vivió mucho tiempo ahí. Sin embargo, no hay un recorrido que incluyera, digamos, la casa donde vivió Sergio Galindo en la calle Insurgentes y el Bordo, cerca de Las Vigas, y algún restaurante especializado en hongos.

Es muy triste que no se conserve la casa de Pitol en Xalapa. La falta de interés de las autoridades no me sorprende, porque la rectora, por ejemplo, rechazó todo un programa de festejos para celebrar el centenario de Mario Ruiz Armengol, y el IVEC y la Universidad Veracruzana no han reimpreso las partituras de sus Danzas cubanas y Piezas infantiles, publicadas hace ya unos 30 años.

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