/ viernes 20 de septiembre de 2019

Heterotopías: las lógicas de Velázquez

Mañana, el artista Manuel Velázquez inaugura exposición, ambientación, intervención, instalación y ensayo preposicional

En Coatepec, en el Museo/beneficio del café La Mata, este 21 de septiembre a la una de la tarde se inaugura Heterotopías, de Manuel Velázquez, una suerte de paquete porque es a la vez exposición, ambientación, intervención, instalación y ensayo preposicional: con, contra, de, en, entre, para, por, según, sobre… el espacio, el lugar. El lugar, pero también la memoria y los otros. Y lo otro.

Los hechos, los lugares, la memoria y los otros, todo junto y más, vienen siendo materia de estudio por lo menos desde aquel diciembre de 1966 cuando en el marco de una serie de emisiones radiofónicas Foucault habló de los espacios otros (Desespaces autres), origen del escrito elaborado por él un año después y citado frecuentemente como el “texto sobre las heterotopías”.

La palabra heterotopía fue introducida por un médico dedicado a los tumores para referirse al desplazamiento de órganos en el cuerpo humano como un “error de lugar”, y el filósofo francés la adoptó para designar la yuxtaposición de espacios reales, incompatibles, que aparentemente sólo podrían convivir en la ficción: los “contraespacios”. Parte de la idea es que más que “ser en sí”, el espacio implica siempre demarcaciones y asignaciones: un para qué, un para quién, una relación con algo que bien puede ser su propia historia, su pasado, lo que ha ocurrido en él. Otra incompleta parte de la idea es que los lugares, los espacios, no son de todos ni para todos; hay los espacios de los otros o “los otros espacios”.

De su lado, en su Ética del recuerdo (2002), Avishai Margalit establece el deber de recordar, sí, en efecto, especialmente los hechos dolorosos del pasado, como un movimiento moral hacia el otro, hacia el prójimo, algo como el “2 de octubre no se olvida”, aunque acontecimientos menos dramáticos tampoco merecen el olvido.

Entre una cosa y otra, como todos los espacios son construidos en función de distintas necesidades y aspiraciones sociales, y articulados específicamente a propósito de ellas y de ciertos imaginarios, los lugares son siempre selectivos, igual que la memoria; pero igual que en la memoria, hay construcciones y reconstrucciones en el espacio: nada es invariable.


MEMORIA

En estar reciente muestra, Velázquez, uno de los artistas locales menos regionales; uno de los pocos verdaderamente profesionalizados y hábiles para el concepto y el oficio, miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte, entre óxidos, barro, marmolina, medios acrílicos sobre madera y el propio espacio, reflexiona sobre el ahora, pero desde ese presente en que podemos decir “esto ha sido” (Barthes, La cámara lúcida), pensando en la memoria como mecanismo que contrarresta ausencias y que al final se opone a la muerte-muerte, es decir, al punto final, al momento en el que no hay ya ni recuerdo: re, de nuevo, otra vez; cordis, corazón: volver al corazón o volver a pasar por el corazón, lo que nos dice que recordar es una función afectiva.

“La memoria es un lugar”, premisa del autor que evidentemente se refiere al albergue de los hechos pasados, tiene su opuesto: los lugares son memoria, no de todos, no para todos. Memoria como lugar y lugar como memoria son ámbitos narrativos y ofertas de significación y resignificación cuando se activan ciertos dispositivos o mecanismos como, en este caso, la intervención del espacio, que emparienta la obra con el lugar para acentuarlo, para establecer una recíproca o indistinta relación de forma y fondo que se orienta a codificar, evocar y recuperar lo que ha sido y lo que es.

Sin desconocerlos, pero tampoco basándose en Foucault, Margalit o Barthes, este artista construye sus piezas –con esas propiedades inherentes a lo que solemos llamar “bien hecho”– y resignifica el espacio desde una lógica minimalista y elementarista, esto no en el sentido de Theo van Doesburg sino en el de que las propiedades fundamentales del todo se hayan en las partes (y viceversa): la obra y el espacio es una sola cosa, un único elemento: lugar-memoria-resorte de la memoria; ciertamente no de todos, no para todos, del mismo modo que el cementerio no es para todos.


En Coatepec, en el Museo/beneficio del café La Mata, este 21 de septiembre a la una de la tarde se inaugura Heterotopías, de Manuel Velázquez, una suerte de paquete porque es a la vez exposición, ambientación, intervención, instalación y ensayo preposicional: con, contra, de, en, entre, para, por, según, sobre… el espacio, el lugar. El lugar, pero también la memoria y los otros. Y lo otro.

Los hechos, los lugares, la memoria y los otros, todo junto y más, vienen siendo materia de estudio por lo menos desde aquel diciembre de 1966 cuando en el marco de una serie de emisiones radiofónicas Foucault habló de los espacios otros (Desespaces autres), origen del escrito elaborado por él un año después y citado frecuentemente como el “texto sobre las heterotopías”.

La palabra heterotopía fue introducida por un médico dedicado a los tumores para referirse al desplazamiento de órganos en el cuerpo humano como un “error de lugar”, y el filósofo francés la adoptó para designar la yuxtaposición de espacios reales, incompatibles, que aparentemente sólo podrían convivir en la ficción: los “contraespacios”. Parte de la idea es que más que “ser en sí”, el espacio implica siempre demarcaciones y asignaciones: un para qué, un para quién, una relación con algo que bien puede ser su propia historia, su pasado, lo que ha ocurrido en él. Otra incompleta parte de la idea es que los lugares, los espacios, no son de todos ni para todos; hay los espacios de los otros o “los otros espacios”.

De su lado, en su Ética del recuerdo (2002), Avishai Margalit establece el deber de recordar, sí, en efecto, especialmente los hechos dolorosos del pasado, como un movimiento moral hacia el otro, hacia el prójimo, algo como el “2 de octubre no se olvida”, aunque acontecimientos menos dramáticos tampoco merecen el olvido.

Entre una cosa y otra, como todos los espacios son construidos en función de distintas necesidades y aspiraciones sociales, y articulados específicamente a propósito de ellas y de ciertos imaginarios, los lugares son siempre selectivos, igual que la memoria; pero igual que en la memoria, hay construcciones y reconstrucciones en el espacio: nada es invariable.


MEMORIA

En estar reciente muestra, Velázquez, uno de los artistas locales menos regionales; uno de los pocos verdaderamente profesionalizados y hábiles para el concepto y el oficio, miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte, entre óxidos, barro, marmolina, medios acrílicos sobre madera y el propio espacio, reflexiona sobre el ahora, pero desde ese presente en que podemos decir “esto ha sido” (Barthes, La cámara lúcida), pensando en la memoria como mecanismo que contrarresta ausencias y que al final se opone a la muerte-muerte, es decir, al punto final, al momento en el que no hay ya ni recuerdo: re, de nuevo, otra vez; cordis, corazón: volver al corazón o volver a pasar por el corazón, lo que nos dice que recordar es una función afectiva.

“La memoria es un lugar”, premisa del autor que evidentemente se refiere al albergue de los hechos pasados, tiene su opuesto: los lugares son memoria, no de todos, no para todos. Memoria como lugar y lugar como memoria son ámbitos narrativos y ofertas de significación y resignificación cuando se activan ciertos dispositivos o mecanismos como, en este caso, la intervención del espacio, que emparienta la obra con el lugar para acentuarlo, para establecer una recíproca o indistinta relación de forma y fondo que se orienta a codificar, evocar y recuperar lo que ha sido y lo que es.

Sin desconocerlos, pero tampoco basándose en Foucault, Margalit o Barthes, este artista construye sus piezas –con esas propiedades inherentes a lo que solemos llamar “bien hecho”– y resignifica el espacio desde una lógica minimalista y elementarista, esto no en el sentido de Theo van Doesburg sino en el de que las propiedades fundamentales del todo se hayan en las partes (y viceversa): la obra y el espacio es una sola cosa, un único elemento: lugar-memoria-resorte de la memoria; ciertamente no de todos, no para todos, del mismo modo que el cementerio no es para todos.