/ jueves 20 de junio de 2019

La ciencia, entre la heterotopia y lo indecible

Todo cabe en un jarrito sabiéndolo acomodar; hasta es posible acomodar el jarrito dentro de sí mismo. Expresión similar a la antinomia o paradoja que surge cuando, en matemáticas se pregunta por la existencia del conjunto de los conjuntos que no forman parte de sí mismos (es decir, aquel conjunto que engloba a todos aquellos conjuntos que no están incluidos en sí mismos). Es éste un bello ejemplo de la imaginación poética tras la matemática y toda otra ciencia.

¿O simple juego de palabras?, ¿cómo pensar un jarrito que se contiene a sí mismo?

A lo que M. Foucault responde: “Quizá porque entre sus surcos —de la imaginación poética— nació la sospecha de que hay un desorden peor que el de lo incongruente y el acercamiento de lo que no se conviene; sería el desorden que hace centellear los fragmentos de un gran número de posibles órdenes en la dimensión, sin ley ni geometría, de lo heteróclito; y es necesario entender este término lo más cerca de su etimología: las cosas están ahí "acostadas", "puestas", "dispuestas" en sitios a tal punto diferentes que es imposible encontrarles un lugar de acogimiento, definir más allá de unas y de otras un lugar común… Las heterotopias inquietan, sin duda porque minan secretamente el lenguaje, porque impiden nombrar esto y aquello, porque rompen los nombres comunes o los enmarañan, porque arruinan de antemano la "sintaxis" y no sólo la que construye las frases —aquella menos evidente que hace "mantenerse juntas" (unas al otro lado o frente de otras) a las palabras y a las cosas. Por ello, las utopías permiten las fábulas y los discursos: se encuentran en el filo recto del lenguaje, en la dimensión fundamental de la fábula; las heterotopias (como las que con tanta frecuencia se encuentran en Borges) secan el propósito, detienen las palabras en sí mismas, desafían, desde su raíz, toda posibilidad de gramática; desatan los mitos y envuelven en esterilidad el lirismo de las frases”.

¿Un jarrito dentro de sí mismo? Ocurrencia heterotópica de algún imaginativo científico.

Tal vez en el principio el tiempo y lo visible, inseparables hacedores de la distancia, llegaron juntos borrachos golpeando la puerta justo antes del amanecer, afirmó alguna vez John Berger. La ciencia, desde siempre, ha estado impregnada del tiempo y lo visible, sin haber conciliado estas piezas fundantes del pensamiento científico. La teoría de la relatividad y la física cuántica en vano han tratado de apaciguar a este par de borrachos escandalosos que golpean la puerta.

Soñamos con la ciencia mucho antes de conocerla. A esta mirada soñadora que acompaña a toda ciencia debemos llamar una poética de la ciencia, una poetización de la ciencia y del conocimiento.

En el principio fue la duda, o la fábula si se prefiere. La comprensión del mundo, su entendimiento, espera a que la realidad cierre los ojos; el conocimiento científico es sólo una de tantas puertas que llevan a la comprensión poética. La suprema finalidad de la poesía es el acto puro: crear el mundo perpetuamente. Esta gratuidad la entiendo como lo opuesto a lo previo y programático: es lo surgido con la máxima espontaneidad, distante de todo deliberado propósito ajeno a lo que no sea inevitable efusión poética, apunta Luis Cardoza y Aragón.

Paul Valéry, en sus incontables ensayos, hace ver la imposibilidad de entender las teorías científicas sin ejercitar la imaginación poética. El poeta se pregunta cómo puede entenderse la física atómica, la mecánica cuántica, en un ámbito en el cual no puede proyectarse el cuerpo humano: “No existe ninguna razón para pensar que nuestro espacio, nuestro tiempo, nuestra causalidad, conserven un sentido cualquiera allá donde nuestro cuerpo es imposible…”

Reflexionar para comprender lo que se ve y lo que no se ve.

Todo cabe en un jarrito sabiéndolo acomodar; hasta es posible acomodar el jarrito dentro de sí mismo. Expresión similar a la antinomia o paradoja que surge cuando, en matemáticas se pregunta por la existencia del conjunto de los conjuntos que no forman parte de sí mismos (es decir, aquel conjunto que engloba a todos aquellos conjuntos que no están incluidos en sí mismos). Es éste un bello ejemplo de la imaginación poética tras la matemática y toda otra ciencia.

¿O simple juego de palabras?, ¿cómo pensar un jarrito que se contiene a sí mismo?

A lo que M. Foucault responde: “Quizá porque entre sus surcos —de la imaginación poética— nació la sospecha de que hay un desorden peor que el de lo incongruente y el acercamiento de lo que no se conviene; sería el desorden que hace centellear los fragmentos de un gran número de posibles órdenes en la dimensión, sin ley ni geometría, de lo heteróclito; y es necesario entender este término lo más cerca de su etimología: las cosas están ahí "acostadas", "puestas", "dispuestas" en sitios a tal punto diferentes que es imposible encontrarles un lugar de acogimiento, definir más allá de unas y de otras un lugar común… Las heterotopias inquietan, sin duda porque minan secretamente el lenguaje, porque impiden nombrar esto y aquello, porque rompen los nombres comunes o los enmarañan, porque arruinan de antemano la "sintaxis" y no sólo la que construye las frases —aquella menos evidente que hace "mantenerse juntas" (unas al otro lado o frente de otras) a las palabras y a las cosas. Por ello, las utopías permiten las fábulas y los discursos: se encuentran en el filo recto del lenguaje, en la dimensión fundamental de la fábula; las heterotopias (como las que con tanta frecuencia se encuentran en Borges) secan el propósito, detienen las palabras en sí mismas, desafían, desde su raíz, toda posibilidad de gramática; desatan los mitos y envuelven en esterilidad el lirismo de las frases”.

¿Un jarrito dentro de sí mismo? Ocurrencia heterotópica de algún imaginativo científico.

Tal vez en el principio el tiempo y lo visible, inseparables hacedores de la distancia, llegaron juntos borrachos golpeando la puerta justo antes del amanecer, afirmó alguna vez John Berger. La ciencia, desde siempre, ha estado impregnada del tiempo y lo visible, sin haber conciliado estas piezas fundantes del pensamiento científico. La teoría de la relatividad y la física cuántica en vano han tratado de apaciguar a este par de borrachos escandalosos que golpean la puerta.

Soñamos con la ciencia mucho antes de conocerla. A esta mirada soñadora que acompaña a toda ciencia debemos llamar una poética de la ciencia, una poetización de la ciencia y del conocimiento.

En el principio fue la duda, o la fábula si se prefiere. La comprensión del mundo, su entendimiento, espera a que la realidad cierre los ojos; el conocimiento científico es sólo una de tantas puertas que llevan a la comprensión poética. La suprema finalidad de la poesía es el acto puro: crear el mundo perpetuamente. Esta gratuidad la entiendo como lo opuesto a lo previo y programático: es lo surgido con la máxima espontaneidad, distante de todo deliberado propósito ajeno a lo que no sea inevitable efusión poética, apunta Luis Cardoza y Aragón.

Paul Valéry, en sus incontables ensayos, hace ver la imposibilidad de entender las teorías científicas sin ejercitar la imaginación poética. El poeta se pregunta cómo puede entenderse la física atómica, la mecánica cuántica, en un ámbito en el cual no puede proyectarse el cuerpo humano: “No existe ninguna razón para pensar que nuestro espacio, nuestro tiempo, nuestra causalidad, conserven un sentido cualquiera allá donde nuestro cuerpo es imposible…”

Reflexionar para comprender lo que se ve y lo que no se ve.

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